The Newest Olds

 

Por Pablo Gamba 

The Newest Olds (Argentina-Canadá, 2022) llegó a la competencia de Cinéma du Reel después de un accidentado recorrido que comenzó con un estreno virtual en el Media City Film Festival en 2022, debido a la cuarentena por el Covid-19. Estuvo también en Wavelenghts, la sección de cine experimental del Festival de Toronto; en Viennale, y en el Festival de Mar del Plata, donde recibió una de las dos menciones otorgadas en la sección Estados Alterados. 

El vínculo con Media City va más allá de que la película se haya estrenado allí. The Newest Olds explora el paisaje urbano y natural del área de las ciudades de Detroit, en los Estados Unidos, y Windsor, en Canadá, en las que se presenta simultáneamente el festival de cine y arte digital. Las dos están frente a frente, separadas por el río Detroit, y conforman un importante conurbano transfronterizo, conectadas por un túnel y un puente. 

Detroit y Windsor también tienen en común su importancia como sedes de la industria automovilística, y los problemas sociales que ha acarreado la desindustrialización. Se les añaden en la película los de los trabajadores en la cuarentena por el Covid-19. Además de dos ciudades, se confrontan aquí el capital y el trabajo sobreexplotado en la imagen y el sonido, respectivamente. 

Otra frontera significativa en ese espacio fronterizo entre dos países es la que existe entre el área urbana y la reserva natural. Un límite más es aquel al que hace referencia el título en inglés, una expresión de difícil de traducir al español, pero tiene que ver con otra frontera, en el tiempo. 

Hace borroso este límite la presencia del pasado industrial en el presente que se percibe en la arquitectura. El título, que literalmente podría traducirse como “los viejos más nuevos”, viene de un letrero en un edificio de Detroit. Pero también se abre el tiempo al futuro en la película con los que parecen tópicos de ciencia ficción y facilitan, por sus códigos genéricos conocidos, la comunicación con el público. 


Todo esto tiene un correlato en el interés del realizador por investigar el encuentro entre el paisaje y la mirada. Esto desestabiliza lo que por hábito se entiende que es “real” y se instaura en las representaciones hegemónicas, como las de los medios informativos o el cine industrial. Mazzolo es un cineasta experimental de los que problematizan y politizan la mirada. Sus películas son documentales, pero no sobre esa “realidad” sino sobre otra percepción de lo real, la de un artista, podría decirse citando a Gene Youngblood. 

Como es característico del cine experimental argentino actual, estas inquietudes se inscriben en una búsqueda del rigor formal, y de maestría en el dominio de las técnicas artesanales alterativas de trabajo con el soporte fílmico, lo que conlleva un cuestionamiento de las normas industriales y una apertura a lo accidental. 

En The Newest Olds Mazzolo usó una cámara Bolex de 16 mm, pero también una Zeiss Ikon de 35 mm de 1925, ambas operadas manualmente. Lo explicó en una presentación que grabó para el Media City. Recurrió, además, a diversos tipos de película, positiva, negativa y reversible; a rebobinar y filmar de nuevo para crear superposiciones, y al revelado y al copiado, entre otros métodos para conseguir esa otra imagen que busca en su cine. 

El lugar común del skyline, el horizonte urbano visto desde el río en un plano nocturno, empieza a vibrar de modo inquietante al comienzo de este cortometraje por el modo en que está filmado. La estabilidad de los edificios se revela, así, como una mera sensación que se desprende de la manera habitual de verlos o registrarlos, que les da una duración correlativa al tiempo abstracto de la acumulación del capital que se hace tangible en ellos. Pronto, además, la imagen parpadeante encuentra un correlato en voces como la de un trabajador que reclama una cantidad que pone de manifiesto su situación precaria: “No puedes deberme cinco dólares”. 


En la segunda parte de la película se desestabiliza la percepción de la naturaleza como área protegida. Visualmente ocurre por la vía de efectos que crean extrañamiento del río y la vegetación de los jardines, entre los modernos edificios, primero, y después en el que parece un “santuario natural”. En el sonido entran en juego los que podrían identificarse como los lugares comunes de ciencia ficción mencionados, que fueron tomados de archivos. El posible futuro hacia el que apuntan es de invasiones y un apocalipsis viral que en el contexto puede interpretarse como relacionado con el Covid-19. También hacen borrosa la frontera ciudad-zona protegida. 

El punto máximo de la gradación se alcanza al final, cuando los edificios distorsionados, en los que no se ve signo alguno de vida humana, pasan a ocupar la totalidad del plano, como una suerte de culminación de la invasión que comienza en el sonido, negando ya la posibilidad de que cualquier otra cosa pueda aparecer allí. Pero la banda sonora choca con la visual de un modo que recuerda el montaje de Sergei Eisenstein, con el ruido del enfrentamiento callejero de manifestantes con la policía que les dispara. 

La alternancia en esos planos de las torres de una arquitectura modernista de fachadas de cristal con edificios que parecen haber sido construidos en el siglo XIX o comienzos del XX, subraya lo enigmáticamente expresado en la frase del título acerca de la persistencia del pasado en el presente, después de que se introduce en el sonido la perspectiva apocalíptica. Pero se abre aquí otro posible futuro, aunque incierto, el de algo que también se creía sepultado en el pasado y en el escepticismo de hoy, pero regresa: la lucha contra el capital. 

The Newest Olds es, por todo esto, una de esas pocas películas sobre los tiempos de la pandemia del Covid-19 que trascienden esa coyuntura. La capacidad de percepción disidente del cine se enfrenta aquí con lo que se presentó casi universalmente como el trayecto planificado hacia una “nueva normalidad” para percibir lo que apenas comenzaba a manifestarse en ese momento: la catástrofe económica, social y bélica global actual, de la que la pandemia, vista en perspectiva, apenas parece haber sido el preámbulo. 

Esto trae a colación otra película de Mazzolo, Ceniza verde (2020). Si allí el cine buscaba captar en la naturaleza los vestigios de un pasado mítico ‒el de un pueblo originario que prefirió el suicidio colectivo a la colonización‒, aquí está lo que ha quedado de lo que la clase obrera construyó en su apogeo. Pero se percibe, además, el desenlace al que podría llevar la crisis del capitalismo. El que se creía un mito ‒la revolución‒ vuelve a hacer vibrar el paisaje urbano y, aunque su fuerza mesiánica es débil, una película como The Newest Olds capta este llamado.

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