A paixão segundo G. H. B.
Por Pablo Gamba
Dos películas codirigidas por Gustavo Vinagre se estrenan en Harbour, la sección vitrina de Rotterdam, que se define como un “refugio seguro” para el cine contemporáneo que apoya el festival. Una es el documental A paixão segundo G. H. B. (Brasil, 2026), en colaboración con Vinicius Couto, que comento aquí. La otra es la comedia de terror Privadas de suas vidas (Brasil, 2026), que hizo junto con el realizador underground Gurcius Gewdner.
Diría que A paixão segundo G. H. B. trata de instalarse en un lugar que no existe en el mapa cinematográfico, y ese es su valor principal. Es una película que cita al porno gay con espíritu de crítica social, lo que refiere a Nova Dubai (Brasil, 2014), en la que las relaciones sexuales en lugares públicos es la respuesta irreverente a la clase media que impulsa el “desarrollo inmobiliario” en São José dos Campos, estado de São Paulo. Pero, por otro lado, la película que estrena en Rotterdam se presenta como una pieza del que he identificado en una nota de Los Experimentos como un cine cívico reformista de hoy.
La conjunción de pornografía y civismo puede parecer paradójica, si no chocante. Es lo que más tiene de Gustavo Vinagre esta película, que se orienta por una moral de libertad sexual sin desatender sus riesgos, basada en el cuidado de sí y de los otros, en una actitud responsable.
El tema de A paixão segundo G. H. B. tiene poco que ver con la novela, cuya lectura en el contexto de una orgía es otra de las irreverencias culturales. Es una película sobre la práctica del chemsex, que consiste en usar drogas para intensificar y extender en el tiempo el placer de las fiestas sexuales. El título también refiere explícitamente a eso: GHB es una droga de las que se consumen con este fin, a las que se añaden otras, como la metanfetamina.
Otro aspecto clave del documental de Vinagre y Couto ‒artista brasileño radicado en Portugal que es uno de los personajes del film‒ es la manera como evita inteligentemente la pornomiseria en la que se puede incurrir con combinación de porno y droga. Lo consigue apelando al teatro dentro del cine, una tendencia brasileña que se mantienen en la producción contemporánea.
Todo lo concerniente a la droga se interpreta de un modo explícitamente simulado, haciendo como si se mezclara, ingirieran o inyectaran sustancias no presentes en la puesta en escena y simulando también sus efectos dañinos en una parte del film. A la tensión entre pornografía y civismo se añade así otra, entre verosimilitud documental y teatro, con la que parece procurarse un distanciamiento singular, que mantiene el placer de ver sexo sin caer en la baja tentación de mostrar los efectos de la droga como un espectáculo miserabilista, con el conservadurismo moral que esto llevaría implícito.
La primera parte de la película, que se extiende a lo largo de casi toda la primera hora del metraje, relata el desarrollo de una fiesta de chemsex en un departamento de clase media de São Paulo. Es una opción por el espacio privado que refiere a otro de sus cortos, Os cuidados que se tem com o cuidado que os outros devem ter consigo mesmos (Brasil, 2016), en cuyo título se halla expresada, desde mucho antes, la posición moral de aquí.
El protagonista de A paixão segundo G. H. B, Matías, recibe sucesivamente en su casa a los hombres a los que ha invitado usando una aplicación de celular en el transcurso de la tarde y hasta la noche. El cambio de luz permite también hacer un juego entre el registro de cámara en mano de documental de observación ‒que se homologa en los intercambios sexuales con una cámara porno‒ y las luces artificiales con la que el espacio se transforma en la noche, correlato visual psicodélico de la experiencia que tienen los personajes.
Hay, además, un juego con los interludios musicales, que identificaría también con lugares comunes del cine porno, y las interrupciones del relato, que son entrevistas documentales a los personajes. Su presentación contra un fondo en el que se sigue desarrollando la parte de la reunión subraya la sensación de extracción del testimonio del contexto del relato y, por tanto, la desfamiliarización.
Pero más reveladoras que las entrevistas son las conversaciones entre los personajes, y la manera como el sonido y la ventana abierta conectan lo que sucede en ese espacio privado con el entorno urbano inmediato y la ciudad.
Tanto las entrevistas como los diálogos ubican la práctica del chemsex en el contexto de la urgencia de vivir experiencias de encuentro personal en la pospandemia del covid-19. Son reveladores, además, de la normalización de las prácticas sexuales de los seropositivos por los tratamientos para el VIH, y del consecuente relajamiento de las medidas de profilaxis.
Un largo testimonio, insertado al final, fuera del contexto de la orgía y de un personaje que no participa en ella, desarrolla la parte relativa a los peligros que esto envuelve del regreso de enfermedades venéreas que se consideran erradicadas, sin dejar de enmarcarse en la moral del cuidado de si y de los otros del film.
A paixão segundo G. H. B. se presenta, así, como una película didáctica, algo que los cinéfilos solemos descalificar. Ocurre lo mismo, en general, con el cine cívico de espíritu reformista. Pero creo que hay que ver esto también en el marco de la coyuntura que vivimos, de la “batalla cultural” planteada por la extrema derecha a la homosexualidad y el uso recreativo de la droga, y de la necesidad política de no ignorar sino revertir sus falsos argumentos.
La idea de un documental porno didáctico, además, no deja de ser muy progresista.
También hay en la película de Vinagre y Couto el interés que expresa el título en invocar la cultura. Hay una parte en la que la GH de la novela visita a Matías y tiene un diálogo en el que la mujer madura se halla sentada en una poltrona, viendo al hombre joven desnudo como presto a ser servido para ella, sobre la mesa.
Parece un poco psicoanálisis la escena, pero el encuentro de ambos personajes va incluso más allá de eso como iniciación, la transmisión de una sabiduría antigua en torno al disfrute del sexo ‒también un saber de los libros, una cultura literaria‒, como si eso pudiera redimir a los practicantes del chemsex. Pero es, sobre todo, un buen dúo de actores, entre Couto y Christiane Tricerri, actriz de larga trayectoria que se hizo conocida por una escena desnuda en Nueva York, en un montaje de Sueño de una noche de verano del Teatro do Ornitorrinco de Cacá Rosset.
Hay en esa conversación, sobre todo en la voz sensual de Tricerri, algo que me hace recordar el extraordinario film de entrevista a la actriz trans Julia Katharine de Vinagre que es Lembro mais dos corvos (Brasil, 2018). Pero no es un delicioso camino como ese el que recorre A paixão segundo G. H. B.



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