Baby
Por Daniel Bula
Un plano detalle de un tambor marcando el pulso abre el film Baby (Brasil-Francia-Países
Bajos, 2024) del director brasileño Marcelo Caetano, presentada en la 63º Semana de la
Crítica de Cannes de 2024 y este año en el Festival Internacional de Cine sobre Diversidad
y Género (FIDiG CINE), en Buenos Aires.
La primera escena es una especie de performance coreografiada, donde vemos al
protagonista, Wellington, formando parte de un grupo orquesta de estilo ejército militar con
instrumentos de viento y percusión en el patio de una cárcel, ante un público de otros
reclusos. A partir de allí, el film nos introduce en un mundo de lo marginal pero de forma
estilizada, con estética videoclip, con presos que visten buzo y pantalón azul, que parecen
más de una marca de ropa informal de uso diario que de uniforme penitenciario, con fondos
de paredes y puertas en color amarillo que contrastan.
Después, acompañaremos a Wellington, de 18 años, en su salida del centro de detención
juvenil, hacia una enorme ciudad de São Paulo que lo espera para seguir atravesando
algunos cuantos obstáculos.
El film propone un estilo intimista. Sigue al personaje, solitario, por distintos espacios
exteriores de la ciudad, sobre todo nocturnos, a donde primero se lo verá intentando dormir
en una estación del Metro (subte), antes que un policía lo eche, con la constante decisión
de crear encuadres “estéticos”, a partir de jugar nuevamente con colores primarios como el
azul de los asientos de la estación, y el rojo (campera, afiche).
En una especie de plaza llena de típicas plantas tropicales, en el medio del centro de la
ciudad, el protagonista, quien rápidamente es apodado “Baby”, se reencuentra con su
amiga Zika, y otros amigos también parte de la comunidad LGBTIQ+. Juntos deciden ir a un
cine porno gay con la intención de robar un celular y dárselo a Wellington para que pueda
volver a estar comunicado. En ese cine, el protagonista conoce a Ronaldo, un hombre 24
años mayor que él, que ejerce la prostitución y la venta de drogas, con quien inicia una
relación afectiva y que, a su vez, lo introduce en esas actividades.
La mayor parte de los 106 minutos de este film, ahondan en la deriva en la que se
encuentra el personaje recién salido del centro de detención, cuyo momento de fragilidad lo
conduce a vincularse con Ronaldo quien le aporta cariño por un lado, pero a su vez por el
otro, es quien lo empuja en una lógica de la vulnerabilidad y los riesgos a partir de inducirlo
al ejercicio de la prostitución y la venta de drogas.
Una de las ideas generales interesantes que revisa el film es la importancia de contar con
una red de contención, de una comunidad o familia elegida para poder sobrevivir. En parte,
se cuenta cómo en el centro de la ciudad se juntan entre amigos de la comunidad
LGBTIQ+. Parecen no contar con una familia de origen, pero sí comparten momentos
divertidos entre sí, caminatas, bailes y se ve que conviven entre sí acompañándose en el
día a día. Wellington también comparte guitarreadas con otro grupo de personas, le festejan
su cumpleaños, y también lo acompañan a encontrar a su madre en lo que parece las
afueras de la ciudad.
Una de sus amigas dice: “Si mi hijo estuviese preso, yo iría a verlo sin duda”. Demuestra
empatía en contraste con el abandono que ejerció la familia hacia el protagonista.
Wellington, logra reencontrarse con su madre y de alguna forma se percibe una
reconciliación con esa parte de su vida. En esa escena, la lógica de encuadres y colores de
la película toma otro rumbo. Aparecen planos más largos y cerrados, centrados en el
protagonista y su madre, casi sin diálogos, dando mayor importancia a las actuaciones, los
gestos faciales y la expresión emocional de los personajes.
No obstante, el film apuesta por una forma de representación que termina estilizando a la
tristeza y a la marginalidad. Agota el recurso de cierta estética digital Instagram, con sus
filtros, saturación de colores, luces estridentes de la ciudad, e incluyendo a protagonistas
con cuerpos hegemónicos que parecen estar en una especie de videoclip o fashion film
constante. También, la elección de locaciones como el cine porno vintage, o departamentos
con paredes con pintura gastada, se inscriben en esa misma lógica.
Aún así, siempre se valora la presencia de aún más historias LGBTIQ+ en pantalla,
especialmente en el contexto actual, ya que aportan visibilidad y resultan muy necesarias.
En este sentido, el film se destaca por su enfoque en la importancia de las redes de
contención y de las comunidades como espacio de cuidado. Sin embargo, la constante
estetización de la marginalidad, sobre todo cuando es asociada a la comunidad, termina
desdibujando la potencia de la propuesta.

%2023.42.31.png)

%2023.58.10.png)
Comentarios
Publicar un comentario