Pepe

                                                                            

Por Ángel Pérez

En una entrevista para Cahiers du Cinema, Jean-Luc Godard comentó: “Me considero un ensayista que produce ensayos en forma de novela o novelas en forma de ensayo: sólo que, en lugar de escribirlos, los filmo.” Sobre la película más reciente del realizador dominicano Nelson Carlo de los Santos Arias (autor de la misma estirpe de Godard) se pueden decir palabras parecidas: Pepe. Estudio de la imaginación (2024) es una suerte de novela filmada en forma de ensayo; o mejor al revés: es un ensayo filmado en forma de novela. El subtítulo “estudio de la imaginación” ya alude a esa cualidad fabular y reflexiva característica de esta obra, que dejó en manos de Nelson Carlo, el Oso de Plata a la Mejor Dirección del 74° Festival de Cine de Berlín.

Pepe se presenta, entonces, como una resuelta experiencia cinematográfica y un decidido documento cultural. Ambos valores están ya presentes en las entregas anteriores del dominicano, Santa Teresa y otras historias (2015) y Cocote (2017), gestos creativos que, dentro del paisaje fílmico global, contribuyen a desalienar el cine caribeño. Sin sacrificar nunca su encanto de fábula bien narrada, esta tercera película de Nelson Carlo extrema todavía más su vocación de artista experimental, su interés por escapar de las gramáticas estandarizadas y su sugestión por explorar las cualidades expresivas de registros/soportes cinematográficos diversos.

Para tejer el fascinante relato de Pepe, el realizador anuda orgánicamente materiales de archivos, filmaciones en 16mm, noticieros de televisión, animación, grabaciones digitales, pasajes en blanco y negro y a color, así como capítulos francamente documentales con otros de ficción. Se conjugan, además, en sus composiciones visual y narrativa, códigos de la comedia, del costumbrismo, del absurdo, del relato fantástico… Mas no se fusionan todos esos elementos como un caprichoso ejericio de estilo, todos ellos son agentes para pensar desde su materialidad, junto a la experiencia del hipopótamo homónimo que protagoniza el filme, cómo se reproducen hoy las estrategias de dominación y la lógica del colonialismo en América Latina.
                                                                            

Pepe cuenta la experiencia de un hipopótamo errante, sometido a una desdichada suerte en las aguas del río Magdalena, al centro de la selva colombiana. En un gesto de ingenio tan elocuente como desmesurado, el director convierte al propio Pepe en narrador, en testimoniante de su infortunio. Sorprendido de su capacidad para articular incluso recuerdos que no le pertenecen, este simpático y políglota hipopótamo se muestra en la forma de un fantasma que atraviesa épocas y lugares para evocar en idiomas nativos de África, en español y en inglés: la travesía forzada de sus padres desde África hasta Colombia, su fatídico destino tras ser expulsado de la manada, y su trágica relación con la comunidad de pescadores asentada en los márgenes del Magdalena.

Mientras Pepe testimonia su historia, en busca de respuestas acerca de su destino; mientras este ser descolocado revisa su devenir y se pregunta sobre su identidad, el espectador es invitado a pensar, vista la megalomanía humana que dispone de las vidas animales de tal forma, en cómo se suscribe hoy el pensamiento colonial por otras vías.

La historia de Pepe no es una invención. Estamos frente a eventos reales que, en su momento, alcanzaron el semblante de una auténtica leyenda. Durante los años ochenta, el narcotraficante Pablo Escobar, capo del Cartel de Medellín, trasladó una pareja de hipopótamos a un zoológico privado construido en su Hacienda Nápoles. Al morir Escobar, y ya reproducidos estos animales, el lugar devino un sitio de recreo público donde estos seres vivían sin demasiada atención. Como refiere el propio narrador en la película, él fue desterrado de su manada original tras una disputa con su hermano, práctica corriente entre estos animales.

