Horizonte
…¿adónde irá Desquite? Pues a la tierra
que manchó con su sangre y la de sus víctimas.
La tierra, que no es vengativa,
lo cubrirá de cieno, silencio y olvido.
– Elegía a Desquite, Gonzalo Arango.
El pasado 23 de octubre llegó a las salas de cine colombianas Horizonte (2024), la nueva película de César Acevedo, director recordado por haber obtenido la Cámara de Oro en Cannes por su ópera prima La tierra y la sombra (2015). En esta ocasión, la película contó con una coproducción entre Colombia, Chile, Francia, Alemania y Luxemburgo y tuvo su estreno internacional en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) en 2024.
Horizonte se sitúa en un mundo paralelo, surrealista y onírico, una especie de más allá identificable claramente como un gran paisaje colombiano. El protagonista aparece por primera vez saliendo de un cementerio y su primera interacción se da con un sepulturero, a quien revela su objetivo: encontrar a alguien. Así llega a un paisaje de páramo, donde hay una casa rural que activa su memoria individual y familiar. Allí encuentra a su madre, quien, evocando a la Penélope de La Odisea, parece haber quedado suspendida en una espera infinita, aguardando un regreso que el tiempo y la guerra postergaron. Madre e hijo emprenderán un viaje hacia la casa paterna, figura que también fue arrebatada por la violencia. En ese viaje, los protagonistas transitan como ánimas los paisajes colombianos que han sido atravesados por la tragedia: del páramo a la selva, no hay rincón en el país donde la Violencia no haya dejado su rastro de sangre.
Horizonte puede interpretarse como una narración simbólica con claras referencias a la violencia armada de la reciente historia colombiana, representada en el viaje espiritual de los protagonistas arrojados a la contemplación de la dolorosa memoria del conflicto. Esta película establece un diálogo directo con este tema, que muchas veces parece inevitable para gran parte de la tradición artística, literaria y cinematográfica nacional. De hecho, el propio César Acevedo ha mencionado que la idea germinal de la película nació luego de que en la consulta del plebiscito sobre el acuerdo de paz del 2016, ganara el “No”.
Se representa aquí el viaje de un victimario, un agente de la guerra que seguramente tendría que acogerse al Proceso de Paz, declarar la verdad y reparar a sus víctimas. Es el viaje del antihéroe que debe reconocer la verdad. Una verdad que ha repasado en sus años de infierno. De ahí que el despertar del personaje y el reencuentro con la madre se vea como una oportunidad de expiación y redención. Por eso, Inés representa la reparación y la no repetición, conceptos fundamentales en el Proceso de Paz y la Justicia Restaurativa. La madre repara desde el afecto, el abrazo, la escucha del relato de las víctimas, incluso ofreciendo su propia vida para que su hijo no siga incurriendo en la muerte y destruyendo las manos de su hijo, en un gesto de justicia simbólica, para asegurar que el horror no se repita.
Madre e hijo transitan por una geografía de memorias rotas y espectros que se niegan al descanso, obligándonos a mirar aquello que se pretende olvidar. En este universo aparentemente desesperanzado, el relato logra reconstruir los lazos desintegrados por la guerra, abriendo una grieta para la redención. El protagonista se revela entonces como un sujeto de diversas pieles: el victimario fue, en esencia, un niño reclutado por el paramilitarismo que, como escribió Gonzalo Arango en su Elegía a Desquite, “se había hecho [paramilitar] siendo casi un niño, no para matar, sino para que no lo mataran”. Al ser devuelto visualmente a su infancia, se plantea la necesidad del reencuentro familiar como la única vía para reparar el núcleo básico de la sociedad rural, fracturado por la Violencia. El regreso a la madre nos recuerda que todo hombre fue primero hijo y que solo en ese vínculo primario residen los afectos capaces de restaurar.
Horizonte es una película que incorpora múltiples referencias de tradiciones artísticas universales, pero instauradas en el territorio y en la memoria colombiana. El nombre del personaje, que es revelado bien al final de la historia, ya sugiere una relación mitológica: el nombre de Basilio recuerda al basilisco, criatura conocida por su carácter nocivo, así como por su capacidad de matar con la mirada y petrificar a sus víctimas. En ese sentido, la mirada del asesino ancla la muerte a una permanencia, precisamente en ese mundo donde se enfrentará a los hechos que perpetró en vida.
La estructura del relato remite a la Divina comedia, en la que Dante, guiado por Virgilio, pasa por todos los círculos del infierno, conociendo los castigos en bucle de los condenados. La diferencia es que los viajantes, madre e hijo, son a la vez guías y guiados, y que los castigos que Basilio ve, son las ánimas en pena que él mismo dejó. Pero este asesino, como Edipo Rey, para no ver lo que ha hecho, se arranca los ojos, convirtiendo a su madre en la única guía. El mundo de Horizonte también se instaura en una tradición latinoamericana: la Comala de Juan Rulfo. Como en Pedro Páramo, el paisaje colombiano se transforma en un escenario poblado por voces y sombras que se niegan a desaparecer, recordándonos que los muertos nunca se van del todo.
Otras referencias que dan más volumen a ese cuerpo de imágenes que conforman el mosaico de la violencia corresponden al trabajo de Mateo Guzmán, el ojo encargado de la dirección de fotografía. Cada imagen parece planeada como un cuadro, con composiciones que evocan la pintura, como El caminante sobre el mar de nubes (1818), de Friedrich, así como al cine de Andréi Tarkovski. Los guiños a la filmografía del director ruso se manifiestan con planos representativos de El espejo (1975), o con la presencia de un pastor alemán negro que acompaña al joven Basilio, una referencia directa al icónico guardián de Stalker (1979).
Así mismo, se manifiesta la presencia de otros referentes de la tradición cinematográfica, como el plano final que rinde homenaje a Los sueños (1990) de Akira Kurosawa. En continuidad con La tierra y la sombra, Mateo Guzmán y César Acevedo consolidan aquí una poesía visual preciosa y precisa que, como en su primera colaboración, apuesta por una imagen que reclama un espacio de contemplación, vital para el ejercicio de memoria.
Horizonte propone un nuevo desplazamiento para el cine colombiano: abandona el lugar de la víctima y se instaura en la psique del agresor. Aquí la intención no es la justificación, sino la confrontación con el recuerdo. Frente a una tradición audiovisual colombiana que, al hablar sobre el conflicto, se ha detenido dignamente en el testimonio de quienes lo han padecido, la película de César Acevedo propone una experiencia poética, donde la guerra se representa de forma espiritual. Horizonte demuestra que el cine puede abordar las heridas históricas de un país desde la contemplación y desde la oscuridad del victimario.
Pese a ciertas fallas de continuidad y de detalles técnicos evidentes ‒como el cadáver de Inés en brazos de Basilio, que se reconoce fácilmente como un dummy‒ o de lo inoportuno e incómodo que resulta el artificioso acento colombiano-campesino que intenta la actriz chilena Paulina García, Horizonte es una película que merece ser vista varias veces. Sus tropiezos formales no niegan la potencia de una propuesta cinematográfica que apuesta por la contemplación y la reflexión. Al final, esta película se impone como una obra necesaria que sitúa a la memoria como la única vía posible para la reparación en Colombia.



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