Conversación con Gloria Carrión


Por Pablo Gamba  

En Hojas de K (2022) el cine latinoamericano vuelve una vez más a un campo de lucha política en el que se usan seudónimos en los créditos y no se puede mostrar el rostro de los testimoniantes para proteger su seguridad. La directora es nicaragüense, Gloria Carrión, y tuvo que huir precipitadamente de su país por la represión, lo que interrumpió el rodaje de una serie que preparaba sobre el levantamiento popular de 2018 contra el gobierno de Daniel Ortega. Tuvo que dejar a su esposo y a sus hijos atrás, pero logró llevarse las entrevistas que había grabado con mujeres que habían participado en las protestas contra un régimen que se convertía en dictadura. 

Hagamos memoria: en abril de 2018 comenzaron en el país centroamericano las manifestaciones contra la reforma del régimen de seguridad social, organizadas por personas mayores. La represión de la que fueron objeto por fuerzas policiales, pero también por grupos paramilitares oficialistas, desató una ola de indignación que causó el levantamiento. 

La protesta se extendió por todo el país con cortes de ruta. La respuesta del gobierno, en julio, fue feroz: organizaciones de derechos humanos calculan en alrededor de 300 los muertos y 1300 los heridos. El aplastamiento del movimiento estuvo acompañado por la huida de cerca de 600 000 personas al exilio. 

El cortometraje se estrenó en el Festival de Sheffield, estuvo en el Festival de Locarno, en Tricky Women y en Animatic, y es parte del Festival Censurados, en Perú. Tiene como protagonista a una joven de 17 años. Recurre a dibujos y recuerdos del que pudo haber sido un diario suyo. Sobre esta base se creó un relato en primera persona en el que la realidad y los sueños se conjugan; un documental testimonial, pero hecho con animación. 

Conversamos sobre la película con Gloria Carrión, realizadora también de Heredera del viento (2017), que estuvo en el IDFA. Es otra película en primera persona, sobre la relación de ella con sus padres, que fueron los dos héroes de la Revolución Sandinista de 1979, cuyo partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, volvió al poder en 2007 con Ortega. 

Hablamos también sobre otra cosa insólita que ocurre en Nicaragua y que involucra al cine: las funciones de control del cine que ha pasado a desempeñar la Cinemateca Nacional. 


—Quisiera que me hablaras un poco de lo que fue el proyecto original, que era una serie, para entender mejor cómo llegaste a lo que es el cortometraje. 

—Iba a ser una serie documental de cuatro capítulos. El primero iba a ser sobre la participación de mujeres en el levantamiento cívico de abril, pero la puesta era completamente distinta. Iba a trabajar con una bailarina aérea, iba a estar en un bosque… Iba a ser un poco más experimental, siempre con la idea de tener una suerte de guion, de una voz construida a partir de voces colectivas. Esa era, más o menos, la idea. Ese capítulo iba a abordar el tema del cuerpo, la violencia contra el cuerpo de las mujeres. Los temas sí los mantuve. 

Eso es lo tremendo de Nicaragua. Los procesos han sido en tan poco tiempo, que parte del problema es que no hemos podido terminar de procesar los eventos traumáticos

—En otro capítulo iba a abordar el rol de la juventud en el levantamiento. Iba a buscar cuatro jóvenes que pudieran narrar colectivamente por qué habían participado en el levantamiento cívico de abril y entrarle así al conflicto actual, a la polarización. En el tercer capítulo iba a trabajar, idealmente, con alguien que fuera hijo o hija de padres progobierno y que hubiese participado en el levantamiento. Iba a ser un abordaje de la familia y la polarización política, el conflicto intergeneracional. El último iba a abordar el tema de los niños, las niñas y los adolescentes en el marco del conflicto. Iba a buscar testimonios de ambos bandos, de cómo ellos vivieron la violencia de 2018. Ese era el concepto. La forma iba a ser muy experimental. 

—El diario de K y los dibujos, ¿vienen del relato de una de las mujeres o son construcciones basadas en todos los testimonios? 

—Yo entrevisté a diez mujeres y con sus testimonios construí el guion, pero K está basado sobre todo en una persona con quien hablé. Hay otras cosas, la pesadilla inicial, por ejemplo, es de otra mujer, pero también es parte de lo que es testimonio. 

—¿Por qué preferiste centrarte en esa mujer en particular? 

