Aún es de noche en Caracas


Por Pablo Gamba 

Aún es de noche en Caracas (Venezuela-México, 2025) se estrenó en la sección Venezia Spotlight del Festival de Venecia, pasó por el Festival de Toronto y rápidamente llegó a su destino final, la plataforma Netflix. Es el segundo largometraje codirigido por Mariana Rondón y Marité Ugás. A Rondón se la conoce internacionalmente por Pelo malo (Venezuela-Perú y otros países, 2013). La ópera prima de las dos, A la media noche y media (Venezuela-Perú-México, 2000), es una obra notable, pero desconocida. 

Las cineastas adaptaron en Aún es de noche en Caracas la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, que también participó en el guion. Es la autora venezolana más conocida de la actualidad, y vive en España. Una referencia clave en el cine es Simón (Venezuela-Estados Unidos, 2023), de Diego Vicentini, que también está en Netflix. Tanto esta película como la de Rondón y Ugás relatan historias ambientadas en la rebelión popular de 2017 contra la elección fraudulenta de una Asamblea Nacional Constituyente para neutralizar la Asamblea Nacional de mayoría opositora de dos tercios elegida en 2015, con el estilo de un cine político espectacular hecho para plataformas. 

Los personajes de Simón son jóvenes que participaron en la lucha callejera que siguió al fracaso político de multitudinarias marchas opositoras. La protagonizó una vanguardia juvenil que se enfrentó con las fuerzas policiales, militares y paramilitares del régimen de Nicolás Maduro. La represión causó cientos de muertos, desaparecidos y torturados, y llevó al exilio a muchos. 

El comienzo de Aún es de noche en Caracas, en cambio, presenta a la protagonista, Adelaida, en el fondo de un plano general de opositores que marchan mientras que ella, ajena a la manisfestación, se prepara para enterrar a su madre en el Cementerio General del Sur. Es un personaje al margen del conflicto con el que podrían identificarse los espectadores del exterior. Para los venezolanos de Caracas, es parte de una clase media que se desintegra. 

El plano inicial podría parecer una metáfora: la espera por la partida de un coche funerario en medio de una lucha que se planteaba como salvación de la democracia liberal de la liquidación de la institución parlamentaria. No solo se lleva al cementerio a la madre, un régimen democrático afronta su sepultura. 

En Aún es de noche en Caracas, sin embargo, no hay referencias al pasado de la democracia por lo que la gente de la manifestación lucha sino a una Venezuela popular rural, ancestral, de ascendencia indígena y africana idealizada. Tampoco en Simón encontramos ese pasado que, para los venezolanos nacidos de los noventa en adelante, puede no ser más que un mito pero que ha alimentado más de dos décadas de resistencia masiva al chavismo y su proyecto político. Un problema estas dos películas es, por tanto, su incapacidad de desentrañar el misterio de una resistencia tan notablemente tenaz por la que tantas personas, sobre todo jóvenes, han dado la vida. 

La lucha y la represión que Rondón y Ugás representan tiene referentes reales ciertos que muchos prefieren ignorar en el extranjero para aferrarse al mito del comandante Chávez y su revolución del socialismo del siglo XXI. Pero el espectáculo en que se convierte en Aún es de noche en Caracas, sin solución de continuidad entre la manera como se la representa en el film y en las imágenes de la televisión dentro de la historia, la transforma en una confrontación heroica, más grande que lo real y trágicamente distante. Esta representación, como una guerra de la televisión, pareciera responder al objetivo de que en el exterior se entienda por qué más de ocho millones de Venezolanos hemos huido del país igual que de conflictos como el de Siria. 

Sin embargo, Aún es de noche en Caracas es una película que nos interpela principalmente a los venezolanos con la pregunta acerca de qué hemos llegado a ser nosotros después de más de veinte años de chavismo fracasado y de una lucha contra él que solo alcanzó un punto de inflexión con la intervención militar de los Estados Unidos y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, que se reeligió en comicios evidentemente fraudulentos. Volvemos, así, al problema planteado en torno a la resistencia antichavista como cuestión de identidad: ¿quiénes son los que resisten?, ¿qué es aquello por lo que luchan? Que la mayoría de los venezolanos sigan hoy a María Corina Machado es un problema análogo a cómo pudieron llegar a votar en Argentina a Javier Milei. 

