La orilla
Por Génesis Azuaje
La orilla (Venezuela, 2026) es la ópera prima de Ángel Suárez. Ambientada en la Isla de Margarita, en Venezuela, es una película con tintes de folk horror y que busca presentar a una familia que lidia con lo sobrenatural. En el panorama actual del cine venezolano vemos más apuestas por la realización de películas de género como esta, siendo incluso las más buscadas por el público, por lo que en las nuevas generaciones vemos más acercamientos a lo fantástico, aunque en el fondo sigan mostrando la realidad social del país.
La historia se desarrolla en 1989 en Margarita, donde una familia de pescadores vive en una casa improvisada a la orilla del mar. La protagonista, Camila, se encuentra atrapada en los abusos y horrores propiciados por su padre, Alejandro, quien se aferra a la fe como explicación a su violencia. En un ambiente totalmente opresivo desde la primera escena, nos adentramos en esta dinámica familiar, donde Alejandro domina cada uno de los aspectos de la vida de Camila. Su madre, Juliana, y sus dos hermanos mellizos, Ana y Luis, Camila van internalizando el rencor que sienten hacia su padre hasta que explota en una escena visceral llena de violencia que funciona como una especie de clímax. No obstante, la película continua, intentando elaborar las consecuencias de tales actos.
La orilla toma elementos del terror folclórico para insertar elementos paranormales en este ambiente socialmente violento, logrando en momentos, con el manejo de cámara darnos una sensación de que estamos viendo a un Robert Eggers venezolano. Ya en la primera escena nos deja claro que quiere romper los paradigmas del terror hecho hasta ahora en Venezuela, pero tomando elementos de las nuevas corrientes mundiales, como el propuesto por el director de The Witch (2015) y The Lighthouse (2019), viendo en algunas ocasiones una linea difusa entre la dirección de Suárez y los elementos de Eggers.
El montaje se apropia de momentos abstractos para mostrarnos el horror interno y externo que se presentan en cada uno de los personajes, a través de planos de los objetos presentes como el pescado, que es un elemento central en la construcción de la historia, estableciendo en una parte un paralelismo con lo que sucede en el clímax. Suárez, toma como inspiración a Eggers cuando rompe con los esquemas tradicionales de planimetría y encuadre, y usa una composición asimétrica para mostrar el caos interno de los personajes. Mediante el uso de estos elementos logra construir una atmósfera agobiante e interesante, evitando usar los recursos, ya desgastados, del cine de terror convencional.
La película abre con una escena claustrofóbica donde se encuentra la familia reunida en una mesa. Presenta mediante un juego de planos detalles y primeros planos a los personajes mientras comen, generando una sensación de tensión que nos hace intuir que algo raro está pasando. Usando una combinación de colores opacos y una cámara ligeramente desenfocada, esta escena nos abre al mundo de Camila y al conflicto de una familia que soporta la violencia a la que está siendo sometida. Toda la primera parte tiene un ritmo bastante ágil, donde se va construyendo una sucesión de eventos, que terminan llevando a ese punto álgido que cierra un arco narrativo.
En este punto, la película rompe con lo que se venía construyendo y se parte en dos, dando la impresión de que pierde el rumbo. Donde pareciera que no hay más nada que contar, Suárez intenta abordar lo que pasa después, pero sin mostrar las consecuencias reales de lo que acaba de ocurrir, lo cual hace que terminemos en un bucle de eventos repetitivos, intentando explicar la causas de lo que paso, pero sin que logre encajar con el resto como una secuencia de flashback donde el aspecto y el tono emocional cambian. Se genera así un desconcierto, ya que te hace cuestionar todo que has visto. Da la sensación de que los personajes, que se sienten forzados, no terminan de encajar con las decisiones que tomaron previamente, de que nos perdimos algo importante que llevó a esta transformación.
La actuación de Elba Duque como Juliana nos entrega un testimonio desgarrador de una madre que intenta mantener a su familia a costa de permitir todo, mostrándonos una dureza que se va rompiendo y se transforma en vulnerabilidad. Esto contrasta con Alejandro, interpretado por Juan Carlos Lozada, un padre que usa la violencia como método de control. A través de su actuación logra transmitirnos un aura oscura que impregna toda la película. Ghitanyaly Vizcaíno, como Camila, es el puente narrativo y nuestro punto de vista en la historia, transformando su vulnerabilidad en fuerza y resistencia hacia su entorno. No obstante, hay momentos donde la dirección del personaje desentona con lo establecido, ya que tiene momentos emocionales que chocan con el tono de ciertas secuencias que van más hacia lo contenido y lúgubre.
La orilla cuenta con una fotografía que logra captar la belleza de los paisajes de la Isla de Margarita, que contrastan con la cruda dinámica familiar, acompañados de un sonido que enfatiza estos momentos viscerales y que en algunos momentos se siente agobiante. Pero termina teniendo algunas inconsistencias en el montaje y el tono que se van agravando a partir de la segunda parte, dejando una sensación de que falta algo para terminar de cerrar la historia.
A pesar de todo, Ángel Suárez termina construyendo una película que conecta con los espectadores venezolanos. La orilla ha sido un éxito inesperado para el cine nacional, incluso llegando a sobrepasar en taquilla a películas producidas fuera del país, lo cual es de destacar en un contexto donde no hay fomentos reales para las producciones independientes alejadas de los ejes gubernamentales o de los fondos extranjeros. La orilla, además, demuestra que sí es posible hacer un cine regional que cale con el público nacional y que pueda ser sustentable, lo que abre un panorama alentador para el cine venezolano que durante años ha estado golpeado pero que intenta seguir de pie.




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