Samba infinito

 

Por Pablo Gamba 

En la competencia internacional del Festival de Cortos Minimalen de Trondheim, Noruega, uno de los eventos cinematográficos más importantes de los países nórdicos, está Samba infinito (Brasil-Francia, 2025). Se estrenó en la Semana de la Crítica de Cannes y es el octavo cortometraje en la filmografía de IMDb del cineasta y artista brasileño Leonardo Martinelli, a quien se conoce principalmente por Fantasma neon (Brasil, 2021), que ganó la competencia por el Leopardo del Mañana, de filmes de corta y media duración, en el Festival de Locarno. 

En el elenco de Samba infinito se destaca la participación de Gilberto Gil, figura capital de la música popular brasileña, en particular del tropicalismo de finales de los sesenta, y que fue ministro de la Cultura en el primer gobierno de Lula da Silva, de 2003 a 2008. También actúa Camila Pitanga, actriz de cine y televisión ampliamente conocida en ese país, hija de Antônio Pitanga, figura del cine brasileño desde cinema novo de los sesenta y de la TV. 

Martinelli regresa aquí a un género que ha trabajado con notable éxito conjugándolo con la “segunda modernidad” del cine: el musical. En Fantasma neon adoptó una línea análoga al memorable largometraje A fábrica de nada (Portugal, 2017), de Pedro Piño, que se apropió del género para desfamiliarizar el cine sobre los trabajadores y tratar el problema de la invisibilidad de aquellos que se consideran “esenciales”. El protagonista del otro corto es un repartidor durante la pandemia del covid-19 en Río de Janeiro; el de Samba infinito es un barrendero de la misma ciudad en el Carnaval. 

La película se inscribe también, por tanto, en la tradición brasileña de cine sobre esa fiesta, que tiene un film extranjero como la obra más conocida internacionalmente, Orfeu negro (Brasil-Francia-Italia, 1959), dirigido por Marcel Camus. Es referencia también del corto de Martinelli por la alegoría, el motivo de la búsqueda, el uso narrativo del color y el aspect ratio, inclusive.

Pero dos diferencias importantes son la fragmentación, que hace que Samba infinito hasta tenga un aspecto de teaser de posible largometraje, y que la alegoría clásica de esa otra película, que se desarrolla como una tragedia que ambienta realistamente la historia de Orfeo y Eurídice en el Carnaval de Río, refiere aquí a la cultura portuguesa que ha pasado a ser parte de la del Brasil. Si el mito griego funciona en Orfeu negro para elevar transnacionalmente el relato de personajes negros ‒que incluye una escena “exótica” de macumba, significativamente situada en el espacio simbólico que corresponde al infierno‒, en Samba infinito hay dos importantes figuras negras de la cultura relacionadas con un rincón europeo que está en el corazón de Río de Janeiro. 

Diría, entonces, que el infinito del título es como el de la cinta de Moebius, que le da vuelta al Carnaval, lo recarnavaliza infinitamente. Es el correlato cultural de la historia del barrendero que con sus colegas vive la fiesta al revés, limpiando los restos que deja la multitud que celebra en las calles, volviendo a casa en el colectivo con los que vienen de celebrar, pero cansado de trabajar, soñando melancólicamente con el Carnaval. Se encuentra con la fiesta en el trabajo y el sueño en la vigilia, con la ambigua impresión de continuidad que se puede construir con el corte y el raccord de las miradas. Otras dos irreverencias significativas son la violación del aspect ratio cuadrado clásico, con un personaje que se sale del cuadro, con cuyos límites juegan los dibujos animados de Chuck Jones, y el paso del interior noche al exterior día al final. 


El plano inicial es una irónica introducción del tema. Una señal de prohibido tocar bocina ‒y, por ende, de hacer ruido en la calle, como la fiesta‒ ocupa la pantalla. El zoom back descubre que el aviso, que parecía derecho, está inclinado casi 45°, lo que hace del plano una alegoría de la ciudad en Carnaval, fuera de su equilibrio habitual. La completa un grupo que pasa, disfrazado para festejar o que quizás regresa, después de haber festejado toda la noche, no lo sabemos. Pero llega un barrendero, que todavía no sabemos que podría ser el protagonista de la historia, y lo endereza, como a la imagen cómicamente, y en esto veo una metáfora de la recarnavalización que dije. 

Un aspecto central de esta subversión se refiere a la cultura libresca, que siempre se trata de distinguir de la popular. Hay un niño que hace de ángel perdido, de lo que perdió en su infancia el protagonista, pero que es también un lector en medio de la fiesta, y hace que el héroe barrendero lo acompañe a devolver un libro en una biblioteca que cuida el personaje de Gilberto Gil. 

Ese lugar es el Real Gabinete Portugués de Lectura, construido por una asociación de inmigrantes de ese país a finales del siglo XIX para preservar su cultura nacional en Brasil. Hallo que parte de la infinitud de Moebius de esta película consiste en la invitación a descubrir analogías sorprendentes entre la arquitectura y, sobre todo, los colores del Gabinete, y la estética del Carnaval, aunque el silencio que debe guardarse allí sea todo lo contrario de la fiesta. Pero no es mestizaje. La presencia de lo que Gilberto Gil representa en la cultura brasileña pone lo portugués en tensión con la herencia africana, igual que el salón de lectura esté como en una cinta cuya otra cara es el Carnaval. 

Aunque Samba infinito es también un intento de visibilizar a los trabajadores, a diferencia de Fantasma neon “eleva” la cuestión del trabajo hacia lo cultural, fugándose así de la problemática de la lucha de clases. Sin embargo, me parece que la resistencia material más importante del cine de Martinelli está en otro lado, en la continuidad de su producción de cortometrajes con respecto a la expectativa industrial del largo. El aspecto de teaser que tiene esta película, como dije, quizás no sea sino una expresión aguda de esta tensión.

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