Piedras preciosas
Por Pablo Gamba
Piedras preciosas (Colombia-Portugal, 2026) se estrenó en el Forum del Festival de Berlín. Es el primer largometraje de Simón Vélez, a quien se lo conocía como director de cortos como Los mayores ríos se deslizan bajo tierra (Colombia, 2022), premiado en la competencia latinoamericana del Festival de Valdivia, o La máxima longitud de un puente (Colombia-Argentina, 2018), que recibió una mención especial del Leopardo del Mañana en Locarno.
Vélez se ubica con esta película entre los cineastas que rompen con los lugares comunes de la violencia del narcotráfico en el cine colombiano y las historias sobre Colombia, en general. Son los tópicos que se han establecido con celebridad en el marco del “realismo sucio” del cine de la marginalidad, en películas como Rodrigo D: no futuro (Colombia, 1990), de Víctor Gaviria; La virgen de los sicarios (Colombia, 2000), de Barbet Schroeder, sobre la novela de Fernando Vallejo, o Matar a Jesús (Colombia, 2017), de Laura Mora, pero que han sido explotados también por la narrativa sobre Medellín y el mito del mafioso Pablo Escobar Gaviria de otros filmes, y en series de televisión o plataformas.
Son referencias de esta búsqueda de enrarecer un cine que se considera agotado, para superarlo y alejarse, sobre todo, de sus derivas hacia la pornomiseria, Mambo cool (Colombia, 2013), de Chris Gude, sobre la que escribimos en Los Experimentos, o Los conductos (Colombia-Francia, 2020), de Camilo Restrepo, que ganó el premio a la mejor ópera prima en la Berlinale, por ejemplo. Pero Piedras preciosas se distingue de películas como estas porque se aparta también de la seriedad para acercarse a la parodia con la delicadeza que requiere el humor en torno a la que es una terrible realidad.
El dispositivo al que recurre Simón Vélez, como él mismo ha dicho, es una descontextualización cuya fuente es surrealista. Enrarece el tema del sicario que recibe el encargo de matar a alguien presentando al personaje como un trabajador migrante colombiano en la vendimia, en Francia, en el marco de la que pareciera ser una típica película minimalista contemporánea, a la que le da un giro hacia el heist film. Del “realismo sucio” pasamos así a una historia que sitúa el personaje del asesino en el género de los elegantes ladrones de joyas.
Pero ese es solo el punto de partida. Una vez establecido el objetivo hacia el cual se mueve el protagonista, y que lo lleva a regresar a Colombia, entran en juego inesperadas digresiones que también hacen de Piedras preciosas una película mutante típica de nuestro tiempo. Una escena en un parque, por ejemplo, toma un aspecto de documental sobre las aves tropicales. Ella se descubre, además, otra faceta del asesino, la de dibujante, pero sin que encuentre después lugar en la historia, como sería lógico en el género. Algo parecido ocurre en dos escenas del protagonista bailando salsa, en las que los cuerpos se desligan de los roles que interpretan. Son partes que cobran un valor autónomo por sí mismas, tensionando el todo del relato.
Lo mismo ocurre con la historia que comienza donde la del sicario supuestamente había de terminar, cuando se le cruza un personaje por una aparente casualidad que también se presenta bajo el aspecto de una misteriosa predestinación en la trama. Como es característico del cine genérico, es la que da pie al posible “continuará” después del fin. En tensión con esto, sin embargo, hay lugar para que el ladrón de joyas-sicario se aparte de su rol y se entregue a una deriva fuera del plan que se dibuja detrás de la trama, hacia el “cine de flujo” contemporáneo.
La construcción del espacio es similarmente contrastante con los lugares comunes del género. La Medellín de esta película no refiere a las historias de violencia y marginalidad. Por el contrario, Vélez incluso parece haber ido demasiado lejos en un sentido turístico contrario con los teleféricos que suben cerros cubiertos de bosque y no de casillas miserables, y los muchos lindos parques. No tiene nada de gótico el templo moderno, bellamente decorado y luminoso que es central en la historia, y es parte de un vínculo Iglesia-crimen que recuerda a Luis Buñuel.
Hay, sobre todo, un juego con la pura abstracción y su belleza visual. Los planos detalle de manos que se hunden en bellas piedras son un ejemplo. Aunque su posible inserción en calidad de sueños del protagonista respondería a la lógica del relato, establecen otras relaciones, puramente plásticas, con un uso de los colores que se aparta radicalmente varias veces de lo necesario para contar la historia. Es algo que me parece casi una cita de la comparación entre el color y el dibujo con la que Stéphane Bouquet ilustra la diferencia entre el “cine de flujo” y el “cine de plan”.
Pero si de este modo Piedras preciosas se deslinda del “realismo sucio” del cine de la marginalidad, por eso mismo tiene una ligereza con la que ni puede alanzar la profundidad a la que sí se asoman Mambo cool o Los conductos, por ejemplo, ni aspira tampoco a hacerlo. Se plantea, por tanto, como una pieza de refinado entretenimiento en torno a un tema en el que hay otras cosas que explorar, y es lo que le falta para que pueda verla como una gran película.


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