O agente secreto
Por Pablo Gamba
Al escribir esta nota, O agente secreto (Brasil-Francia y otros países, 2025) tiene cuatro nominaciones al Oscar, no solo a mejor película internacional sino también a mejor película, además de en las categorías de mejor actor principal, Wagner Moura, y mejor casting. Se estrenó en competencia por la Palma de Oro en Cannes, que galardonó la interpretación de Moura y la dirección de Kleber Mendonça Filho. Ganó allí también el premio de la crítica (Fipresci).
La característica más resaltante de O agente secreto es el tratamiento irreverente del tema de la memoria de las dictaduras latinoamericanas. Se distancia del dramatismo didáctico de Ainda estou aquí (Brasil-Francia, 2024), de Walter Salles, ganadora del Oscar a la mejor película internacional el año pasado, y que se proponía llevar al público a sentir lo que es vivir bajo un régimen como el que se instauró en Brasil de 1964 a 1985, así como también de la remota La historia oficial (Argentina, 1985), de Luis Puenzo, premiada también por la Academia de Hollywood, que dos años después del fin de la dictadura genocida de 1976-1983 en Argentina planteaba una posibilidad de confrontación con hechos del pasado que se había aprendido a negar.
Frente a estos enfoques, resalta O agente secreto por la falta de solución de continuidad entre el tema histórico serio y su tratamiento mediante un pastiche retro de los thrillers y el cine brasileño en ascenso de los años setenta con el terror de John Carpenter o de Tiburón (1975), de Steven Spielberg, por ejemplo, entre otras referencias. Son testimonios de una cinefilia crítica que, junto con el interés por la ciudad de Recife, en el estado de Pernambuco, vincula esta película con el largometraje anterior de Mendonça, el documental Retratos fantasmas (Brasil, 2023). La cuestión histórica adquiere así también una dimensión estética en el uso del formato scope anamórfico, el color, la cámara en constante movimiento, la representación grotesca de la violencia y los momentos de desestabilización modernista de la distinción entre sueño, pesadilla y vigilia, todo lo cual refiere a esa época de esplendor del cine.
Al comienzo se describe al Brasil de 1977 en que se desarrolla la historia como “una época llena de pirraça”, utilizando una palabra difícil de traducir al español, que puede significar “escándalo”, pero también “berrinches” o inclusive “travesuras”. Históricamente, el giro se corresponde con lo que ocurrió a partir de 1968 con el recrudecimiento de la dictadura con el Acto Institucional n.° 5, por lo tocante a la propagación de la violencia de los escuadrones de la muerte y sus intersecciones con la delincuencia común.
Narrativamente, esto motiva una dispersión del conflicto principal en torno al personaje que quiere huir del país junto con su hijo, al que perseguirán después unos sicarios. Se desvía hacia los señalados vínculos de la represión con la corrupción y el hampa, pero también hacia la construcción de una atmósfera paranoica que evidencia la historia de la “pierna peluda” en la prensa, una manera de asimilar el hallazgo de la pierna real de una víctima de los asesinos del régimen en el estómago de un tiburón como el de Spielberg.
De representaciones de la dictadura como las de Ainda estou aquí o La historia oficial pasamos, así, a la mezcla de terror con comicidad que define lo grotesco. No hay aquí operadores de una terrible máquina del mal que desempeña una función siniestra de perseguir, “desaparecer” y exterminar a los disidentes, marco en el cual el secuestro y el robo de niños adquieren una dimensión política que trasciende lo que su realidad tiene de vulgares crímenes violentos. La dictadura no es un aparato militar y paramilitar de guerra sucia.
En la pirraça de O agente secreto toda violencia tiene un aspecto sucio por mafioso, sus perpetradores son todos corruptos, e incluso detrás de la persecución del protagonista y la muerte de su esposa hay un interés privado determinante. Habrá espectadores y espectadoras que identifiquen el régimen con el asco que nos da a muchos el racismo, el sexismo y la homofobia desatados en el mundo grotesco de la historia, que por otra parte pone de relieve las mezclas que se dan entre “blancos” y “negros” en las familias del film como ocurre en muchas familias reales.
Sin embargo, no se desarrolla en O agente secreto el vínculo dictadura-delincuencia de un modo serio que aspire a ser revelador de su profundidad y alcance reales, como en Azor (Suiza-Francia-Argentina, 2021), de Andreas Fontana, por ejemplo. Lo grotesco se extiende incluso a la cuestión de la identidad oculta de los perseguidos en la digresión en torno al misterioso Hans, interpretado por Udo Kier, al que los policías hacen exhibir supuestas heridas que recibió siendo soldado alemán en la Segunda Guerra Mundial. Aunque el jefe dice admirarlo por eso, la manera como lo trata llama la atención sobre un detalle de la puesta en escena revelador de que Hans puede ser, en realidad, un judío sobreviviente de los campos de concentración que también oculta su identidad y al que los policías tratan como quizás harían los nazis con un prisionero.
En la casa-refugio de Dona Sebastiana hay, además, una gata siamesa de dos rostros, lo que introduce otro elemento enrarecedor de las identidades secretas. Tanto es así que la única escena que resplandece en medio de la podredumbre de O agente secreto parece haber sido incluida forzadamente para aclarar que la dictadura es dictadura y abrir la perspectiva de un país mejor.
Hay otro nivel del relato, que enmarca la historia de Marcelo/Armando de un modo que hace explícito que O agente secreto es una película sobre la memoria. A Flavia, una joven trabajadora del presente, le asignan la tarea de revisar un archivo que comprende casetes que vemos grabar al protagonista en los setenta, y es a través de su investigación, recurriendo a internet, que sabemos cómo termina la historia de este personaje. Pero es una posibilidad de llegar a una verdad que el relato tensiona con la pirraça de su pastiche, que apunta hacia cómo los recuerdos, y también los hechos, pueden confundirse con las ficciones del cine, como ocurre con la “pierna cabelluda” en los diarios con los que Flavia completa la información que tiene sobre Marcelo/Armando.
El pastiche plantea, así, una pregunta por la validez a la que aspiran aquellas otras memorias serias y significativas que se construyen con historias también inventadas, pero que excluyen la pirraça de O agente secreto, como las de Ainda estou aquí o La historia oficial, por ejemplo. La irreverencia, en este contexto, puede ser un gesto de liberación de esas representaciones, las cuales parecen confiar en el engañoso poder de la razón para construir, con la ficción, verdades que conforman los hechos como cosa explicada y, por tanto, cerrada. Nos dicen: “Las cosas fueron así, ya lo sabemos, y no deben volver a pasar”.
En O agente secreto, en cambio, lo que vemos al final es otra prolongación del pasado en el presente. Hay algo explicable en detalles como la censura de la investigación de Flavia o el súbito silencio de Fernando, el hijo de Armando, a hablar con ella de la parte de la historia contenida en los casetes. Pero va más allá de eso, misteriosamente, en la interpretación que Wagner Moura hace de Fernando, además de Armando, lo que les da a los dos personajes el cuerpo del mismo actor ‒a lo que también refiere el cuerpo de los dos posibles Hans.
Fernando es un doble de Armando, un personaje amable y tranquilo en el que, sin embargo, sentimos que el pasado desestabiliza el presente sin que logremos saber por qué y, en consecuencia, evitarlo, como si la dictadura cobrara una expresión análoga a la pierna peluda, pero verosímil. Es lo que me lleva a reivindicar el estilo irreverente, de O agente secreto, sin olvidar que por eso mismo es un film en que disuelve la política en el entretenimiento.



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