Nuestro cuerpo es una estrella que se expande

 

Por Pablo Gamba 

Nuestro cuerpo es una estrella que se expande (México, 2026), recibió una mención honorífica del Premio Maguey en el Festival de Guadalajara, donde compitió paralelamente a su participación en Punto de Vista, en España. Es el segundo largometraje de Tania Hernández Velasco, codirigido por su hermano, el artista Semillites Hernández Velasco, y se estrenó en el IDFA, en Ámsterdam. 

Escribimos en Los Experimentos sobre la película anterior de la cineasta, Eclipsis (México, 2022). En ella recurre a la ciencia ficción, el falso documental y a la danza, entre otros dispositivos. Trata así un tema que se inscribe en las inquietudes ecológicas y sobre la identidad del cine contemporáneo, en un film que se transforma como las mariposas del título. 

Nuestro cuerpo es una estrella que se expande se enfoca en la cuestión de la identidad y es similarmente mutante. Parte de las experiencias de la directora con el racismo, y la transición de género del hermano, para trascender los lugares comunes de los discursos en torno a estos tópicos de la agenda progresista, haciéndose trans con su multiplicidad de técnicas, y su materialidad digital y fílmica. Expande así las cuestiones en torno a lo identitario y lo corporal al considerarlos con relación a la naturaleza, los lazos familiares y de la tradición, y las problemáticas sociales en que se inscriben, tal como Eclipsis recuerda también el asesinato de un activista de la ecología. 

La dominante en la forma es la tensión entre la fuerza expansiva de lo mutante ‒a la que refiere la manera como Semillites experimenta su transición, como infinita‒ y los dispositivos que la contienen. Uno es retórico: el diálogo de los hermanos. Se da en on y en over, de un modo que trae a colación el comienzo de Hiroshima mon amour (Francia, 1959), de Alain Resnais. Se expande a la conversación con otros familiares y se contrae en la convergencia de las dos voces en un texto escrito que se despliega en pantalla y lee un tercero, al final. 

Otro dispositivo de contención es la pulsación rítmica de la expansión y la contracción. A lo largo del film se da principalmente entre las escalas de los planos detalles y la microfotografía, y los grandes paisajes, por lo que respecta al espacio, y entre los despliegues vertiginosos de lo mutante y los momentos de concentración en los diversos aspectos temáticos, por lo tocante al tiempo. 

La película construye así una estructura que potencialmente puede expandirse sin límites y sin perder la cohesión, lo que me recuerda una búsqueda similar que comenté recientemente en el corto Trivakra (Brasil, 2025), de la artista trans Sofía Angst. De este modo, el diálogo entre los hermanos se puede convertir también en danza y en juego, en intercambio de la cámara entre los dos para filmarse el uno al otro, en collage, etcétera. Se expande más allá de las voces. 

La relación entre los cuerpos humanos y el cuerpo de la tierra y cósmico se explora por otras vías expansivas que ha transitado el cine, desde Stan Brakhage, en Dog Star Man (Estados Unidos, 1964), hasta Frío metal (México, 2025), de Clemente Castor. Se confrontan lo micro y lo macro, la piel con el paisaje, lo celular con lo geológico, los orificios y cavidades corporales con los túneles. La película revela así conexiones significativas insospechadas que expanden los contextos en los que se entiende la identidad. 

Es algo espacial que pone en tensión, a su vez, los vínculos que se establecen en la dimensión del tiempo, los de las relaciones familiares y con el pasado, las “raíces”. Los hermanos del film, como la mayoría de la humanidad, no conocen su “abolengo” ‒sé del mío hasta los bisabuelos paternos, nada más‒. Comprende muchas páginas en blanco, una historia por descubrir o imaginar. 

Otras relaciones de sentido son de asociación, por ejemplo, entre la purpurina y la sal. Trascienden el contrapunto abstracto de los colores de una y el blanco de la otra, o la decoración del cuerpo y las inmensas “dunas” de una salina, para abrirse a lo simbólico con relación a la pureza y la sanación. Encuentro allí un vínculo de esta película con el cine de María Silvia Esteve, que se destaca por un uso psicodramático aún más espectacular de la imagen. Un ejemplo es la reciente Mailin (Argentina-Francia-Rumania, 2025), sobre la que también hemos escrito en Los Experimentos y que también se estrenó igualmente en el IDFA. 


Por si fuera poco, estas búsquedas identitarias están desbordas en otros dos sentidos. Uno es el de los puros placeres de la belleza de la forma, tanto en la imagen como en el sonido, que homologa la música y el ruido. En los grandes planos generales cenitales, donde los personajes de los codirectores son pequeños puntos de referencia y la imagen adquiere un aspecto bidimensional, por ejemplo. Las formas y colores del paisaje se asemejan a la pintura expresionista abstracta, con la que establece un contrapunto la acción de pintar de un azul uniforme, con brochas, el espacio interior de una casa, por ejemplo, o los dibujos autobiográficos de Semillites o una parte de planos de flores. 

Esto es significativo por lo que respecta a algo que intuitivamente se presenta como opuesto al placer sensorial, al goce por el goce mismo. Me refiero al compromiso, que no falta aquí sin sacrificar aquello otro, cuestionando así el lugar común del “cine imperfecto” superficialmente entendido, como abandono de la búsqueda de lo bello por lo que necesita del cine la sociedad. No se renuncia a nada de la belleza posible aquí, ni siquiera a lo que podría parecer desafío caprichoso de la sobriedad documental. 

Pero Nuestro cuerpo es una estrella que se expande tiene un claro enmarcamiento en lo real y en las luchas, en la manera como Semillites señala aspectos de la precariedad de su vida como artista o en la brutalidad del racismo y su interiorización, a la que responde la hermana con contundencia. En esto la película de los Hernández Velasco también construye una identidad como parte del cine latinoamericano.

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