Pacífico y Jirapo

 

Por Pablo Gamba 

En la competencia New Vision del festival de documentales CPH:DOX de Copenhague se estrenó Pacífico (Colombia-Francia, 2026), de Daniel Duque, y estuvo también Jirapo (Colombia-Portugal, 2025), de María Rojas. Ambos son cortos sobre la relación del territorio con la diversidad de formas de vida, tema que se reitera en el documental contemporáneo colombiano. Son filmes que se inspiran en el pensamiento sobre la decolonialidad y el ecologismo, la resistencia y la tecnología, y encuentran en él una legitimación académica. 

Con relación a Pacífico, hay que considerar que es una producción de Le Fresnoy y que el uso de la tecnología, por tanto, es también un foco de la formación de Duque en el estudio de arte contemporáneo francés. Al final, por ejemplo, hay un uso de la cámara 360° como el que comenté recientemente en La juventud es una isla (Francia, 2024), de Louise Ernandez, y que refiere, sobre todo, a El auge del humano 3 (Argentina y otros países, 2023), de Eduardo Williams. Pero la exploración dominante en la película de Duque es con dispositivos de pequeño tamaño que le permiten filmar desde perspectivas insólitas, como en torno a la hélice de un bote y debajo de él, y creo que también puesta en la vara que se usa para impulsar otra embarcación. 

El corto se presenta como un documental sobre los arrullos del Pacífico colombiano. Son música de la población afro de una región que históricamente fue refugio de fugitivos de la esclavitud que fundaron allí el palenque de Tadó, por ejemplo, pero también de ballenas jorobadas que vienen del frío Sur para aparearse y tener crías en el trópico. La violencia del conflicto armado interno de Colombia atraviesa la historia de la región del Pacífico, y uno de los descendientes de los siempre perseguidos cuenta que se alistó en el Ejército, fue parte de la guerra y, como soldado, mató. 

Los testimonios en voice over no conforman, sin embargo, un conjunto de voces de valor informativo sino que evocan la experiencia del encuentro y la conversación casuales con personas del lugar. Las voces, además, articulan los momentos de calma en el vértigo de las imágenes para completar, junto con las partes de música, el ritmo de la pieza. 

Hay otra voz que se presenta como colectiva, como si el propio pueblo narrara, conformada por la unión reconocible de un varón y una mujer. Pero es también, con su artificiosidad, un correlato de la tecnología de las cámaras. Quizás incluso refiere a las voces bigger than life habituales en el cine comercial y trata de crear un puente hacia ese público. 

Recurriendo al motivo del agua para construir una forma fílmica que se desarrolla como un flujo, la película va poniendo en relación a las personas con el río y el espacio del manglar que habitan, que se muestra así como su territorio. También entre sí a las personas, por lo que el testimoniante citado cuenta de su comunicación con su hija, aún en el vientre de su madre, sumergida en un medio como el agua de la que salen los niños al comienzo. 

La fluidez se hace extensiva a los cantos y la música de tambor con un encuadre extremadamente móvil que se desliza entre los festejantes como un pez en la fiesta que es el toque. Los viejos caminos de la cámara participativa de Jean Rouch se reabren de un modo renovado aquí con la tecnología de aparatos mucho más ágiles. El poder atrapante que adquiere así lo sensorial, la capacidad de sumergir al espectador o espectadora en una corriente audiovisual, se pone en tensión, sin embargo, con el blanco y negro, que tiene una fuerza contraria. Distingue el registro de la visión natural. Pero, como también es característico del documental contemporáneo, no establece una distancia científica, en un sentido etnográfico. Sobre todo transmite, con su referencia aparente al pasado, la impresión de un tiempo distinto en ese lugar. 

En el tiempo, sin embargo, encuentro el punto débil de este corto. Por su impresionante sensorialidad, Pacífico transmite una intensa vivencia del presente que, junto con el giro de lo etnográfico hacia lo ecológico, la relación de la comunidad y su cultura con el medioambiente, pone de relieve la resistencia de la vida a la modernidad colonizadora. Pero el testimonio de la guerra no basta para contextualizar eso. La historia queda fuera de campo, por lo que el 360° en blanco y negro hace que el tiempo sin tiempo complete la representación de una burbuja, algo fascinante, pero desconectado de nosotros. 


