Arturo a los 30

 

Por Salvador Savarese 

Como muchas películas sobre la juventud; ya sea la francesa Los 400 golpes, de 1959, o la costarricense Tengo sueños eléctricos, de 2022, el tema principal, aunque oculto, de Arturo a los 30 (Argentina, 2023) es la dificultad de adaptarse al mundo. Además Arturo ya es grande, tiene treinta años, y eso hace que su inadecuación sea más evidente. Encima, tiene una relación muy extraña con su cuñada viuda, sufre de una insólita capacidad para caer en situaciones que se complican cada vez más hasta terminar indefectiblemente mal, soporta permanentes problemas sentimentales y padece enormes dificultades y presiones para poder definir qué ser en la vida. Arturo es un personaje destinado a ser trágico. 

Martín Shanly, como director, ya había explorado un personaje igual de discordante en su primer largometraje: Juana a los 12 (Argentina, 2014), donde asistimos a la vida diaria de una niña con muchas dificultades para encontrarse a sí misma en medio de su entorno. Aparte de esa incomodidad, ambas películas comparten tipos de personajes (todos pertenecientes a una clase media alta suburbana en suave decadencia) y ambientación (colegios ingleses señoriales que quizás no saben ver los nuevos tiempos, un afuera entrevisto pero presente de un conurbano proletario o de barrios cerrados) mostrados con una naturalidad inusual en el cine argentino. Pero si la mirada sobre la atribulada Juana es de un tono seco y melancólico, en su segunda película su aproximación es completamente diferente. 

En Arturo a los 30 esa inadecuación es sublimada en forma de comedia y de una comedia salvaje. El enfoque cómico calza muy bien con el personaje de Arturo ya que la lucha por incorporarse al mundo es una de las sustancias del género. En un hermoso texto sobre Buster Keaton, la escritora Maria Bolaños describe que todo argumento de las películas de Buster se resumen que “...mientras él combate denodadamente por encontrar un sitio físico y un sitio moral, ese mundo le excluye” (1).


El argumento de Arturo a los 30, en la que se narra todo lo que le ocurre al protagonista durante la larga tarde y noche de un accidentado casamiento con su correspondiente fiesta, intercalando momentos anteriores y posteriores de su vida, algunos más cómicos, otros decididamente más tristes, también se puede resumir en lo mismo. El desajuste de Arturo con el mundo se evidencia en forma de torpeza y de angustiante mala suerte: algunas amigas llegadas de Europa apenas detectado el coronavirus (la historia transcurre en ese verano previo a la pandemia) a las que les agarran ataques de tos, otras que manejan peligrosamente, tráficos endemoniados que se sosiegan milagrosamente hasta que el protagonista decide atravesar una ruta, objetos que se sublevan permanentemente, fuegos artificiales que complican una clandestina y necesaria relación amorosa. 

 Todas estas situaciones no serían tan efectivas si no fuera por la actitud de Martín Shanly, el actor: serio como Buster Keaton ante cada jugada inverosímil del destino, imperturbable como Monsieur Hulot ante la insólita rebelión de los objetos. Una escena como ejemplo de la felicidad de la película: impedido de entrar a una reunión a la que estaba invitado, el protagonista ingresa clandestinamente a través de una ventana lateral; al meterse en el interior, se traba en una aparatosa pelea con una lámpara que se resiste a quedarse en pie; una vez que la consigue domar, un paneo lo acompaña en su camino por la habitación que el espectador imaginaba vacía y se descubre llena de invitados, los cuales no habían prestado la más mínima atención a esa pelea. Hasta la pelea con la lámpara, uno podría pensar en una muy buena reversión de alguna situación de La fiesta inolvidable (The Party, 1968) pero es ese final de gag lo que la distingue. 

André Bazin es otro autor que escribió sobre la comedia y la relación del hombre con los objetos y el mundo, dando el ejemplo de un gag en el que Chaplin está encerrado sin trucos en una jaula con un león de circo. Pero añade que tanto Chaplin y el león al mismo tiempo “...están encerrados juntos en el cuadrado de la pantalla” (2). Bazin, siempre perspicaz, da la clave: antes que la historia, o por lo menos al mismo nivel que esta, está la elaboración cinematográfica ‒lo que se genera en ese cuadrado de la pantalla‒. De ahí la eficacia de la comedia. 

En Arturo a los 30 es muy significativo que estén acreditados como coguionistas tanto la montajista (Ana Godoy) como el director de fotografía (Federico Lastra): los movimientos de cámara y los permanentes flashbacks que van puntuando la historia, todos precisos y sorpresivos, son los que terminan de completar el sentido de las acciones y acaban de generar el efecto cómico. Esa exploración del espacio, esas idas y vueltas en el tiempo, esa naturalidad del elenco (que no parece estar actuando, es como un neorrealismo de clase media alta) forman parte de la elegancia de la película; una elegancia sin asepsia ni afectación que comparte con varias otras contemporáneas de Argentina, como Adentro mío estoy bailando, de Leandro Koch y Paloma Schachmann (Argentina-Austria, 2023), o El castillo, de Martín Benchimol (Argentina-Francia, 2023).


Hay una mirada en Martín Shanly que invita a seguir viendo cómo se desarrollan sus próximas películas. Curiosamente, un detalle relaciona a Arturo a los 30 con la última comedia de Martín Rejtman, un autor ya consolidado. En La práctica (Argentina-Chile-Portugal-Alemania, 2023), vemos también el recorrido de su protagonista, Gustavo, profundamente incómodo con su entorno a tal punto que ni siquiera está en su país sino en otro, muy parecido y muy diferente al mismo tiempo. Parece como si las dos películas compartieran el mismo interrogante: si la comedia, como vimos, habla de la discordancia entre el personaje y su entorno, ¿qué sucede con el entorno mayor que habita éste, es decir su país? Cómo será el estado de ese país, que para ambos personajes o está dividido en compartimentos estancos, incomunicables o sólo existe mediado por las redes sociales. Que este substrato denso haya generado dos comedias es una muestra más de que la diferencia entre este género y la tragedia es solamente el punto de vista. 

Notas 

1. Bolaños, María. “Buster Keaton o el fracaso de la geometría”. Visions de l’Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona, 2007, n.° 6. Este texto, riguroso y emotivo al mismo tiempo, se puede leer en: https://upcommons.upc.edu/bitstream/handle/2117/99162/03_Visions6.pdf 

2. Bazín, André. “Capítulo 6: “Montaje prohibido” en ¿Qué es el cine?, 1958.

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