Los convencidos


Por Pablo Gamba 

Los convencidos se estrenó en la Competencia Argentina del BAFICI. Es el undécimo largometraje de Martín Farina desde 2015. El año pasado compitió tanto en este festival, con El fulgor, como en Mar del Plata, con Náufrago, codirigido por el protagonista, Willy Villalobos.  

Por su independencia y su ritmo de producción, Farina sigue el paradigma de una figura capital del cine argentino, Raúl Perrone, al que retrató en El profes1on4l (2016). Sus películas, valoradas por algunos críticos aunque no hasta ahora con significativos premios, están movidas por una curiosidad por las personas y en particular por los grupos, que se despliega al margen de cualquier preconcepción acerca de ellos. 

Este impulso se expresa tanto en la observación de los cuerpos, la manera de actuar y la dinámica de los grupos, como en el interés por descubrir los secretos, la manera de sentir, los pensamientos y los sueños. Cada película suya está impulsada, en consecuencia, por un deseo de experimentación formal y, por el modo como las realiza, son el resultado de una cuidadosa artesanía. 

Hay en Los convencidos un vínculo con Náufrago por lo tocante a la relación de los personajes con las ideas que los impulsan, convicciones políticas de luchadores que quisieron cambiar la Argentina y que los derrotaron, en este otro caso. Farina dirigió allí su interés hacia un individuo excepcional por lo que respecta a su militancia contra la dictadura cívico-militar que hubo en Argentina entre 1976 y 1983, y a la relación entre ese compromiso y su vida. 

Los convencidos podría verse, entonces, como una continuación de Náufrago. En la época actual democrática, en la que se sostiene la imposibilidad de pensar como lo hacían quienes querían cambiar el mundo en las décadas de los sesenta y los setenta, trata de indagar en qué pasa con las convicciones y quienes las mantienen. Es una película sobre cómo personas comunes y corrientes defienden hoy cotidianamente, en el círculo familiar, de amistades y hasta en la manera de tratar de convencerse a sí mismas, las que consideran verdades. 

Hay una división del argumento en cinco partes que podrían tomarse como ejemplares por las distintas situaciones que se presentan en cada una de ellas. La primera se enfoca en algo que podría ser objeto de fáciles burlas, que es el tono místico que tienen los discursos de éxito que difunden empresas que aspiran a una vinculación propia del trabajo precarizado, aunque con aspecto de “emprendedurismo”. Entra aquí en juego, entonces, un interés análogo al de Farina por las personas que han formado parte de sectas, como en Los niños de Dios (Argentina, 2021). 

El personaje principal es una joven que habla con el director sobre su convicción en torno a un camino hacia la riqueza basado en el conocimiento, y que recorre varios niveles místico-financieros que llevan el nombre de piedras y metales preciosos. Farina se ubica al comienzo en el lugar de alguien que escucha con genuino interés las razones del personaje y pone al espectador en una posición análoga, porque es como si la joven también le hablara al público tratando de convencerlo. 

Pero después cambia el ángulo de la observación para que se vea a la chica demostrando su capacidad de convicción frente a una representante de la empresa, que la evalúa. Ocurre en una videollamada de celular que hace en su cuarto, en su desordenada cama, lo que ubica el discurso de persecución del éxito en el marco de una realidad que podría ser la de cualquier espectador que necesita creer cosas así. La cuestión social es traída a colación por las referencias al problema de qué hacer con unos padres que tendrán una jubilación que no les permitirá vivir bien. La chica sabe también que no le será suficiente para vivir a ella misma tampoco la jubilación. 

La situación política del país se comenta después en un diálogo entre una mujer mayor y un hijo adulto que la visita. Esto inscribe la defensa de su convicción por el hijo, y los lugares comunes en los que se basa, en un contexto en la que prima la relación de la madre-hijo y en la que él pasa a asumir el papel tradicional del “hombre de la casa”, aunque de visita. Todo esto se traduce también en los gestos y la relación de los cuerpos en el espacio del departamento. 

