Flores

Por Pablo Gamba 

Flores (Ecuador-Sudáfrica, 2024) ganó el premio al mejor cortometraje en Sheffield Doc, en cuya competencia se estrenó. El director, José Cardoso, es uno de esos realizadores latinoamericanos que debería ser más conocido. Por su primer largometraje, Iwianch, el diablo venado (Ecuador , 2021), ganó el Premio al Cineasta Más Prometedor en el Festival de Ann Arbor, en los Estados Unidos, y recibió uno de los premios Tigre de cortometraje en Rotterdam por What The Soil Remembers (Ecuador-Sudáfrica, 2023). 

En Flores percibimos una vez más las dos líneas en tensión que sigue el documentalismo de Cardoso. Una de ellas parte del cine etnográfico de Jean Rouch, y de la capacidad que dan las cámaras ligeras y los equipos de registro de sonido, hoy mucho más ligeros y portátiles que en su lejana época, para que el cineasta se introduzca en situaciones reales, se entregue a ellas, interactúe con los participantes y trate de provocar estados análogos al trance que pueden alcanzar los que filma en el curso de un ritual o una ceremonia, por ejemplo. 

Si de este modo Cardoso se hace parte del interés creciente del cine actual por la etnografía, lo que se enmarca en las políticas identitarias que han desplazado a las de la lucha de clases, por otra parte se adentra en la materialidad de su cine-verdad, como se lo podría definir siguiendo de nuevo a Rouch: cinéma vérité. Se trata, en este caso, de poner al descubierto, explícita o implícitamente, el proceso de rodaje y montaje, sus contingencias y errores, y aquello de lo que están hechas las imágenes y sonidos, lo que es poner en tensión las verdades del cine con su materia. 

Espero aclarar esto con un ejemplo. Al comienzo de Flores hay un plano cerrado del hijo del cineasta jugando con su madre. Es una imagen que se sostiene frágilmente en la tensión de las figuras con el soporte borroso del video que las registró. Pero luego hay un zoom back que establece el foco del digital y su correlato: la cristalina impresión de realidad que transmite.

El foco se alcanza en un plano general del interior de la casa, en el que podemos entrever, por la puerta abierta, la habitación donde madre e hijo juegan. Pero comenzamos a escuchar una voz en off que informa sobre el cambio climático. Hay un salto de vuelta a la imagen borrosa, y el encuadre se desplaza hasta la computadora, en la que se detiene el video que sonaba. 


Parece que la cámara de video ligera de Cardoso se introduce en la realidad doméstica e interactúa con dos aspectos que reclaman alternativamente su atención. Lo que hace es explorar ese mundo personal de un modo análogo al de los achuar del Amazonas en Iwianch, el diablo venado. Por tanto, son más que dos imágenes, son dos planos de lo real o dos realidades que se solapan, la doméstica y la mediática, en la escena citada y el tránsito de una a otra solo puede parecer trivial si nos olvidamos del trance de Rouch. 

Todo, además, tiene como correlato los cambios en la definición del video, misteriosos, inexplicables salvo, quizás, por algo que incide como mágicamente en una cámara en trance. Sería magia blanca, en el caso del hijo, negra en el fin del mundo por la catástrofe ambiental que anuncia el video. Esta otra incluye el tránsito fluido de la pronunciada distorsión que lo antecede al plano borroso del niño, sin solución de continuidad. 

La tensión entre las dos realidades que al comienzo integran este inquietante continuo se resuelve en el desarrollo de la forma fílmica. Comienza antes de la escena que comenté detalladamente, con acercamientos extremos a las imágenes de la pantalla. Ponen en evidencia la materia de píxeles de la que están hechas. Después, a diferencia de la señalada falta de solución de continuidad, hay una confrontación en el montaje, que en las películas de Cardoso puede estar acompañado de un efecto como de zapping de la televisión, pero es también un chisporroteo que actualiza sensorialmente el choque de planos de Sergei Eisenstein. 

