No arreglen ni limpien mi habitación, a mí me gusta como está
Por Pablo Gamba
En la competencia Burning Lights de Visions du Réel se estrenó No arreglen ni limpien mi habitación, a mí me gusta como está (Argentina-España-Francia, 2026), de Ignacio Ceroi. Antes escribimos en Los Experimentos sobre la otra película latinoamericana que se presentó este año por primera vez en la sección del festival suizo dedicada a “las formas más audaces del cine de lo real”: Obras muertas (Chile-Francia, 2026), de Elisa Sepúlveda Ruddoff.
El film de Ceroi se presenta como una secuela de su largometraje más conocido, ¿Qué será del verano? (Argentina, 2021), que se estrenó en el BAFICI, en Buenos Aires, y estuvo en el Festival de Berlín. En No arreglen ni limpien mi habitación, a mí me gusta como está, el realizador y un pequeño equipo viajan a Francia en busca del protagonista de esa otra película, Charles, autor de los videos que el cineasta dice haber encontrado en una cámara que compró por Ebay y con los cuales creó una historia de ese personaje.
En este tipo de ficciones se recurre al archivo verdadero o inventado de un modo disidente con respecto a sus habituales funciones probatorias o problematizadoras de la historia. Lo que cuenta es su capacidad de operar como disparador de una invención del pasado y de desestabilizar, en consecuencia, la distinción entre lo real, lo que pudo ser y lo que no. Es la tradición de películas como Zelig (1983), de Woody Allen, por ejemplo, y requiere la complicidad de los espectadores y espectadoras para que hagan como si todo hubiese sido o pudiese ser verdad. Hoy también cobra significación en el marco de las estrategias para enrarecer la realidad del capitalismo como fin de la historia, como otra espectralidad.
Entendiendo que este es el juego, lo sorprendente en ¿Qué será del verano? era la capacidad de expandirlo como una aventura novelesca. Llevaba la historia de Charles, que se presentaba como un jubilado de vida doméstica junto con sus queridos perros, en Francia, al África en guerra, a Camerún, y a las heridas abiertas del colonialismo. Era un relato en el que había un amor platónico, una madre y un hijo perdido, un guerrillero que dicen que se extravió en la jungla, pero tampoco faltaba lo exótico para los europeos, como pigmeos y gorilas.
Todo esto se desplegaba sobre la base de la artesanía frugal del montaje del archivo real o supuestamente encontrado, con el añadido de una línea narrativa paralela en torno a su hallazgo, de un viaje a Francia del cineasta para acompañar unos meses a una novia becaria. Encuentro en esta reivindicación del poder fabulador del cine de pocos recursos otra referencia significativa de Ceroi: el colectivo El Pampero, Mariano Llinás y Laura Citarella en particular.
No arreglen ni limpien mi habitación, a mí me gusta como está relata la búsqueda de Charles como un documental. Es también una manera de hacer explícita la relación del modo de producción artesanal con un cine de equipos pequeños y rodajes en locaciones reales que se adaptan a las contingencias. La construcción de la historia como relato de la filmación de la película se desvía, sin embargo, hacia otro universo de ficción: el mockumentary. Esto introduce la comedia en la película y otros géneros, como los filmes de detectives.
La opción por el documental, al que Bill Nichols atribuye un discurso de sobriedad, es irónica, además, en tanto se presenta como un acto de contrición. La búsqueda de Charles es también para pedirle perdón por haberle inventado una vida.
Pero en torno a esto hay un giro como el de ¿Qué será del verano? cuando el personaje viaja a Camerún. Se da en el encuentro con Amélie, la “hija” de Charles ‒identificado como Charles Louvet en los créditos de la película anterior‒ y en su revelación de que el nombre verdadero del personaje es diferente. La consecuente introducción de metraje de las películas familiares del que se llama ahora Juan José Sales parece confirmar la versión del hallazgo del material en la cámara comprada por Ebay, pero sin cerrar en torno a esta posible verdad el vértigo de la falta de solución de continuidad de los archivos, y de la ficción de Charles en este Juan José real.
De este vértigo pasamos a otro en la búsqueda del pasado en el espacio del presente, en la escena del recorrido por el interior del que supuestamente fue el negocio del protagonista de la película anterior. No solamente interfiere allí la borrosa memoria que Amélie guarda de Juan José en el mundo de Charles, desestabilizándose mutuamente, sino que se juega con el montaje de ese lugar y la casa en la película anterior para intensificar el vértigo en torno a la continuidad y discontinuidad del espacio supuestamente real y el de la ficción.
En tensión con esa escena, otra, la de la visita al cementerio para buscar la tumba del personaje, fue filmada sin cortes para mayor verosimilitud. De este modo llegaríamos a la que sería la confirmación definitiva de la identidad. Pero en torno a ella también al hallazgo de un nuevo detalle sorprende, revelador de cómo era “en realidad” Juan José, pero que puede parecer indicio de ficción.
Otro giro que hay en No arreglen ni limpien mi habitación, a mí me gusta como está es de la aventura hacia otra capacidad maravillosa del cine que refiere a lo real, la de devolvernos a nuestros muertos como memoria viviente. Hallamos así, en torno al juego con lo real, una verdad existencial: la finitud de nuestra vida y por qué necesitamos expandirla mediante la imaginación. Me hace pensar esto en un notable cortometraje reciente, Ida (Argentina, 2022), de Ignacio Ragone, que se presenta como construido también a partir de un montaje de lo filmado por el personaje, acompañado del testimonio autobiográfico de alguien como cualquiera, pero que sabe que va a morir.
Otra tensión, sin embargo, es la que plantea la fantasía cinematográfica y novelesca por su asociación con Francia. Echo en falta lo rioplatense del fantástico de El Pampero, la capacidad de sus películas de ir en dirección contraria y centrar el mundo en la provincia de Buenos Aires, en Argentina.
No es escapismo, puesto que la situación del país y su cine bajo el gobierno de ultraderecha de Javier Milei se trae a colación en No arreglen ni limpien mi habitación, a mí me gusta como está. Tampoco es evasión en ¿Qué será del verano? El conflicto separatista de Camerún es real y su origen en el colonialismo, y en la línea del presente en el relato en Francia hay una parte de las protestas de los “chalecos amarillos” contra el ajuste a las jubilaciones.
Pero esto es irrupción del tiempo de la historia y los noticieros en el relato como verdades del mismo tipo que estas películas desestabilizan. Ocurre de un modo en que el espacio se hace también incierto, como en ¿Qué será del verano? lo siento en las imágenes de baja resolución del regreso a casa en Argentina. La excepción sería un lugar en la secuela, el de la verdad de la tumba, aunque haya incluso allí un indicio de fabulación. La imaginación con la que enfrentamos la muerte parece flotar así, melancólicamente, en torno a la espectralidad del capitalismo, un mundo cuya realidad se nos ha perdido en el vértigo de la ficción, donde no hay espacio para que pueda hacerse vida real.



Comentarios
Publicar un comentario