Futuros luminosos


por Jhonny Carvajal Orozco 

En el Festival Internacional de cine de Rotterdam se estrenó Futuros luminosos (Colombia, 2026) de Ismael García Ramírez. Este es su segundo cortometraje asumiendo el rol de dirección, después de su debut, Entre las sombras arden mundos (Colombia, 2023). El corto tendrá además su estreno colombiano en la edición de este año del Festival de Cartagena. 

Ismael es integrante del colectivo Crisálida de la ciudad de Medellín; uno de los grupos de cineastas más relevantes en el cine colombiano actual, sobre el cual hay varias notas publicadas en este blog, incluyendo una entrevista. Tomando como referencia sus dos cortometrajes, empiezan a establecerse correspondencias temáticas y formales que podrían definirse como características en su cine y que mencionaré más adelante. 

Simultáneamente, están los intereses del colectivo Crisálida por desarrollar conceptos como lo animal, lo queer y lo travesti en sus películas, aunque esto se marca un poco más en su debut que en este cortometraje. Lo que sí teje un gran puente con el trabajo del colectivo en este corto es un desarrollo formal de una suma contemporaneidad y riqueza estética que destacaré luego en este texto. 

En Futuros y Sombras, el eje es la representación-documentación de la juventud de Antioquia, que halla en lo comunitario y la familia elegida espacios de resistencia ante las múltiples opresiones derivadas del entorno al que pertenecen. El diálogo entre la individualidad de los personajes y la colectividad está atado a una noción de construcción de identidad, desbordada por lo cotidiano, el ocio y el trabajo. Dicha conexión entre el cuerpo y su espacio relativo ‒entendiéndolos desde lo social pero también como conceptos cinematográficos‒ me recuerdan al cine del director mexicano Clemente Castor, en películas como Príncipe de paz (2019) y Frío metal (2025). Como en el caso de Castor, aunque las películas de Ismael no se inscriben directamente en la tradición del cine experimental, su alto componente de experimentación formal y narrativa les ubican en un terreno característico y fértil del cine latinoamericano hoy. 

En el caso de Futuros, opta por el uso de un bello blanco y negro de bajo contraste, a diferencia de Sombras, que está grabado a color. Quisiera además mencionar un elemento que recurre en ambas películas: la conceptualización de la relación luz-oscuridad en la imagen y un establecimiento deliberadamente protagónico de esta en la narración y el estilo, otorgándole atributos simbólicos, metafóricos, asociativos y abstractos por medio de la experimentación formal. Esta conceptualización alrededor de lo luminoso me permite pensar en el trabajo de la directora costarricense Kim Torres, quien participó en la asesoría de guion para esta película según los créditos. Referencio algunos de sus cortos como Atrapaluz (2021), Luz nocturna (2022) y Si no ardemos, cómo iluminar la noche (2025). 

Por lo que respecta al argumento de Futuros, es bastante concreto: en el transcurso de una noche, una adolescente se prepara para una entrevista de trabajo en un call center de ventas. Sus amigues y familiares le ayudan a practicar su discurso para la entrevista y le dan consejos para mejorar, construyendo pequeñas dramatizaciones mientras caminan por el paisaje montañoso de Antioquia y juguetean con el entorno mientras conversan. 

Ante un presente determinado por las dinámicas capitalistas y neoliberales que condicionan al trabajador a la precariedad laboral –precariedad bien conocida en aquellos call center–, y el hecho de que una persona de tan corta edad deba asumir el rol de trabajador, la película construye el vínculo entre los personajes y su relación con el entorno como un espacio colectivo para la concepción de futuros posibles. Esto a partir de un desbordante ejercicio de imaginación que se teje entre los diálogos y el desarrollo de la luz como motivo recurrente en la forma fílmica para metaforizar esa simbiosis entre lo individual y lo colectivo como potencia transformadora. 

En la caracterización de los personajes ‒entre jóvenes y adultos‒, el bromeo típico de la cultura paisa y el tono humorístico de las conversaciones, da pie a momentos que en su genuina diversión dotan de verosimilitud las charlas contrastantes y diversas que se tejen entre ellos. A partir de lo conversacional, cuyos ires y venires operan como causalidad narrativa de la película, se presentan juegos de imaginación en medio del diálogo y la práctica para la entrevista laboral. Muchos de estos diálogos juegan bajo una dinámica de contemplación del entorno –comentario o reacción. Esto establece una tensión durante toda la película entre el espacio interior, que son los personajes reunidos quienes observan, y el espacio exterior, que es lo observado-reimaginado. 