—Por un lado, porque me impactó mucho: era la experiencia más fuerte que había escuchado. Además, podía darme, narrativamente, un elemento estructurante, el hilo conductor a partir del cual pudieran entrar experiencias de las historias de otras mujeres, pero siendo ella el elemento central de la narrativa. El testimonio mismo me daba un arco. Con él podía, en términos de guion, construir una historia. 


—¿Ves un reflejo del personaje de esta película en el personaje que eres tú misma en Heredera del viento, enfrentada críticamente con la generación de tus padres y el rumbo que tomó el Frente Sandinista de Liberación Nacional? 

—Eso es lo tremendo de Nicaragua. Los procesos han sido con tan poca diferencia, en tan poco tiempo, que parte del problema es que no hemos podido terminar de procesar los eventos traumáticos de la historia. Varios eventos se acumulan en la misma generación o en la siguiente. Más que verme en un conflicto intergeneracional con mis padres, mi conflicto es con aquello en lo que derivó ese partido. 

—Mientras hacía la película, cuando tuve que salir de Nicaragua de manera forzada, me decía: “¿Cómo es posible que yo esté viviendo esto si, justamente, mis padres lucharon para que mi generación y las siguientes no tuvieran que vivir violencia de Estado?”. También podía percibir el dolor intenso de la generación de mis padres viendo que sus hijos y nietos tenían que enfrentarse con una dictadura, cosa que les tocó a ellos. Era el impacto de tener que vivir situaciones tan similares a las que ellos habían vivido.

—Por otra parte, me dije: “¡Qué ironía de la vida! Lo que me está pasando a mí en cierto modo está directamente relacionado con lo que les pasó a las mujeres que entrevisté”. Te queda esa sensación de ser parte de un mismo tejido violento, al fin y al cabo. Tener que salir forzadamente de tu país es tremendamente violento, sí.


—¿Por qué te interesa explorar las técnicas de lo performativo, como entiendo que querías hacer en la serie, o el uso de la animación en el documental? 

—Me apasiona el documental de creación. Siempre estoy pensando en las puestas en escena, constantemente, y en los límites borrosos, y a veces hasta problemáticos, entre la ficción y el documental. Los espacios liminares me interesan mucho. La situación en la que estaba, y la imposibilidad de filmar en Nicaragua, de volver a Nicaragua, definitivamente era un obstáculo, pero yo decidí verla como un desafío.

Hay un silencio apabullante con Nicaragua que no termino de entender

—Entonces empecé a pensar mucho en eso: en la forma, en el lenguaje, en la imposibilidad como motor de la creatividad. Me dije a mí misma: “En esta situación en la que estoy, voy a contar esta historia como sea”. Ahí fue que vino la animación como un medio y como una solución maravillosa para la imposibilidad de filmar en un contexto de censura y autoritarismo. Era algo muy desafiante, porque nunca había hecho una animación. Nos tocó aprender rápido a todo el equipo con el que trabajé, porque tampoco habían hecho nunca una cosa tan larga, una película. Habían trabajado más en marketing, publicidad, otras cosas, y esta era una cuestión totalmente distinta. Era un documental animado. 

—Somos varias personas que estamos en situación similar, cineastas que pensamos, justamente en esto, en cómo hacer cine desde el exilio. Cómo repensar el lenguaje y cómo repensar las formas para burlar esas barreras. 

 —Tu equipo de animación está en Nicaragua, ¿no? Me da esa impresión porque en los créditos están todos identificados con seudónimos. 

—Una parte en Nicaragua, otra parte fuera, pero todo el mundo está con mucho miedo. Por eso la mayoría están con seudónimos. Incluso algunos que están en el exilio que no quisieron poner sus nombres. 

—¿Cómo ves el lugar del tipo de cine que estás haciendo en esta película en un mundo en el que hay una sobreabundancia de imágenes sobre atrocidades? 

—Me parece que tiene que ver con el punto de vista, con devolver una mirada, una interpretación, una sensibilidad particular a través de historias que contradigan los discursos oficiales. De cierta manera nos volvemos un poco como cronistas de los márgenes, de historias que no necesariamente caben en el mainstream. Reivindicamos el metro cuadrado que tiene cada uno. Ojalá ese punto de vista pueda abrir nuevos sentidos o nuevas formas de ver o nuevas sensibilidades. 

