Malaika
Por Pablo Gamba
Hay películas del cine latinoamericano que siguen pasando extrañamente inadvertidas, como Malaika (Brasil, 2025), el segundo largometraje de André Morais después de Rebento (Brasil, 2018). Se estrenó en el Festival de Biarritz, y estuvo en la Muestra de São Paulo y en el Festival Aruanda de Paraíba, y es difícil de clasificar porque se aparta del realismo del coming of age, género que se reitera en las películas de la región en los festivales internacionales, como si América Latina fuera un mundo en formación, no completamente maduro como Europa.
Malaika se presenta como una película para niños, niñas y adolescentes de un tipo fantástico que tiene como una referencia en el cine latinoamericano a Iván Fund, en filmes como Vendrán lluvias suaves (Argentina, 2018) o El mensaje (Argentina, 2025). Pero su tratamiento del tema escolar me hace pensar en particular en otro ovni reciente no justamente bien apreciado del cine de la región: 99 segundos sin sombra (Bolivia, 2021), de Juan Pablo Richter.
Como la de la película boliviana, la protagonista de Malaika estudia en un colegio de monjas. Pero en este caso es una niña afrobrasileña albina en tránsito hacia la adolescencia. En torno a ella hay cierta ambigüedad sexual, porque hay adultos que la tratan como si fuera un niño y en una escena parece sentir atracción por otra chica. No es pasiva frente al acoso escolar, además.
Parece conformarse así en torno al personaje una check list de tópicos de la agenda progresista. Uno más de ellos es la decolonialidad. Se expresa, primero, en la parodia de la actitud de una maestra que enseña la lengua portuguesa autoritariamente y su relación con la resistencia de la cultura ancestral africana. La madre le canta a la protagonista en la que dice que es la lengua de sus abuelos y bisabuelos. “Malaika” significa “ángel” en suajili, y es el nombre del personaje principal y el título de una canción que no tiene referencia aquí. Pero, hasta donde pude saber, el suajili no llegó de África a Brasil ni se habla en ese país.
Percibo en este otro aspecto de la decolinialidad, entonces, algo distinto y más interesante que lo que parece: una imaginación de los orígenes que deriva también hacia una comunión mítica y mística con la naturaleza.
El motivo del ángel, además, tiene otra referencia, literaria, en la película, identificable en una cita de la primera de las Elegías de Duino (1923), de Rainer Maria Rilke.
La poesía que pone en tensión, así, los lugares comunes progresistas tiene como correlato narrativo los tópicos del cine genérico que hacen de otro modo lo mismo: el terror psicológico, en los episodios de la escuela, con su sensorialidad atmosférica; lo sobrenatural, en las partes de Malaika sola en un bosque.
El relato, a su vez, es interrumpido por momentos de disfrute sensorial de un modo característico del cine de arte contemporáneo. Hay dos escenas construidas en torno a la pura observación de la belleza extraña de la piel de la protagonista, que se acaricia sensualmente a sí misma aplicándose protector solar. Al mostrar la segunda sus pequeños pechos, aclara, además, su feminidad. Más interesante visualmente es otra escena, en la que el agua acidificada, derramada sobre el piso para limpiarlo, se convierte en motivo de pura contemplación de las ondas y los reflejos en ella.
Malaika es, siguiendo esta línea, una película mutante, como tantas otras del cine latinoamericano actual. Así como la fabulación de la primera parte se desarrolla entre lugares comunes del terror de adolescentes y el cuento de hadas, también deriva en una escena hacia el teatro de títeres en el cine, lo que conlleva un sutil cambio en la iluminación de lo neutro hacia lo expresionista.
Fotos: Saullo Dannylck
En la segunda parte los cambios se acentúan. La acción se traslada a la casa de los patrones de la madre de Malaika, que no habíamos visto hasta entonces y que descubrimos allí de un modo que se confunde con lo mágico. Hay, además, un giro hacia el teatro y el conflicto de las clases sociales, con un uso del espacio que es lo más destacado en materia de dirección en esta película.
Estas mutaciones, como las de la primera mitad, y los consecuentes giros de la historia, están en tensión con el desarrollo lineal como un día en la vida de Malaika. Es un recurso que también podemos vincular con la tensión de los opuestos que convergen en la identidad de la protagonista, que siendo albina es negra y blanca, y es niña y niño, ser terrenal y ángel, humana y animal.
En el interior de la casa se construye dramáticamente, en la segunda parte, otra tensión. Ocurre en torno al espacio, que no opera narrativamente como correlato de la división de clases separándolas sino en sentido contrario, poniéndolas en relación. Es una comunicación auditiva, por lo tocante a lo que los sirvientes, madre a hija, escuchan en off lo que dicen los amos. Las palabras de un invitado son reveladoras, así, de que, además de matarife, es sicario, una versión repugnante actualizada del Antonio das Mortes de Glauber Rocha, diría yo.
Pero, desde la cocina, además de escucharlos, se ve a los amos conversando en el fondo del plano. Aunque separados por la distancia y la composición del plano, están conectados por la continuidad espacial. También ocurre con el exterior, en un plano que en una mitad muestra a Malaika en la casa y en la otra a los hijos de los propietarios, en el jardín, a través de una ventana. No parece haber puertas ni postigos que dividan a los personajes, aunque los hay y tienen otra función dramática.
Frente a todos estos aciertos, sin embargo, encuentro problemas en la narración de Malaika, en el tratamiento de los tantos temas que roza sin profundizar, sobre todo. Hay otra tensión que se da entre los misterios en los que se intenta apoyar la historia, y el significado simbólico demasiado obvio que tienen algunas escenas y motivos. Resultan, así, desafortunadamente reveladores.
Un ejemplo es la escena en la que la madre trata de hacerle sentir al personaje angelical de Malaika que es parte del mundo con una danza en torno a la respiración. Tiene como correlato, además, el lugar común de la licantropía por lo que respecta a la relación con los lobos, luna llena incluida.
La escena culminante es un estallido de rebeldía de la niña frente a los amos. Pero, frente al nivel poético al que se eleva allí el “¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes angélicas?” de Rilke, parecen pobres el gesto que lo acompaña, la tormenta que de repente estalla en torno a la casa como una fuerza de la naturaleza asociada a Malaika, y la respuesta de la madre cuando amenazan a la hija, quizás convincente en el teatro, no en el cine.
Diría, entonces, que Malaika no es una película del todo bien lograda. Pero no por eso deja de destacarse por su ambición de rescatar el cine para niños, niñas y adolescentes de sus horribles expresiones comerciales con una construcción del personaje y una narrativa que pueden estimular el pensamiento con su complejidad, aunque terminen desembocando en otros lugares comunes. Lleva así a sus espectadores y espectadoras en formación a asomarse a otro mundo de verdadera magia, vinculada también, aunque superficialmente, con la resistencia de las culturas ancestrales, y en tensión neobarroca con las fuentes norteamericanas y europeas del cine de fantasía y Rilke.


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