Pero esta tampoco es una película sobre el surgimiento de una nueva Venezuela sino sobre la confusión de las identidades. La historia de Adelaida, la protagonista, se desarrolla en torno a una progresiva usurpación del lugar de otra, lo que le va a permitir escapar del país. Así como al comienzo entierra amorosamente a su madre, después la veremos deshacerse del cadáver de una vecina, actuando con crudo pragmatismo para sobrevivir frente a las amenazas que la rodean. 


El hermano de una amiga, con el que su historia se cruza, es un desaparecido de la oposición que reaparece como un paramilitar que reprime a los manifestantes. La Mariscala, la líder chavista que ocupa y destruye los departamentos de los “escuálidos”, tampoco tiene una posición firme en el territorio conquistado por la revolución ni en el movimiento del que es parte. No es la comandanta que cree ser sino un peón en un juego que la trasciende y en el que los varones son el verdadero poder, no las mujeres que ella lidera. 

El cine político espectacular tampoco permite profundizar en eso. Por el contrario, disuelve el drama identitario en la aventura en torno a la obtención de un pasaporte falso y la salida del país como una fuga. Lo que parece desprenderse de la historia es que ya no hay Venezuela ni venezolanos, que el país se ha vuelto un abismo confuso y su gente sobrevivientes de una guerra. Hubo, como dije, un pasado mítico, premoderno, como referencia de lo venezolano, pero no se puede volver a él y tampoco es posible articularlo fluidamente con el presente en los flashbacks de la historia de la protagonista. Ni siquiera se puede regresar a ese mundo en el espacio. No hay transporte. 

Sin embargo, frente a esta confusión encontramos la claridad de que todos los conflictos se desarrollan en torno a la propiedad de los departamentos y de pequeños negocios que van a la ruina o expropian; de los objetos personales perdidos y documentos de identidad que son objeto de compra-venta. Su falsedad no invalida las identidades adquiridas. Es moneda de cambio para los funcionarios venezolanos, que se hacen parte del negocio para aceptarlos. 

La guerra en esta película no es, por tanto, resistencia de la democracia contra la dictadura, ni de un idilio premoderno frente al caos de la disolución salvaje de la modernidad, sino de una pequeña burguesía cuyo mundo destruye el avance de quienes la despojan de lo que posee de un modo que se presenta como análogo al robo, desde el ángulo de la lógica propietaria. La identidad de la heredera expropiada comienza a hacerse borrosa cuando ella misma tiene que convertirse en ocupante ilegal para sobrevivir y actúa de manera análoga a los que reprimen para deshacerse del cadáver. Lo que ocurre del otro lado político y social ‒en el espacio diegético de enfrente, en el departamento ocupado, visto desde la ventana de otro departamento‒ se entiende sobre la base de una misma lógica de apropiación solo a partir de lo que la protagonista escucha. No hay acercamiento a la experiencia de esa otra clase en la historia. 

Nos encontramos, así, en Aún es de noche en Caracas con un retroceso respecto a la película anterior de Mariana Rondón, Zafari (Perú-Venezuela y otros países, 2024), por lo que respecta a su representación crítica de la clase media en una historia que también se articula alrededor de los departamentos, y la condición de propietarios de unos y de amenazantes “ocupas” de otros. Pero sigue faltando en el cine venezolano actual la representación de la otra experiencia, la del pueblo al que la “revolución bolivariana” obviamente no redimió sino que hundió en una miseria mucho mayor que la de ninguna sociedad latinoamericana sometida a los “ajustes macroeconómicos” neoliberales. ¿Quiénes son esos venezolanos? ¿Por qué se han vuelto hoy contra el régimen? Estas son preguntas también pertinentes sobre la identidad, que es necesario responder urgentemente en el contexto de una intervención estadounidense que apenas comienza.

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