Se eu fosse vivo… vivia

 

Por Pablo Gamba 

Se eu fose vivo… vivia (Brasil, 2026) abrió el Festival de Cosquín, en la provincia de Córdoba, Argentina. Se estrenó en Panorama, en la Berlinale, y fue parte del Festival de Cartagena. Es el cuarto largometraje de André Novais Oliveira, una de las figuras más importantes del cine brasileño contemporáneo. Con Temporada (Brasil, 2018) compitió en Cineastas del Presente, en Locarno, y estuvo en la Quincena de los Cineastas de Cannes con los cortos Pouco mais de um mes (Brasil, 2013) y Quintal (Brasil, 2015). 

El título sería “Si estuviese vivo… viviría”, en español. Vuelve el director en esta película a trabajar con Norberto Novais Oliveira, como en Quintal; en su primer largometraje, Ela volta na quinta (Brasil, 2014), y en su corto más reciente, Quando aquí (Brasil, 2023). Es su padre, y se interpreta a sí mismo o personajes que son como él ‒personas mayores, afrobrasileñas‒, en películas que vuelven a la lejana fuente del neorrealismo italiano para retomar un cine sobre la cotidianidad de gente común y corriente, repotenciado por la sensación de directo e inmediatez que puede transmitir hoy la imagen digital. 

Lo que distingue filmes como este y Qunital es que este neorrealismo está atravesado por la irrupción de lo fantástico. Abriendo portales en el tiempo y el espacio, interfiere las representaciones habituales del mundo de sus personajes y, en consecuencia, las preconcepciones que existen acerca de ellos, en particular por lo que se refiere a la noción de un destino social, inclusive “racial”. Es algo que su cine logra notablemente también desestimando el prejuicio que asocia a los afrobrasileños con la pobreza y la violencia, ubicándolos en posiciones de relativo bienestar y seguridad, en una clase media baja modesta, de vida relativamente apacible y confortable. 

Pero la manera como André Novais Oliveira recurre a los tópicos de la ciencia ficción en su cine fantástico se distingue de las películas en las que Adirley Quierós crea realidades distópicas brasileñas para abrir en ellas la posibilidad de un futuro distinto. También de Ontem havia coisas extranhas no céu (Brasil, 2019), de Bruno Risas, donde la ciencia ficción es correlato del enrarecimiento de la vida causado por la desestabilización del bienestar económico de una familia de clase media, por poner otro ejemplo. Aunque lo social está presente, lo dominante en las apropiaciones del género es psicológico y existencial en películas como esta de André Novais Oliveira. 

Se eu fose vivo… vivia comienza desestabilizando el neorrealismo por otra vía, la de lo retro cinematográfico. Es lo que ocurre en el prólogo que se desarrolla durante la juventud del protagonista, Gilberto, y la mujer de su vida, Jacira. Vuelve a los años setenta del cine con una relación de aspecto que se conjuga con los colores, la textura del soporte fílmico y el comienzo de una historia que refiere a la comedia romántica, impulsada por el soul brasileño. 

El giro sorpresivo hacia lo fantástico crea otra desestabilización significativa, no solo de esa ficción sino también del realismo que se instala después, por la vía del escamoteo. Es pretexto para dejar fuera de campo el tiempo que habitualmente se asocia con el de la vida en la ficción, el de la edad adulta. 


Hay un salto de la juventud a los mismos personajes 50 años después, como personas mayores con una hija adulta independiente. Esto ubica la película en el campo del cine contemporáneo que trata los temas de la agenda progresista, que llama a prestar atención a personajes como estos, pero con un ángulo definido por un giro de las cuestiones sociales hacia problemas de otro tipo. 

En vez de ser objeto de denuncia o consideración piadosa, la vida de los dos viejos se presenta como una continuación de la comedia romántica por medios neorrealistas. Prosigue así también aquí la búsqueda de O dia que te conheci (Brasil, 2023), con una cuidadosa y amorosa atención a los detalles simples que tensionan la ficción escapista en escenas como las discusiones que hay en torno a los alimentos que hacen mal a la salud, por ejemplo. En una, Jacira cierra la disputa con un gesto que invita a Gilberto a darle un beso. Lo acompaña otro en la frente, algo que ella dice que no ocurría desde hacía muchos años, pero agrega un comentario sobre el sabor que le dejó el primer beso en la boca ‒la escena es de los dos comiendo un asado en el patio‒. La poesía del cine romántico encuentra así lo que llamaría un gusto a realidad. 