Por ejemplo, las luces artificiales de un avión que atraviesa el opaco cielo y una torre de telecomunicaciones, cuya su farola es el único brillo en las alturas, son interpretadas por los personajes como estrellas fugaces a las que se pueden pedir deseos, como ser cantante de reggaetón, convertirse en hada y tener una piscina para olvidarse de los problemas. Más adelante, en una cueva improvisada, se habla sobre la posibilidad de tener otros trabajos: ser bailarina, skater, ingeniero civil, modelo, jardinero, minero y técnico aeroespacial. Quizás al amanecer, fuera de la calidez de la hoguera, está el mundo y la condena, pero en estas contadas horas oscuras, la luz les permitirá soñar. 

En el espacio rocoso que se transita en Futuros luminosos es predominante la exploración de zonas abandonadas de explotación minera. Se evoca el pasado del paisaje a través de planos yuxtapuestos que muestran esculturas de trabajadores acompañados de sonidos espectrales, como picoteos en la piedra y murmullos de multitudes, esto en contraste con el presente de las conversaciones sobre los sueños y las proyecciones a futuro. Otro elemento que hace parte de ese pasado se revela con el registro de murales que muestran animales que habitan la vegetación ausente en las minas. Un sonido sinfónico animal junto con estas pinturas me permite, además de pensar en lo evidente que es la desaparición de los ecosistemas, excluir momentáneamente las dinámicas contemporáneas que permean el contexto de los personajes humanos e ingresar en un trance de animalidad que tomará fuerza al final de la película. 

En el entorno que se camina resaltan ruinas de fábricas, andamios, estructuras de construcción en diversos materiales y máquinas relacionadas con la explotación como taladros y retroexcavadoras; se hace énfasis en los aparatos tecnológicos abandonados y descompuestos. Es entonces cuando los individuos expanden las posibilidades que tienen estas máquinas a través del diálogo, renombrándolas para resignificarlas como forjadoras de sueños: la teletransportadora oruga del tiempo, el renunciatrón laboral y un artefacto para pedirle perdón a los animales. Modificando las funciones de cada fragmento que las integra, la tecnología olvidada –ahora rescatada– encarna momentáneamente los futuros perdidos que nos fueron prometidos en el proyecto modernizador. 


Sin embargo, lo interesante es que la película no se queda únicamente en el acto de imaginar, sino que conceptualiza el paso a la acción a través del desarrollo de la luz en la forma fílmica como dispositivo para transgredir las máquinas en el espacio. 

En el transcurso del corto, la luz modifica su apariencia y procedencia. En un inicio, esta es producida por objetos externos como las torres, los aviones y la iluminación propia de los lugares habitados. Simultáneamente es emitida por las linternas utilizadas para iluminar de manera focalizada el paisaje recorrido, tramo a tramo. Al final de la película, en su momento más memorable, los personajes realizan una especie de ritual que los desaparece, transfigura y transmuta en la luz misma. 

El brillo individual se expande en la luminosidad de lo colectivo y toda la materia que antes habitaba una carne propia es ahora una luz blanca, combinación de todos los colores del espectro visible. Se integra aquí ese concepto mencionado de la animalidad como potencia transformadora cuando, durante esta transmutación, se produce nuevamente el sonido de aquella sinfonía animal y el conjunto avanza nadando hacia las máquinas simulando ser los peces de un cardumen. Mágicamente, tras su contacto, los aparatos olvidados y defectuosos empezarán a emitir luces artificiales como si de una feria de pueblo se tratase; los personajes se apoderan de la tecnología “obsoleta” por medio de la luz. 


Una vez encendidas, ocurre un ejercicio de apropiación de los futuros perdidos que representan en la película. Ahora ellos son esa luz que acciona las máquinas que forjan el mundo: la teletransportadora oruga del tiempo, el renunciatrón laboral, el artefacto para pedirle perdón a los animales y cualquier cosa que soñemos e imaginemos ya no son ideas lejanas o futuros posibles, sino hechos luminosos. 

Veo proyectada en las películas de Ismael una esperanza que nace en nuestras diminutas llamas interiores y que se eleva con cada llama nueva. Después de ver Entre las sombras arden mundos y Futuros Luminosos, espero con ansias su nueva pantalla negra que, por unos breves segundos, me haga sentir que no todo está perdido.

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