Plata o mierda

 

Por Pablo Gamba 

Plata o mierda (Argentina-Colombia, 2025) ganó el Gran Premio de la competencia nacional del BAFICI. Es una película que se estrenó en el IDFA, en Ámsterdam, de Toia Bonino, que recibió el premio a la mejor dirección en la misma sección del festival de Buenos Aires por Orione (Argentina, 2017), y Marcos Joubert, que estuvo preso siete años en penales de Sierra Chica, Magdalena y Florencio Varela, en la provincia de Buenos Aires, en Argentina. 

El documental se desarrolla como un diario audiovisual, con grabaciones hechas clandestinamente en la cárcel con celular por Joubert, a las que se añaden en el montaje mensajes de voz intercambiados con la codirectora y otros personajes. Para Bonino es la continuación de un trabajo que comenzó con Orione, basado en el testimonio de la madre de un delincuente asesinado, y continuó con Sangre en el ojo (Argentina, 2020), con el hermano de la víctima como protagonista. Las tres son películas que se inscriben en una humanización que es parte de la agenda progresista del cine contemporáneo. 

En el cine latinoamericano, una referencia es O prisioneiro da grade de ferro (Brasil, 2003). Es un documental de Paulo Sacramento en el que el equipo de producción dio cámaras a internos de la cárcel de Carandirú, en São Paulo, la más grande de Sudamérica, donde en 1992 hubo una masacre de 111 presos. Durante siete meses grabaron su vida allí antes de la demolición del penal. Pero Plata o mierda es un film de una profundidad existencial y crítica mayor. 

Haber prescindido de los subtítulos, que se han hecho habituales en los documentales para que se entienda lo que dicen los no actores, da una clave de lo que hace de esta película un documental que se destaca. El relato se sostiene sobre la tensión entre la experiencia vicaria de estar en prisión que puede ser para los espectadores y espectadoras, y la dificultad de entender lo que muchas veces las imágenes y sonidos muestran porque no se ha vivido esa situación. Es algo que sabe y hace explícito Joubert cuando comenta un plano. 

Esta opacidad que se hace sentir bajo la aparente transparencia es otra característica reveladora de la contemporaneidad del documentalismo de Plata o mierda. La película opta por esta alternativa de confrontación con la complejidad de lo real, y no por las explicaciones, siempre interesadas y dudosas, por tanto, que podrían aportar los testimonios, o una “voz de Dios” o personal. Con este modo de narrar se hace partícipes a los espectadores y espectadoras de lo desestabilizador que es entrar en un mundo desconocido, lo que también es parte de la experiencia del que cae en prisión por primera vez. 

Correlativamente al asombro que esto instaura al comienzo, domina la descripción sobre el relato. Pero después empiezan a desarrollarse tres líneas narrativas. Una es la autoformación del recluso como cineasta, con un libro que le hace llegar Bonino y las indicaciones que ella le va dando ‒aunque pronto sabremos que Joubert tiene su propia idea de la película‒. Otra, que surge después, es la del reencuentro con su hijo y su formación como padre. 

Si bien hay una escena en la que el preso muestra orgulloso el dispositivo que ha construido en la celda para filmarse reflejado en un espejo sin que se vea la cámara, el desarrollo de la línea del aprendizaje lo apreciamos más sutilmente en la progresiva mejora de la calidad de los planos que compone. Pero la relación con Bonino solo se desarrolla en los mensajes de voz. Esto crea una tensión entre la historia y lo que la vincula con el afuera invisible en el film. 


Lo mismo ocurre en línea narrativa del hijo, lo que extiende la tensión a la vida personal de Joubert, al que el penal no solo encierra sino que divide. Es un aspecto clave de un debate de actualidad que al que la película responde y que es el derecho de los presos a comunicarse con el exterior por celular. Se insiste en restringirlo para combatir el crimen que se organiza desde la cárcel. Pero el caso del protagonista es diferente, el de un reo de baja peligrosidad. 