De las colisiones entre estas imágenes de materia eléctrica surgiría así la impresión de que son de una realidad falsa, la que se descompone en píxeles. Frente a esta hay otra realidad, la de un primerísimo primer plano de una rana, por poner otro ejemplo. Primero se disuelve también en su materia, pero retorna con una estabilidad que lo afirma como imagen de una rana real. Antes la cámara se había adentrado por un jardín en una linda secuencia, persiguiendo una mariposa que el niño ve. Es otra interacción con la naturaleza en la que igualmente se encuentra lo real, como en el plano general de la casa, que afirma su verdad frente a lo mediático. 


Pero hay una pregunta que plantea entonces Flores, y es si en la representación del mundo del realizador, el que tiene como centro la familia, la casa y los jardines, no se ha filtrado la fantasía primitivista de una vida más sencilla y más puramente vida, frente al artificio de las pantallas. La trae a colación el monje Thich Nhat Hahn, que se perfila como el personaje principal en los videos de internet en los que habla. 

Thich es budista y dice que tomar conciencia de la respiración es una manera de conectarse con la propia realidad, con el aquí y ahora de nuestra existencia en nuestro cuerpo y con relación a nuestro tiempo de vida finito. Antes de que lo diga, escuchamos la respiración en contrapunto con planos detalle distorsionados del expresidente George W. Bush, viejo, físicamente decadente. Es un video de Al Jazeera en el que lo vemos comete un “error”: califica de “completamente injustificada y brutal” la invasión de Irak que ordenó en 2003, confundiéndola con la de Rusia a Ucrania en 2022. 

La manera de hablar de Thich, con pausas que pueden resultar inesperadas y demasiado prolongadas para el ritmo acelerado de los medios de comunicación, abre sutilmente también otro tiempo en la pantalla, el de otra manera de vivir que, para personas como nosotros, es de otra cultura. Pero no se trata de alguien que solo se dedica a respirar y meditar como si viviera en un mundo más simple. Practicante de un budismo activista en favor de la paz, el monje se opuso en su país natal, Vietnam, a la guerra entre el Norte y el Sur, y en los Estados Unidos logró, con el mismo fin pacifista, el apoyo de otro líder de la no violencia, Martin Luther King. 

Hay otro personaje en la película que hizo del choque entre la vida real del cuerpo y la naturaleza abstracta de los medios algo tan verdadero como la respiración y un arma terrible de combate pacífico. Se trata del activista ecologista, y también budista, Wynn Bruce, que se inmoló encendiéndose en llamas frente a la Corte Suprema de los Estados Unidos como una forma de protesta, para transmitir un mensaje contra la destrucción ambiental el Día de la Tierra de 2022. Quienes lo conocían testimoniaron que no estaba loco y los citan en la película. La locura para él era la del mundo que corre a fatalmente hacia la catástrofe y su manera de actuar siguió el ejemplo de sus correligionarios que hicieron lo mismo contra la Guerra de Vietnam.

 

Vuelvo, entonces, a la pregunta que plantea Flores acerca de la fantasía primitivista. El ejemplo de Bruce pareciera indicar que no, que si no podemos entender esa decisión como un gesto desesperado, pero racionalmente político, es por razones análogas a las que nos impiden comprender el desastre ambiental que se nos viene encima y sus consecuencias. Hay, además, en el pacifismo de Thich una pregunta difícil para quienes defendemos la tesis de la lucha de clases y creemos que para detener el cambio climático hay que derrotar al capitalismo: ¿no es contradictorio pensar que la sociedad de la paz definitiva en la justicia va a llegar como consecuencia de una guerra que acabe con todas las guerras? 

Cité a Rouch y a Eisenstein, y traería a colación también a Glauber Rocha. El corto de Cardoso, con su pacifismo, su monje budista y su respiración, puede parecer una película ingenua, pero está entre las que abren nuevas discusiones. Incluso involuntariamente: la que plantea su afirmación de la realidad doméstica. ¿No es cada vez más un lujo hoy en día tener casa?

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