También despliega André Novais Oliveira su maestría como director en la manera como usa los diálogos para crear escenas en off que desarrollan situaciones de un tipo de comicidad más tosca en torno a las parejas. Es una tendencia al grito y a la pelea que asocio con la televisión. Contra ella apunta el chiste de incluirlas, y en general el contraste con Gilberto y Jacira. Parte del humanismo realista del film es la confrontación con este otro tipo de ficciones. 

El crítico argentino Roger Koza, programador del Festival de Cosquín, ha observado con gran lucidez la importancia que tienen otros detalles en el neoarrealismo de André Novais Oliveira. Son aquellos que ponen de relieve la opacidad de los personajes, la distancia que nos separa de los que aparecen en la pantalla aunque otras cosas que hacen nos resulten familiares. Algo de este tipo es aquí la importancia que adquiere en una escena un rompecabezas; tabién el largo chiste que cuenta Gilberto al final de la película y que enrarece también la calificación de “humor británico” que podría hacerse del film. Otros detalles aportan un espesor histórico sutil, como la semejanza de la casa de los personajes en el presente con las de su juventud, en los setenta. 

Lo interesante, entonces, es cómo lo fantástico se conjuga con detalles realistas como esos. Se presta en esta historia para que hagamos una experiencia vicaria, como todas las del cine, pero de un tipo excepcional, de lo que es perder la orientación, la memoria y su lugar en el mundo para Gilberto, como consecuencia del desarrollo progresivo de su demencia senil. Su problema se presenta inicialmente como visto en el espejo en Jacira, que reaparece en la casa después de haber sido internada en el hospital. Lo fantástico irrumpe para desestabilizar la lucidez que cree mantener al sentirse dueño de la situación. Hace manifiesto de este modo que el del problema es él. 

Pero eso es algo que solo sabemos los espectadores. La película nos revela la confusión mental del protagonista, asomándonos una profundidad que no podemos alcanzar. Es como cuando vemos con él un hueco en el cuerpo de Jacira. La opacidad que señala Roger Koza adquiere de este modo otro sentido, mucho más hondo, aquí. Hay una gran lucidez en cómo Se eu fosse vivo… vivia consigue evitar los lugares comunes mentirosos a los que recurre el cine para representar la vivencia de la locura o la perturbación mental.


La transición a una segunda etapa del deterioro está marcada por un plano medio de Gilberto de noche, caminando por la calle, contra un fondo que enrarece la escena evocando las viejas retroproyecciones y porque detiene su movimiento. Tiene como sutil presagio la angulación y la textura de un gran plano general de él y Jacira caminando por un cementerio, que inesperadamente introduce el montaje mucho antes en la historia y que los muestra dándole la espalda al mundo, como alejándose de él, con la ciudad como un fondo distante. El protagonista se convierte ahora, sin que sepamos cómo, en una de esas personas mayores que deambula por la calle sin saber dónde está, y repetimos en la observación la experiencia de entender lo que le ocurre a Gilberto, desde una distancia con respecto a lo que él experimenta. 

Volvemos en la tercera etapa de su enfermedad a la ficción cinematográfica del comienzo, pero por la vía de la referencia, como si el cine recordara así al que ha perdido la memoria. La historia da un giro hacia Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg, 1977), previamente anunciado por el interés del personaje de Gilberto por los fenómenos ovni. Es la manera que encuentra el film de aproximarse al tránsito hacia la muerte, haciendo explícita irónicamente la imposibilidad que tenemos los vivos de entender lo que es morir, apelando a una ficción espectacular sobre el irse de este mundo. 

Valga todo esto para decir que esta es una de las mejores películas que he visto de este realizador, que me hace olvidar, sobre todo, mis peleas imaginarias con él por su supuesto alejamiento de cuestiones sociales y políticas que son centrales para mí. En el plano final de Se eu fosse vivo… vivia, en el que un paneo va dejando a Gilberto lentamente fuera de cuadro y vemos la Tierra desde el espacio, no solo hallo una hermosa metáfora de la muerte sino una confirmación del gran cineasta que es André Novais Oliveira.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mitopoiesis de Tenochtitlán: ¡Aoquic iez in Mexico! / ¡Ya México no existirá más!

Punku

Películas de Adriana Vila-Guevara en Alchemy Film and Moving Image