Época es poca cosa y ¿Dónde está Marie Anne?


Por Pablo Gamba 

Época es poca cosa (2021), de Ignacio Tamarit y Tomás Maglione, y ¿Dónde está Marie Anne? (2022), de Yaela Gottlieb, son películas que no había podido comentar por la agenda demencial que imponen los festivales. También porque se asume como natural que prácticamente no existan espacios de los llamados “presenciales” que desfestivalicen la exhibición de los cortometrajes y hagan de ella una práctica regular como la de los largometrajes. Ni siquiera ocurre en una ciudad con una oferta cultural tan diversa como Buenos Aires. Por eso cobran singular importancia las proyecciones de la Asociación de Realizadorxs Experimentales Audiovisuales y espacios como el Kino Palais de la Casa Nacional del Bicentenario, entre otras opciones que son pocas, pero son. Fue allí, en un evento de AREA, donde pude verlas de nuevo para escribir esta nota. 

Tamarit es uno de los realizadores argentinos que sobresalen por su trabajo con la experimentación formal. La película que filmó junto con Maglione parece un regreso a los tiempos de las primeras vanguardias del siglo XX por la manera como en ella se conjugan la sinfonía urbana y la abstracción del que se llamó en esa época “cine puro”. Esto se conjuga con la facilidad de movimientos de cámara que da el Super 8, disponible desde los años sesenta. 

La mirada a la ciudad de este corto descubre y recorre diversas “líneas” inconexas en un paisaje también fragmentario y que queda, por lo demás, fuera de campo. Ellas van desde la recta que puede “trazar” una baranda o la cuadrícula que forma una rejilla, hasta los círculos que surgen en torno a las gotas que siguen cayendo en los charcos de agua de lluvia. El correlato de esta abstracción es, sin embargo, la sensación táctil que transmiten algunos planos cerrados.

Una fragmentación análoga a la visual se da en la banda sonora, en la música que creó Ulises López Langono con los que parecen segmentos “sampleados” de piezas de un pasado idealizado. Por tanto, así como el espacio de la ciudad se hace pedazos de aspecto geométrico por las rectas y curvas, también explota el tiempo en el sonido. 

En esto estaría la divergencia de esta película con las vanguardias. No se trata de destruir el pasado para abrir paso al futuro, como se proponían los que querían cambiar la vida con un arte nuevo, sino de otra cosa. Para entender lo que quiero decir hay que reparar en algo que quizás es más interesante que el paralelismo entre la música sonora y de las imágenes. Es que el ritmo del sonido es también una experiencia audiotáctil, y se suma a la visión táctil por la coincidencia de los “cortes” musicales y visuales. 

El tiempo del título que expresa desdén por las épocas, es, por tanto, el presente, el aquí y ahora inherente a la sensación que causa lo que es palpable, perceptible por el tacto. Esta película reivindica así otro espacio-tiempo para el cine experimental –y, en conscuencia, su perdurabilidad– desligándolo de la noción de contexto implícita en el comienzo y fin de los períodos históricos.


¿Dónde está Marie Anne? es un corto de apropiación de piezas fílmicas publicitarias restauradas por el Museo del Cine de Buenos Aires. Esto hace que al comienzo sea imposible saber de qué se trata si no se tiene la información que generalmente figura en catálogos de festivales o no se ha leído algo al respecto. Pero creo que es la situación ideal de recepción de esta película, y por eso es importante que se presente en otro tipo de funciones de cine, como esta de AREA. 

Pronto se va percibiendo la búsqueda del título en la mirada a la publicidad. Se llega así a un comercial de los cigarrillos Jockey Club y a encontrar en él a una joven modelo que, lógicamente, ha de ser la Marie Anne del título. Pero eso no es todo, y el corto pareciera incurrir en una flaqueza que se hace manifiesta por la necesidad de incluir un texto explicativo al final para que se entienda. 

Sin embargo, no es realmente el caso de ¿Dónde está Marie Anne? La brecha entre la información que el espectador puede obtener del contenido publicitario y la que le da el texto al final cobra relevancia aquí. Hace patente la diferencia entre ambos “mundos”, el de los avisos y el de la denuncia de la violación de los derechos humanos de una persona a la que “desapareció” la dictadura cívico militar que hubo en Argentina entre 1976 y 1983. 

Al confrontar así ambas cosas, la película hace patente que constituyen las caras opuestas de lo mismo. Detrás de la promesa de un capitalismo paradisíaco, que es lo visible en el cortometraje, está el infierno invisible de un sistema que recurrió al genocidio para mantenerse. 

Puede que el espectador tampoco lo sepa hasta el final o no llegue a darse cuenta, pero lo que hace al seguir la mirada de la película a la publicidad es también análogo a la revisión de filmaciones y fotografías que los represores podrían pedirle para que los ayude a encontrar a alguien que buscan. Inconscientemente se hará partícipe de esa mirada, en el mejor de los casos hasta que se dé cuenta al final, después de leer el texto, a menos que desde antes tenga la información o la experiencia política necesarias para descubrir la trampa. Sea como sea, entender esto puede ser una experiencia que haga que el espectador reaccione y tome posición frente a la mirada del cortometraje. 

También la fecha de las imágenes publicitarias es significativa. El comercial de Jockey Club es de 1972, año previo a las elecciones de 1973 y el retorno al poder del caudillo exiliado Juan Domingo Perón. La historia ha hecho manifiesto que fue un intento de la burguesía y los militares de recurrir a Perón como contención del avance de la lucha revolucionaria contra la dictadura anterior, la “revolución argentina”, y contra el imperialismo y el capitalismo. 

Por esta razón, el corto evidencia que la normalidad del régimen democrático que se buscaba restablecer era imposible con la promesa del paraíso del consumo, además del carisma del líder. Esa ficción se tambaleaba y un infierno real se abrirá después para tragarse y “desaparecer” a los rebeldes y muchos otros, más de 30 000 personas en total. Fue lo que le ocurrió a Marie Anne Erize el 15 de octubre de 1976, por haber dejado la publicidad por la militancia social y política.

Hoy ese orden no solo es percibido como “normal” en el mundo entero, sino que se impone como lo único realmente posible aunque vuelva a tambalearse. Pero, ¿es eso verdad o solo publicidad? Las puertas del infierno, ¿se cerraron para siempre? Películas como ¿Dónde está Marie Anne? hacen falta por las dudas y porque poner esto en duda es también necesario.

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