Cara a cara

 

 

por Salvador Savarese 

En un hermoso momento de la película de Federico Verioj Belmonte (Uruguay-México-España, 2019), el protagonista lleva a su hija pequeña de excursión y pasan una tarde ventosa la vez que inolvidable mientras se escucha la terrible canción de Leo Masliah Imaginate m’hijo, en la que un padre adelanta a su hijo lo que será la vida. El contrapunto entre la belleza de las imágenes y la acritud de la letra es fulminante. Algo de este espíritu permea el primer largo documental del mismo director, Cara a cara (Uruguay-Argentina, 2025), que es ante todo una historia de varios enfrentamientos. 

Conviene tomar ese título de reverberancias bergmanianas (Ansikte mot ansikte, 1976) de manera literal. Esos rostros enfrentados en principio son los de Aron Veiroj y un psicoanalista/psiquiatra en una sesión muy inusual. Allí nos enteramos de su historia. Arón es todo un personaje de documental: casado y divorciado, emprendedor y quebrado. Hablador militante. Siempre está metido en nuevos proyectos, nuevas empresas, una más delirante que la otra, en las que no tiene problemas en involucrar a sus hijos. Al mismo tiempo Arón es un personaje al límite de sus fuerzas psicológicas. No es necesario escarbar mucho en su extroversión para descubrir a una persona tan desvalida como inestable. 

 A medida que avanza la película, ese cara a cara, ese mirar enfrentado, va tomando características más conceptuales. Como su apellido lo indica, Arón es el padre del director de la película, Federico Veiroj, unos de los pocos realizadores uruguayos que consigue mantener una obra fluida, con películas cada pocos años. Federico, como en toda relación padre-hijo, mantiene una relación ambivalente con Arón. Por un lado es consciente de todas sus delirantes quijotadas pero, por otro lado, parece no poder entender del todo su carácter tan voluble, tan imprevisible. 

Esta cariñosa conversación toma cuerpo en forma audiovisual, recuperando filmaciones caseras, de una imagen más sucia y rugosa, y fragmentos de sus propias películas, de imágenes por su naturaleza profesional necesariamente más límpidas. Con el desfile de esos momentos de sus películas, se nos revela que ese padre siempre estuvo en la obra de su hijo: en Acné (Uruguay, 2008), en Belmonte, en Así habló el cambista (Uruguay-Argentina-Alemania, 2019). El padre está siempre allí: haciendo empresas que terminan quebradas, metiendo a los hijos en sus aventuras imposibles, enredándose y enredándolos en su hablar incesante. Pero aún hay más. 


Hay obras que están conformadas no solamente por la narración que se ve la superficie ‒esa historia mediante el cual el director nos hace ingresar al universo de su película y que nos guía con mayor y menor suerte por sus vericuetos‒, sino que una narrativa subterránea se va desarrollando paralelamente hasta emerger e inundar la primera. Cara a cara es una de esas obras y de a poco esa narrativa subterránea aflora e invade con fuerza a la historia de un hombre contra sí mismo y contra su hijo, modificándola y, al mismo tiempo, completando su significado. 

Ese tercer enfrentamiento no es sino el de Federico Veiroj consigo mismo. Durante el transcurso de la película, frente al incesante paso de imágenes de archivo yendo y viniendo en el tiempo, poco a poco nos damos cuenta el particular interés del director de mostrarse él, más joven, en otras latitudes y con otros proyectos. Lo que se ve en las filmaciones caseras de Veiroj es el imparable pasar del tiempo. En ellas, el padre parece suspendido en ese transcurrir, más allá de tener más canas y menos cabello, pero es el director el que en menos de 80 minutos pasa por la niñez, adolescencia, juventud y adultez. Pareciera como si bajo el pretexto de hablar con su padre, de enfrentarlo, de tratar de entenderlo mediante sus películas, de retratarlo audiovisualmente, surgiera finalmente un retrato del hijo. Ahora, que en las imágenes actuales se revela al mismo director de la película como el del cabello blanco el sentido del Cara a cara se revela una tercera vez. 

Sucede que el padre ya está mayor. Como Arón mismo lo dice: ¿cuánto tiempo le quedará para proyectar, para emprender, para volver a fracasar?. Juntos, fuera de campo, compartiendo un tiramisú, el hijo le consulta al padre sobre qué desearía para él. El padre primero le insiste con que sea precavido, cuidadoso, que no sea inconsciente como él. Que planifique. Pero ante la insistencia del hijo el padre asume su impotencia para poder prever qué le va a deparar la vida. 

Es ahora el mismo Federico Veiroj el que, solo, tiene que mirarse cara a cara. Ya tiene su obra: sus éxitos, sus fracasos, sus películas mejores o peores. Tiene una duración en la vida y en la profesión: ¿Y ahora, m’hijo, que la imaginación ya es una realidad? Es muy probable que el Gran Premio de la sección Tiempo de Historia, en que la película participó en su estreno en la Semana del Cine de Valladolid de 2025, haya sido acertado hasta en un sentido metafórico.

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