La perra

 

Por Pablo Gamba 

La perra (Colombia-Francia, 2023) se estrenó en la competencia de cortometrajes del Festival de Cannes el año pasado. La película de animación de Carla Melo Gampert estuvo también en el Festival de Toronto; compitió en el Festival de Annecy, el más importante en el mundo para ese tipo de cine, y, como película nacional, en el festival de Clermont-Ferrand, en Francia, que tiene una posición similar en el mundo por lo que respecta a los cortos. Todavía sigue en el circuito, ahora en Tricky Women/Tricky Realities de animación hecha por mujeres, en Viena. 

Esto hace parte a La perra del ascenso de la animación latinoamericana. Situaría sus comienzos en 2013, cuando Uma história de amor e fúria (Río 2096, Brasil, 2013), de Luiz Bolognesi, ganó el Cristal al mejor largometraje en Annecy. Volvió a ocurrir con otra película del mismo país en 2014: O menino e o mundo (Brasil, 2013), de Alê Abreu, que fue nominada al Oscar. Entre los ejemplos más recientes están La casa lobo (Chile, 2018), de Cristóbal León y Joaquín Cociña, y el cortometraje Bestia (Chile, 2021), de Hugo Covarrubias, que también compitió por el Oscar. 

El cine de animación colombiano ha dado impulso a esta ola con largometrajes de animación como Sabogal (2015), de Juan José Lozano y Sergio Mejía; Virus tropical (2017), de Santiago Caicedo, basado en la novela gráfica de Power Paola, y La otra forma (2022), de Diego Felipe Guzmán. Entre los cortos recientes que se han destacado está también Todas mis cicatrices se desvanecen en el viento (2022), de María Angélica Restrepo Guzmán y Carlos Velandia. 

La película de Melo es de animación con acuarela y tinta sobre papel, y hay algo en ella de experimentación por lo que respecta al regreso a las técnicas artesanales, como es el caso de otros cineastas que vuelven al fílmico como resistencia. Pero La perra se acerca más al cine experimental por lo que tiene de psicodrama, la conjugación en ella de lo biográfico y lo poético.


La expresión de la subjetividad es impactante tanto por los personajes, híbridos de cuerpos humanos y de pájaros, como por su carga sexual, y la crudeza y la violencia de las relaciones. Una referencia citada por la cineasta es el corto Soft Animals (Reino Unido, 2021), de Renée Zhan. Por lo que respecta al erotismo en la animación de América Latina, me viene a la mente Pasta (Chile, 2006), de Tomás Welss, aunque no está construido en torno a imágenes de la animalidad humana sino a la exploración de los vínculos sensoriales entre sexo y comida. 

A pesar de que lo autobiográfico está trascendido en La perra por un poderoso simbolismo psicológico, la línea narrativa de la niña que se hace mujer en cuerpo y experiencias permite que se vayan agregando capas temáticas relacionadas con la condición femenina en el orden patriarcal y capitalista. Incluyo lo segundo no por cliché sino por lo que respecta a la posición de la madre como mujer que es cabeza del hogar. Esto crea una tensión con su sexualidad. 

La capa más importante es la relación de la hija con la madre, que se conforma un triángulo del que es parte mediadora la mascota, la perra del título en sentido literal. También hay un sentido figurado de “perra”. Pero cobran relevancia además otras cuestiones, como la experiencia de la mujer joven de ser objeto de la mirada de los varones y su descubrimiento del placer sexual. 

Los personajes femeninos del corto están desnudos, lo que transmite con punzante claridad esa sensación de estar expuestas a las miradas. A esto se añade la importancia que tienen en los dibujos las partes sexualmente atractivas del cuerpo de las mujeres, en particular las nalgas. La multiplicación de los senos muestra a la madre también como “perra” en un sentido sexual. 

El largo y puntiagudo pico de las mujeres-aves se presenta como un inquietante elemento fálico que no se compagina con el binomio gallinas (mujeres)-gallos (varones). Pero es un símbolo de debilidad porque son picos frágiles de los que no sale una voz que pueda imponer con su autoridad orden en el hogar. Las mujeres-aves no hablan, chillan con sus graznidos. 


Todos estos detalles son reveladores de la doble lógica narrativa que hay en La perra. Por una parte están las débiles relaciones causales entre los episodios que conforman el relato. Pero la dominante es la conexión que les da a las imágenes la poderosa necesidad de expresar cosas que no podrían decirse, quizás, sino con dibujos animados como estos. 

De allí también que las imperfecciones de la acuarela y la tinta adquieran un sentido por lo que respecta a cómo las figuras se desbordan por el gesto de haberlas pintado de esa manera. Por eso también el que parece un trabajo menos logrado en los fondos resulta significativo, tanto por lo que puede tener como correlato de la mirada infantil de la protagonista como para resaltar el contraste entre las observadas y todo el entorno que sienten que las agrede con sus miradas. 

Las metamorfosis son otro aspecto clave de este desbordamiento de las imágenes. La expresión no solo crea imprecisiones, manchas y las hace temblorosas en la animación sino que las transforma. En esto tampoco vemos un particular virtuosismo, pero quizás hace que se sienta más el crudo poder catártico que se desata en el movimiento de las imágenes. 

La película de Melo, en síntesis, está impulsada por fuerzas magmáticas que estremecen su propia factura de modo análogo a como desafía el orden del patriarcado y el capitalismo la historia. No tiene una expresión política reconocible como tal, pero por eso mismo es difícil de contestar desde el orden de la política como se la entiende habitualmente, y así se le resiste. 

La perra no solamente es parte de la mencionada ola de animación latinoamericana sino también del ascenso del cine feminista en la región. Me recuerda de algún modo La niña santa (Argentina, 2004), de Lucrecia Martel, por la poderosa fuerza perturbadora del orden que tiene la sexualidad de la adolescente Amalia, por ejemplo. La diferencia es que aquí esa fuerza recorre por completo la película, lo que es posible porque es un corto. Una obra más reciente en la que me hace pensar su sexualidad es el cortometraje de animación La vulvalaxia (Perú, 2021), de Sabrina Franco y Alejandra Gómez de la Torre, que comentamos en Los Experimentos.

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