Interior apartamento día
Por Pablo Gamba
En el Festival de Rotterdam, en la sección Harbour, se exhibió la película dominicana Interior apartamento día (2025). Es el quinto largo de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, siete años después del cuarto, La fiera y la fiesta (Holy Beasts, República Dominicana-México-Argentina, 2019).
Hay un giro en Interior apartamento día respecto a la participación de figuras de culto en las películas anteriores de la pareja. Geraldine Chaplin, hija de Charles Chaplin, que ha sido actriz en español de filmes de Carlos Saura como Ana y los lobos (1973), Mamá cumple cien años (1979) o Cría cuervos (1976), interpretó el papel principal de Dólares de arena (República Dominicana-México-Argentina, 2014) y trabajó en La fiera y la fiesta.
Del elenco de esa otra película también fue parte Udo Kier, actor de directores que van desde Paul Morrissey y Rainer Werner Fassbinder hasta Gus van Sant y Lars von Trier, y que es una figura de culto del cine de terror. Hace un papel, además, Luis Ospina, uno de los cineastas más importantes de Colombia y América Latina, codirector con Carlos Mayolo del corto emblemático de la crítica de la pornomiseria Agarrando pueblo (1977) y de Pura sangre (1982) y Soplo de vida (1999), en los que trabajó respectivamente el terror, desde lo que él y Mayolo llamaron “gótico tropical”, y el cine negro.
Estos cambios me llevan a preguntarme qué hay en Interior apartamento día de la ambición de Guzmán y Cárdenas de hacer un cine dominicano universal en La fiera y la fiesta. Esa película aún no justamente bien valorada se presenta como un homenaje de un cineasta poco conocido, nacido en ese país del Caribe y realizador de un cine cosmopolita notable: Jean-Louis Jorge, director de La serpiente de la luna de los piratas (1973), rodado en los Estados Unidos, y la producción francesa Mélodrame (1976).
Es una pregunta que me lleva a ver con suspicacia el giro que también hay en Interior apartamento día de películas como las que hicieron Luis Ospina, en la ficción, y Jean-Louis Jorge, al cine que Paul Schroeder llama “melorrealista”. En Los Experimentos he propuesto identificar ese estilo como el retorno contemporáneo a lo clásico latinoamericano, en el que el poder del melodrama de los estudios de México y Argentina se rescata, despojado de sus excesos, y se conjuga con un realismo estilizado de historias cotidianas, actuaciones naturales, locaciones reales y uso discreto de la música. Acuñado en películas como Central do Brasil (Brasil, 1998), de Walter Salles, el melorrealismo sigue siendo la alternativa mainstream a la “segunda modernidad”, la tendencia más radical del cine contemporáneo, según Isaac León Frías.
Lo que de melorrealista tiene Interior apartamento día se apoya principalmente en las actuaciones de los dominicanos Juliano Kunert ‒director del corto A donde nos lleva la fe de José Gerónimo (2026), que se estrenó en Rotterdam‒ y Maia Otero. Los dos se destacan por su trabajo corporal, que incluye una recuperación de los desnudos contra la pacatería de hoy, y su cuidadosa precisión en el uso del habla dominicana, aunque sus personajes se expresan también en inglés y francés. Pero hay también en esta película una desestabilización de ese estilo, en correspondencia con el tema característicamente moderno de la insatisfacción, el desasosiego de los que ocupan posiciones de privilegio en su sociedad.
La vida feliz de Nini y Omar ‒una pareja de jóvenes profesionales de familias burguesas, que hacen su vida con aparente independencia‒ se presenta al comienzo con una puesta en escena, colores y montaje de videoclip que estiliza el realismo cotidiano de la historia hasta un punto enrarecedor. De esa vía irónica de reducción al absurdo de los lugares comunes se pasa a cambios bruscos del estilo en correlación, primero, con la búsqueda del placer de los personajes, abierta a experimentaciones sexuales como el compartir a un tercero que les atrae en tríos reales o imaginarios, pero después también con el socavamiento progresivo de su felicidad por la inestable realidad del trabajo.
Estos cambios irrumpen por primera vez con un fuerte giro del color, en el acercamiento de ella a otra mujer que le gusta. También hay fragmentos pixelados y de deformación de la imagen que desestabilizan el realismo en relación con los sueños, en los que la insatisfacción también se expresa, a los que se añade la imagen en video de baja resolución de una cámara de Omar. Pero lo más destacado es el juego con la luz y sus reflejos, que pasa así de la función de representar con claridad los personajes y el espacio ‒las figuras en relación con los fondos‒ a interferir inclusive la impresión de tridimensionalidad de los planos. Cobra de este modo un valor expresivo.
Apuntaría, finalmente, entre estos dispositivos generadores de tensiones un hecho en la historia que podría parecer un error de guion, relacionado con la desaparición de la gata Lunita, la mascota de Nini. Me parece que es algo pensado para desestabilizar también narrativamente el realismo del film.
Dramáticamente, la insatisfacción de los personajes con su vida feliz comienza a manifestarse cuando a Omar lo contratan para dirigir la campaña electoral de una candidata a diputada progresista. Hay en esto una expresión del lugar común de la antipolítica, pero que Guzmán y Cárdenas acompañan con la reiteración del compromiso con los haitianos perseguidos en su país que se remonta a Jean Gentil (República Dominicana-México-Alemania, 2010).
Interior apartamento día, sin embargo, va más allá de estos problemas de la agenda política progresista hacia una profundidad que rescatan del cine de los años sesenta y setenta, de películas como las de Michelangelo Antonioni. Se trata de la falta de control sobre sus vidas de los profesionales, en lo que cobra relevancia en particular la carrera exitosa que comienza a despegar para Nini.
Las oportunidades laborales atractivas que se van abriendo para ella hacen manifiesta que su independencia laboral, pero también personal, es una ilusión. Van surgiendo con las intervenciones en su vida de un personaje extranjero que es su madrina en versión hada. No son consecuencia de un plan de vida propio sino una cruda revelación de cómo privilegiados como ella pueden hacerse dependientes de relaciones análogas a la servidumbre de amos bondadosos y, por tanto, de las contingencias y caprichos de la vida de otros.
Otra ironía, entonces, son los días paradisíacos a la orilla del mar, rodeados de “artistas”, que comienzan en consecuencia para ella y él, que decide seguirla y colaborar por amor sin ser partícipe de la relación de servicio al hada madrina. Pero al llegar a este punto también se alcanza el límite del tratamiento modernista del problema y se regresa al “melorrealismo”, con las escenas de llanto y pelea del melodrama tratadas sobriamente, como culminación de un proceso psicológico construido con cuidadoso realismo, basado también en las intervenciones de un narrador en voice over, el cual describe someramente la situación en la que se encuentran los personajes que vemos después actuar.
Esta tensión entre lo melorrealista y la recuperación del cine moderno es, en síntesis, lo que define el valor de Interior apartamento día, tanto por el sorprendente alcance que llega a tener como por sus limitaciones. Pero el choque entre el melodrama realista y los otros recursos que se utilizan para transmitir sensorialmente la desestabilización y el desasosiego me crea otro tipo de insatisfacción, entre el cine deseable y el que se presenta como posible. Esa otra imagen que se contrapone a la melorrealista en esta película no deja de despertar, para mí, las ganas de ver otros filmes, como La fiera y la fiesta.



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