Y ahí comenzó una nueva desventura para este cimarrón, forzado a vagar por la cuenca del río Magdalena, en los alrededores de Estación Cocorná, condenado a no encontrar/construir nunca su palenque. Vagando por las aguas que rodean a esa comunidad, entre un animal (forzado a vivir en un hábitat donde no encajará jamás), y unos pobladores excretados por una Historia de marginación y olvido (que sienten amenazadas sus formas de vida tras la aparición de esa extraña criatura), se produce un enfrentamiento de tintes ecológicos.
                                                                            

Nelson Carlo dibujó un fresco de intrincada complejidad. El argumento unas veces se erige en metáfora de la violencia colonialista, sin embargo, es un testimonio de las trágicas realidades que atraviesan el mundo latinoamericano. Pero todavía: el ordenamiento performático del material visual, vibrante en su deriva expresiva, alcanza a meditar por sí mismo ya no de la colonización territorial, sino de la colonización de las subjetividades. Al comienzo del filme se muestran unas imágenes documentales al estilo de Discovery Channel que muestran a una comunidad de hipopótamos en su espacio natural en Namibia; tales imágenes se intercalan con las de un grupo de turistas alemanes de visita en la región; el guía acompañante ‒francamente interesado nomás en llenar sus bolsillos‒, presenta ese paraje africano como un paraíso exótico y a los nativos como individuos ajenos a la civilización. Por sobre estos animales y estos nativos rige imponente la razón del europeo.

Esa visión eurocentrista del “otro” también modela ciertas dinámicas de vida de los pescadores asentados en los márgenes del Magdalena, cuyo imaginario colectivo es fabricado bajo una lógica de poder que explota y empuja hacia la pobreza a mucha gente. Por eso, mientras temen la aparición de la bestia en el rio, disfrutan en sus precarias viviendas del animado estadounidense Pepe Pótamo, de los estudios Hanna-Barbera, consagrado a las proezas de un hipopótamos antropomorfizado.

Pepe, esa entidad anómala que yerra por las turbia aguas del rio a causa de un lamentable antropocentrismo, cede, sin embargo, durante ciertos momentos, el punto de vista a los lugareños, consciente de que tanto su suerte como la de esos infelices pobladores, resulta de redes de poder e ideologías que los trasciende a uno y otros. Filmado al estilo de una comedia costumbrista —uno de los valores ineludibles de la película es la instrumentación del humor—, este capítulo dedicado a los residente del lugar escenifica, en cierto momento, un improvisado concurso local de belleza, donde una chica, al ser interrogada acerca de qué cambiaría en su territorio, contesta: “Su abandono, quisiera que muchas más personas conocieran de Santiago Berrio y dejara de ser el abandono de un pueblo […], cambiaria que su historia se siga escuchando y no sea un olvido”.

Nelson Carlo de los Santos Arias piensa, a partir de ese catastrófico encuentro entre el hipopótamo errante y los pobladores, en el desastre ecológico y también en el desastre Histórico; la suerte de Pepe, cuya estirpe fue forzada a salir de su hábitat natural y ahora es instrumentalizada por la política colombiana, es un poco la suerte de América Latina, una alegoría de la colonización, de la esclavitud, del peso de la mirada exotista, de las consecuencias de la violencia y de la desterritorialización.
                                                                            

Hacia el final, antes de conocer al grupo de militares enviado a terminar con la vida de Pepe ‒encabezados, nada más y nada menos, por un francotirador de los Estados Unidos‒, la cámara recorre la mansión de algún político colombiano. Mientras ignora las acusaciones vertidas desde la radio a las entidades colombianas protectoras del medioambiente, visto el lamentable manejo de la situación desencadenada por Pepe, este hombre solo puede ordenar el asesinato del animal. Este “estudio de la imaginación” emprendido por Nelson Carlo es un espléndido artilugio fílmico, irreductible en su materialidad, un desvío audiovisual inventivo y lúcido, capaz de pensar la trágica Historia de América Latina y su presente.

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