El estilo cambia de una parte a otra, con lo cual pareciera expresarse, de forma implícita, que el cine también está movido aquí por una inquietud acerca de la verdad, cuya búsqueda se expresa mediante el uso de diversos acercamientos. Cobra valor, así, la tensión entre los personajes que defienden sus convicciones y un estilo que pone de manifiesto que las cosas siempre pueden verse de un modo diferente. 

Así como el plano de entrevista al que hice referencia, el plano-contaplano y otras convenciones clásicas de la representación del espacio y el tiempo son dominantes en las partes previas, la tercera comienza con fotos, presumiblemente de los archivos familiares de los personajes, antes de que se los vea conversando. La representación del grupo en torno a una mesa es fragmentaria y va de una sucesión de primeros planos dorsales a un plano frontal del personaje principal que parcialmente muestra a los que están a sus lados. La cámara se sitúa allí, significativamente, en el punto de vista de alguien más del grupo, sentado frente a quien habla.

También el estilo puede plantear interrogantes por su contrapunto con las escenas, y crear un efecto de distanciamiento con respecto a los lugares comunes de la conversación y los del cine. En la parte final, por ejemplo, Farina recurre a la pantalla dividida aunque por la conversación se entiende que los dos personajes están en el mismo lugar al mismo tiempo. Algo similar ocurre con uso del blanco y negro, que parece ser una pregunta sin respuesta en la película.

El cine es incluso motivo explícito de controversia entre los personajes. Es lo que ocurre en la última parte, que tiene como eje un debate en torno al valor de Roma (México, 2018), de Alfonso Cuarón. En otra escena se discute en torno a la manera como el protagonista de The Founder (EE UU, 2016) se mantiene firme en su convicción de subordinado que se enfrenta a los propietarios de una empresa, impone sus ideas y llega a hacerse dueño de McDonald’s. Más allá del tema de esa película, el contrapunto pone de relieve la artificiosidad de cómo Hollywood representa la fuerza épica de la convicción que mueve a sus personajes, que suelen ser individuos que van a la conquista de sus metas, en este caso un héroe de la competencia en la jungla del mercado. 

Volviendo a la pregunta de la película sobre cómo operan las convicciones en el presente, su logro consiste en mostrar eso de una manera reveladora en una serie de situaciones sociales concretas. Sin embargo, queda en el aire una pregunta: ¿de cuál sociedad? 

Un problema serio que plantea esta película es que, aunque la calle es un fuera de campo sonoro de los interiores de los departamentos, la retracción al ámbito doméstico ‒incluido el teletrabajo en casa‒ y los círculos estrechos de amistades deja por fuera los espacios en los que las convicciones, y el debate y la lucha en torno a ellas, pueden tener trascendencia política y social. La democracia queda así fuera de campo en una película que, como se dijo, podría ser vista como una continuación del retrato de un personaje que luchó sin éxito contra una dictadura. 

Que esta omisión sea difícil de percibir revela hasta qué punto se ha ido estableciendo como hegemónica la división entre el ámbito de la vida privada y el de la vida pública que corresponde a la política, que es como el país de Oz para la mayoría de los que son, a pesar de eso, “ciudadanos”.  Cuánto cuesta pensar que la política y sus debates puedan ser para la mayoría de la gente algo más que tema de conversación, deber cívico de votar o eventual participación en una “calle” compuesta por un agregado de átomos individuales o moléculas grupales.

La película no se interroga acerca de cómo se conforman estas esferas de pequeños grupos o incluso la del individuo convencido de que puede valerse por sí mismo, como la chica que persigue la “libertad financiera”. Muy por el contrario, aunque haya recursos que pueden crear un distanciamiento reflexivo, la cámara se integra por su posición a estas esferas, y con ella el documentalista y también el cine, y hasta el espectador mismo es incorporado, como se dijo.

A pesar de lo reveladora que es Los convencidos, al pasar estas cuestiones por alto o dejarlas de lado Farina incurre, aunque haya sido involuntariamente, en una actitud que conlleva la aceptación del statu quo. Es algo sintomáticamente contradictorio, además, con un estilo que llama a reflexionar y que interroga, y con lo que el estilo afirma: la posibilidad de ver las cosas siempre de un modo diferente. Por esto Los convencidos resulta, para mí, una película problemática.

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