—Yo hago cine porque es casi una necesidad vital y porque quiero devolverle a la época que estoy viviendo un punto de vista, una lectura. También por un compromiso con lo social y con que se escuchen voces disidentes. Mi cine es político, tal vez no en un sentido tradicional, pero sí quiero comentar mi entorno, y generar reacción acerca de lo que experimento y experimentamos como colectivo.


—Cuando hablas de voces disidentes y de causar reacción en el entorno, pienso en lo terrible del silencio en torno a Nicaragua, sobre todo en el contexto latinoamericano. A veces pareciera que hay que recordare a la gente que Nicaragua existe. 

—Hay un silencio apabullante con Nicaragua que no termino de entender. Con mis películas trato de hacer que no pase desapercibida, que no seamos arrollados por esa corriente. En mi público quiero generar una reacción humana. No sé cómo ponerlo… No quiero decir que es un grito, pero sí es como un llamado de atención: este país existe, esta realidad existe. Un llamado de atención sobre las barbaridades que pasan mientras el mundo mira para otro lado. Puede ser muy frustrante porque, si vos ves las noticias, Nicaragua no existe. Entonces, siento el compromiso mayor de traer estas historias al mundo, de ponerlas en las pantallas. 

Una Cinemateca para controlar el cine 

El 13 de octubre de 2022 se promulgó la Ley N.° 1132 que reforma la Ley Creadora de la Cinemateca Nacional de Nicaragua. El numeral 14 del artículo 4 le asigna la función de “autorizar la preproducción, producción, realización o filmación, exhibición y distribución de proyectos audiovisuales y cinematográficos nacionales o extranjeros, en Nicaragua”. Según el numeral 13, sus decisiones dependen del aporte que se considere que las películas hacen, o no, “a una cultura de paz y bienestar de la nación”. El 19 establece que la institución se encargará, además, de “autorizar y certificar la calidad de Película Nacional o de Película Coproducida”. 

El capítulo VI que se añadió a la ley crea un Registro de las Actividades Cinematográficas y Audiovisuales y las que llama “medidas de aseguramiento”. Con relación al registro, la reforma establece: “Toda persona natural o jurídica, nacional o extranjera, que pretenda desarrollar en el territorio nacional, actividades audiovisuales y cinematográficas de cualquier índole, deberá cumplir con los requisitos de registro ante la Cinemateca Nacional y contar con la debida autorización para la ejecución de tales actividades. 

“Finalizada la producción, deberá depositar una copia de ésta en el Archivo Fílmico de la Cinemateca Nacional”. 

Por lo que a las “medidas de aseguramiento” respecta, el texto de la ley es el siguiente: “La Cinemateca Nacional podrá dictar medidas de aseguramiento de carácter preventivo con el propósito de garantizar que las personas naturales o jurídicas, nacionales o extranjeras, cumplan con lo dispuesto en la presente ley en la realización y desarrollo de productos cinematográficos y audiovisuales. “Las medidas de aseguramiento pueden consistir, entre otras, en la prohibición del desarrollo, exhibición pública, comercialización de los productos cinematográficos y audiovisuales, así como, en el decomiso de los mismos, en caso que se hubiera llevado a efecto”.


Al respecto, Gloria Carrión opina: “La Ley de la Cinemateca reformada es otro peldaño más en la construcción de un régimen autoritario que quiere acallar por completo las voces disidentes en todos los ámbitos de la cultura y de la sociedad nicaragüense. El cine, por supuesto, es uno de ellos. Es una herramienta poderosa. Ellos saben eso y es casi como si le hubieran puesto un bozal a toda la comunidad de cineastas nicaragüenses independientes. 

“La institución va a definir qué cine está atentando contra la paz social. Ellos se guardan el derecho de decir qué contenidos, qué filmografía puede generar eso. Además, crearon disposiciones para definir qué película es o no es nicaragüense, y que permiten decomisar material filmado si lo que se filmó no es acorde con lo que ellos quieren que se muestre del país. 

“También quiere dejarnos a los cineastas, de cierta manera, sin país, porque, si mis películas no pueden ser nicaragüenses, ¿cómo queda la producción artística en el exilio? Es una medida que quiere destruir el cine independiente nicaragüense. Es tremendamente fascista. Pero no lo va a conseguir porque, mientras nosotros sigamos existiendo como cineastas, vamos a seguir narrando nuestras historias, aunque sean incómodas para el régimen”.

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