El agua disuelve su imagen, el paisaje desaparece

 

Por Pablo Gamba 

El agua disuelve su imagen, el paisaje desaparece (Argentina, 2025) ganó el Premio del Jurado en la competencia de piezas de metraje encontrado del Dresdner Schmalfilmtage. El festival de Dresde, Alemania, se especializa en los formatos fílmicos de paso reducido ‒9,5 mm, 16 mm y los varios tipos de 8 mm. 

Delfina Carlota Vázquez, la realizadora, hizo este corto como parte de los trabajos con piezas de archivo que el Museo del Cine de Buenos Aires ha venido estimulando. En este caso se basó en fragmentos escaneados de un documental oficial argentino de 1945 sobre el Parque Nacional Iguazú, Relato de un río. Entiendo que se trata de un film que se rodó en 16 mm en color y que se ha deteriorado como consecuencia de un proceso de descomposición llamado hidrólisis, pero que se conoce más como “síndrome del vinagre” porque produce ácido acético. Está relacionado con la humedad, con cómo el agua afecta la materia fílmica. El soporte se vuelve frágil hasta el punto de que es imposible su proyección y la imagen se desvanece; pierde primero el cian (azul) y el amarillo, y queda el magenta como un fantasma rojo del color. 

El agua disuelve su imagen, el paisaje desaparece se ha presentado también en el Festival de Videoarte Play, en la ciudad de Corrientes, en Argentina, y en Ultracinema, en México. Vázquez sigue desarrollando aquí el interés por la naturaleza y el vínculo de la especie humana con ella de su película anterior, Puede una montaña recordar (Argentina-México, 2021), que fue premiada como mejor cortometraje en uno de los más importantes festivales de documentales de América Latina, É Tudo Verdade, en Brasil. Su trabajo se ubica de este modo en la corriente ecológica del cine contemporáneo. 

El material escaneado muestra la banda sonora óptica de un lado y las perforaciones del otro. Es un lugar común hoy en la presentación de los materiales de archivo en su versión digital. Pero aquí hace ver que no arrastra la cinta un proyector y que no es el original el sonido que escuchamos, lo que se vincula con el deterioro pero también con una segunda vida de la pieza. 

Apreciamos el deterioro como una curiosa “lluvia” verde y manchas de otros colores sobre la imagen. La vuelta a la vida de la película con la digitalización, que le devuelve el movimiento, ya mecánicamente imposible, se pone en tensión así con la disolución de las imágenes de la naturaleza del parque nacional en la materia del soporte dañado. Pero por el color que produce el proceso me parece también un retorno del paisaje rojo a una naturaleza que renace en la cinta y está vinculado con el elemento natural que es el agua. El deterioro de las imágenes evoca aquí la melancolía del cine de Bill Morrison, y la rabia por la destrucción que causan en el paisaje los procesos extractivistas, pero creo que eso está de algún modo trascendido en esta pieza. 

Las prácticas críticas del paisajismo son reiteradas en el cine de la vertiente ecológica contemporánea. Las encuentro también en Puede una montaña recordar, referidas allí a la imagen digital en HD, con su exploración de las incorrecciones fotográficas y el ruido visual en los registros del volcán Popocatépetl, en México. Se trata así de percibirlo como una cicatriz que desestabiliza su imagen paisajística habitual, así como la representación de sus erupciones como espectáculo. Es una búsqueda de manifestaciones sensibles de un vínculo profundo entre la actividad volcánica y la agitación social, como si las heridas y el dolor de la humanidad los padeciera también la naturaleza. 

Capturadas en composiciones características de una representación paisajística didáctica, las imágenes de Relato en un río que integran la pieza premiada en Dresde documentan una naturaleza doblemente herida. La desintegración del soporte está vinculada con inundaciones atribuibles al cambio climático que causa la expansión destructora del capitalismo. Pero la naturaleza está sometida también en las imágenes a otra voluntad: la que sobre ella impone el estado al declararla “parque nacional” y la representación que expresa ese dominio y le da naturalidad por ser la habitual. La desaparición de las imágenes es, entonces, no es solo expresión de heridas ambientales, sino también una liberación de las convenciones y de la voluntad de control sobre el territorio que las produjeron por obra de un elemento natural: el agua. 


El escamoteo de la banda sonora original es otro aspecto clave por lo que respecta a esta liberación. En vez de la voice over y la música característicos de estos documentales, en la pista creada por Selva Aimé Ciai escuchamos ruidos de la naturaleza. Los créditos informan que fueron registrados en diversos lugares de la Argentina, pero también en Chiloé, en Chile. Es un desafío a la territorialidad de los estados nacionales como el que plantean políticamente los pueblos indígenas que viven a ambos lados de las fronteras. Hay también una ironía visual de estos límites artificiosos, establecidos por la voluntad de colonizar. En un plano de las banderas de Argentina, Brasil y Paraguay, en la triple frontera, la descomposición de la película hace irreconocibles estos símbolos nacionales por la pérdida del color. 

Junto con los ruidos de la naturaleza, escuchamos también el que parece ser de un mecanismo como el de un juguete y, más sutilmente aún otro, de la banda sonora óptica que revive, pero sin la voz ni la música originales. Me hace pensar el primero en el funcionamiento de la cámara de fotos que se escucha en Puede una montaña recordar. Son los ruidos de otras tecnologías humanas que parecen conjugable, así, armoniosamente con la naturaleza, como también otra música, al final. 

Veo, en síntesis, en esta pequeña pieza, producida en el marco de un programa institucional municipal ‒el del Museo del Cine‒ y hecha a partir de una película del gobierno de la nación argentina, una aguda crítica y politización, tanto de la destrucción de la naturaleza causada por el “progreso” capitalista como de los motivos del paisaje y la representación de la “belleza natural” del territorio sobre el que el estado ejerce la soberanía. Es el gesto de resistencia que le da a El agua disuelve su imagen, el paisaje desaparece un valor más allá de la recuperación del cine del pasado: el de hacerse preguntas sobre esas imágenes, y descubrir no solo lo que son y han llegado a ser por voluntad del capitalismo y el estado, sino también lo que pueden ser en su contra.

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