La historia, en cambio, tiene un lugar central en Jirapo. El título del corto de María Rojas viene de la lengua muinane, de un pueblo originario del que han sobrevivido menos de 200 personas en el Amazonas colombiano, y significa “nido de abejas”. La película se presenta como un documental experimental científico sobre las especies nativas americanas de estos insectos, que no tienen aguijón, como las que llegaron de Europa. Pero de lo que se trata principalmente es de hallar en las abejas un “archivo vivo” de la colonización. 

El corto se estrenó en el Festival de Cartagena y estuvo en la Midbo, en Bogotá. Es una producción de La Vulcanizadora, de Rojas y Andrés Jurado. El interés por el colonialismo y el anticolonialismo, característico de las películas de estos cineastas, se extiende aquí a la crítica de la ciencia que somete la naturaleza a la voluntad humana de conocerla para dominarla, confrontando los planos de una colección de insectos muertos con la anidación de las abejas en el osario de un cementerio. Por entre las rendijas de las lápidas que nunca llegan a sellar por completo las tumbas, llevan la respiración de la vida a esos receptáculos de restos mortales. 

Frente a la hegemonía de lo visual en la cultura colonizadora, encontramos en Jirapo el trabajo de una científica invidente, que ha investigado las abejas con colaboradores que sí pueden ver, pero también recurriendo al tacto. Es una forma de vincularse con ellas rupturista, además, por lo que respecta a la manera dominante de percibir a los insectos como animales que pican o muerden y son venenosos, además de asquerosos, características de una manera de vivir en un mundo ilusoriamente separado de la naturaleza. 

La escena en planos detalle de una abeja en las manos de la persona que así la siente, y que transmiten una impresión visual táctil, refiere a un tópico del cine científico experimental de Jessica Sarah Rinland, sobre cuyo largometraje Monólogo colectivo (Argentina-Reino Unido, 2024) escribimos en este blog. También hay en Jirapo una pregunta por la manera de percibir de los otros seres vivos característica del cine ecológico experimental contemporáneo. Una secuencia de planos, desestabilizados por los que para nosotros serían errores en la proyección del film de 16 mm, junto con otros distorsionados por la falta de luz, proponen una respuesta que refiere a la vibración de las abejas por el movimiento de sus alas y a lo que la ciencia dice de su visión. 


Hay conexiones históricas que se establecen entre la población humana desplazada por la colonización y las abejas, para lo que Jirapo recurre al archivo en el sentido habitual, documental. Dos citas de la narradora se conforman como fragmentos diversos y dispersos, un testimonio de la época de la Conquista y otro de la Independencia. Los insectos nativos fueron expulsados de sus territorios o diezmados por la variedad europea, y así desapareció también el conocimiento de las culturas originarias, agrega la narradora. Hay una parte en la que Rojas filmó lo que un códice maya da como testimonio del saber de ese pueblo sobre las abejas, pero fuera de foco, renunciando a una nitidez engañosa para la mirada ajena a ese mundo perdido. 

Es lo que lleva a la parte de la selva, que establece un paralelismo entre los indígenas sobrevivientes que resisten allí y las abejas, para quienes el tiempo comprendido entre los testimonios y el presente no ha sido su tiempo, sino la historia que comenzó con la colonización española de América. Jirapo encuentra allí, además, un motivo para cuestionar la referencia antropocéntrica de la cultura colonizadora en la experiencia del espacio. Las abejas anidan en lo alto de los árboles, por lo que quedan fuera del alcance de la mirada de los que no habitamos la selva. Pero no de la mujer indígena que sí es de allí, que en voice over cuenta que los nidos son visibles, aunque solo en los sueños. 

El modo como se parte de la noción de “archivo”, para expandirla hacia una investigación fílmica de todo aquello que en lo real puede dar testimonio del pasado, encontrado y reunido a lo largo de una deriva, como siguiendo en su desarrollo el vuelo de una abeja o la teoría de la bolsa de la ficción de Ursula Le Guin en el documental, es lo que hace de Jirapo un pequeñ gran film. Sobre todo por el diálogo que entabla con el conocimiento científico, del cual siempre ha sido y es partícipe, y hasta cómplice el cine. La experimentación fílmica no solo lleva, entonces, hacia una forma antihegemónica de hacer películas sino también, y sobre todo, a la posibilidad de una anticiencia de los sentidos, de la intuición, de la renuncia a la voluntad de dominio del mundo.

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