A natureza das coisas invisíveis
por Salvador Savarese
Como todas las artes, el cine obtiene mucho de su magia de la elevación expresiva de elementos que rechazamos de plano en nuestra vida cotidiana. Me explico con un ejemplo de la literatura: debe haber pocas cosas peores que la agonía, el dolor y la muerte; pero qué maravillosas son las decenas de páginas que narran la dolorosa agonía previa a la muerte de Emma Bovary en la novela de Flaubert. Algo similar sucede con A natureza das coisas invisíveis (Rafaela Camelo, Brasil-Chile, 2025): es una película sobre cortes, heridas y pérdidas, y, al mismo tiempo, luminosa y agradable de principio a fin.
En febrero se realizó en Buenos Aires el FIDiG Cine, un festival internacional sobre diversidades y género. Esta edición tuvo foco en el cine brasilero y hubo una selección de films recientes. Entre ellas estaba esta película por una razón que comentaremos más adelante.
En la periferia de Brasilia, un territorio explorado en las películas de Adirley Queirós como Branco sai, preto fica (Brasil, 2015) o Mato seco em chamas (Brasil, 2022), Glória, una niña, tiene que acompañar a su madre a su trabajo como enfermera en un hospital público. El hospital es su territorio. Mientras la madre trabaja, ella vive el espacio: se hace amiga de los pacientes a pesar que es consciente que a algunos de ellos de un momento a otro ya no los volverá a ver, sabe qué oficina o despacho ocupar en cada momento del día, entiende con qué objetos jugar.
A ese centro de salud llega la abuela de Sofia por una urgencia. La abuela tiene que quedarse mucho tiempo en el hospital. La madre de Sofía trabaja, y entonces la madre de Glória, en solidaridad femenina, le ofrece que la hija se quede con ellas. Lo que sigue es un verano ‒la película se enmarca entre el fin de un periodo de clases y el principio del siguiente‒ en el que muchos personajes van a aprender a desprenderse, a aprender a soltar amarras personales para vivir mejor sus vidas.
De a poco, calladamente, la película va exponiendo la complejidad de su estructura. Por un lado tiene una primera mitad que transcurre en ese hospital, donde paulatinamente se complejiza la amistad entre Glória (un nombre que remite a la irracional religión) y su amiga Sofia (nombre que remite al más humano conocimiento). En esa parte nos damos cuenta que todos los personajes tienen que procesar una pérdida ‒algunos de seres queridos y otros de etapas de la vida ya idas‒. Ese proceso de purgar la pérdida se desarrolla en la segunda mitad, de ambientación rural, ya que la abuela por una mejoría puede abandonar al hospital y ser llevada a la chácara familiar ‒esa pequeña granja que ella añoraba tanto desde que, ya enferma, había tenido que irse a vivir a la ciudad con su hija.
En el campo, Glória y Sofía se encuentran con un mundo nuevo que van conociendo con las herramientas de su niñez. Pero, tarde o temprano, tienen que asumir sus pérdidas: Gloria, la de su corazón trasplantado, que le permite de alguna manera tener percepción de un mundo muy otro, y Sofía, de haber sido, en su pasado, un niño ‒ahora transicionado a niña.
Este ambiente rural también es un lugar donde se hace mas presente lo irracional. A la medicina dirigida y razonada del ámbito hospitalario la complementa (sin oponerse: esta es una película gentil) la aparición de las benzadeiras (del portugués “bençoar”: “bendecir”): un grupo de mujeres que en el Brasil rural se ocupan de cuidar de los enfermos y ayudarlos al pasaje al otro mundo. Este tipo de práctica, que sincretiza elementos católicos con religiones y prácticas preexistentes, no son muy diferentes de las rezadoras que aún hoy ayudan en el noroeste argentino, por ejemplo.
La mujer es la clave de la película: no hay personajes principales masculinos, y todas las relaciones de solidaridad y cuidado se dan entre ellas. Esta red de ayudas tampoco implica menosprecio por los hombres sino que es la expresión de un universo simbólico que parecen entender esas mujeres solamente ‒aún las que, como Sofía, se sentían de esa manera siendo de otro género‒, aunque más no sea por naturaleza. Un universo que también es entendido por la directora y que trata de transmitirlo de la manera más cinematográfica, menos explícita, posible. El misterio de la existencia se mantiene en una película que es toda sugerencia sin hermetismo ni frialdad.Es interesante cómo a veces los mismos elementos pueden mostrarse sincrónicamente en diferentes cinematografías. En otra película sobre las generaciones y mujeres, Tres tiempos (Argentina, 2025), de Marlene Grinberg, el mundo también está poblado de personas que pueden no ser de este plano de existencia. Estos fantasmas, como en aquella película, son espectros muy terrenales: no tienen una característica particular que los diferencie en su fisicidad de los seres vivos, son vistos por algunos de ellos y conforman una especie de continuidad en el universo propuesto por el film entre los vivos y los muertos. También esta película es dirigida por una mujer y mantiene una delicadeza y elegancia en su forma que no implica en absoluto asepsia y falta de compromiso. Es por ello que el final, con los personajes aceptando las pérdidas, incluso las propias, es tan emotivo. El futuro del cine es mujer no solo en Argentina.



Comentarios
Publicar un comentario