La tercera línea narrativa es la de las gestiones que Joubert hace para que su caso avance hacia un eventual traslado y la recuperación de la libertad. Una ironía es que el preso accede a estos servicios por teléfono, desde el penal. Lo hace, además, por medio de un sistema automatizado de los que parecen un call center. La propia burocracia incluye las llamadas que se prohíben a los reclusos entre sus procedimientos regulares. También acepta que el interno llame, y no su abogado, lo que es un reconocimiento tácito de las limitaciones de la defensa. 

Pero la ironía más honda es la que hay entre la automatización, las funcionarias que amablemente atienden al preso y su inoperancia real. Le piden a Joubert información, como el número de caso, pero ellas no la tienen; no saben qué ha ocurrido con los informes que deben haberse hecho, por ejemplo. Una le dice, con sinceridad, que no puede responder sus preguntas. 

La construcción del espacio es otro aspecto en el que Plata o mierda sorprende desde el comienzo con el uso revelador del contraste entre luz y oscuridad. La celda es un lugar que se transforma cotidianamente así, del día a la noche, cuando la luz es solo la que se filtra por la ranura de la puerta que permite interactuar con los vigilantes y que los reclusos cubren con cortinas. Los traslados revelarán irónicamente, sin embargo, lo poco que cambia el espacio. 

Hay un correlato de esto en la fascinación de Joubert por registrar las tormentas con relámpagos que cortan la noche negra e iluminan el exterior del penal. Podría percibirse una alegoría existencial entre estos parpadeos, estas alternaciones de luz y oscuridad, y la vida encerrada y dividida del preso. 

Encontramos algunos detalles que podrían sorprender en la descripción de la cotidianidad de la cárcel, como el método para enviar cosas de una celda a otra cuando las puertas han sido cerradas, pero aún hay luz, o la elaboración de yogurt o del que parece ser un licor clandestino. También un brevísimo plano de enfrentamiento de los presos con la policía, que entra en la cárcel para reprimir una protesta cuyas causas quedan fuera de campo del todo. 

Sin embargo, diría que Plata o mierda sorprende, más bien, por la falta de sorpresas. Lo que más llama la atención es lo extraño, lo que no se entiende bien. Ni siguiera las cicatrices de la violencia en casi todos los cuerpos son impactantes. Es su mayor distanciamiento de la pornomiseria, al que hay que añadir la abstención de explotar la drogadicción y la sexualidad de los presos. 


Los planos del pase de lista, al amanecer, transmiten una impresión de transcurso monótono del tiempo. Los hechos excepcionales son pocos, incluida la protesta señalada, y excluyen la filmación de las visitas. Los planos de lluvia, por tanto, parecen más significativos que los de un cumpleaños o el paso de las estaciones, que apenas se percibe. Junto con lo que Joubert transmite en sus mensajes de voz, instauran como dominante la sensación psicológica del tiempo sobre la irrealidad que cobra con su aspecto detenido. 

También hay en lo que puntúa el paso de los días una irregularidad correlativa a las incertidumbres con respecto a los procesos legales que se siguen a los presos y que determinan el tiempo que permanecerán en la cárcel. Se le añade el reiterado diferimiento que hay en la respuesta a todas las gestiones. Hay una tensión que se instaura así entre la proyección hacia el futuro inherente al proceso de rehabilitación y reinserción social que el recluso debería atravesar, y la manera como su experiencia del tiempo se quiebra y se suspende, en cómo el espacio de corrección se transmuta en hábitat del preso. 

El entrar en el mundo de la cárcel de esta película alcanza, así, su dimensión más reveladora. Lo significativo en ella es esta tensión entre la irregularidad, la incerditumbre y lo extraño, y la fundamentación argumental de las penas; entre la supuesta racionalidad de la ley y el modo caprichoso como se ejecutan los castigos. Más allá de la simpatía que pueda despertar en nosotros Joubert, y trascendiendo la cuestión del derecho a los celulares, Plata o mierda desnuda profundamente, de esta manera, la irracionalidad del sistema penitenciario.

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