Anatomía de un retrato y Pelo Lindo

 

Por Pablo Gamba 

Anatomía de un retrato (Colombia, 2026), de Juan Felipe León, recibió una mención especial en la competencia de cortos de Sheffield Doc, en el Reino Unido. Allí participó también Pelo Lindo (Guatemala, 2026), de Josué García Prado. Son películas muy diferentes, pero que tienen en común que ambas son retratos. 

El cortometraje de León se destaca, en el contexto del cine colombiano, por su tratamiento existencial, místico y estético de la muerte, fuera de los marcos de la violencia de la guerra y el narcotráfico. Su barroquismo tenebroso lo diferencia, además, de la ola luminosa que se presenta como novedad en esa cinematografía con su manera de representar a personajes jóvenes de los sectores populares y su nexo con diversos territorios. No es difícil identificar como determinante en estos filmes la corriente progresista que llevó al gobierno a Gustavo Petro. Hemos escrito sobre varios de ellos en este blog. 

La protagonista de Anatomía de un retrato es Nilza Tangarife, una mujer del campo. Parece propietaria de una pequeña finca en Armenia, en el eje cafetero colombiano. Manifiesta formalmente su deseo de donar su cuerpo, cuando muera, a la Universidad del Quindío, para que puedan aprender con él los estudiantes de Medicina, así como también de hacerse un retrato en pintura. Ambas son para ella formas de permanecer en el mundo después de morir. 

Aunque se trata de una persona mayor, no hay nada que percibamos en Nilza que delate la proximidad de la muerte por vejez o enfermedad. El corto se presenta como un documental característicamente contemporáneo por lo que respecta a la opacidad de la protagonista, que se expresa como una imaginación y curiosidad macabras en torno al proceso de plastinación que permitirá conservar su cuerpo y lo dispondrá para el estudio de su interior. 

El tema barroco tiene como correlato otro tópico del cine contemporáneo, la confluencia de las artes, en este caso el cine, la fotografía y la plástica. A esto se añade un juego perspectivista, haciendo de la retratista otra retratada. La pintora es Paula Meza, que además es fotógrafa y modelo. Posa desnuda para estudiantes de plástica, a los que retrata también en fotos, como a Nilza. Hace lo mismo con los médicos que prepararán el cuerpo de la protagonista, que a su vez se autorretrata como fotógrafa de su retrato pintado. 

Más allá de eso, la película despliega un juego abstracto en la exploración del cuerpo vivo y muerto, tanto con el montaje como con superposiciones de imágenes. Recurre para ello al corazón que lleva tatuado en el pecho Meza, así como a planos detalle de uno de los cuerpos plastinados con los que se estudia en la universidad y la visita a un museo en el que vemos una máscara mortuoria pavorosamente realista. Hay extrañas ilustraciones médicas en las que el motivo del interior del cuerpo parece conjugarse con lo especulativo, en un pensamiento visual que acompaña a las reflexiones de Nilza sobre la muerte. 

En tensión con todo esto, vemos el poder del cine de dar vida a las imágenes. Primero es con diversos bocetos de pintura que se animan. Después, de un modo más abstracto, con una secuencia de fotos que se acelera hasta convertirse en una animación frame by frame sin continuidad. Hay un final que la protagonista le relata a la pintora, pero que no se representa fílmicamente, lo que transmite la impresión de que la película también trasciende su propia muerte, la que ocurriría cuando termina la historia. 

Pero el peso que tienen aquí los diálogos y la capacidad de sorprender contienen el film en el espacio de un cine documental de autor accesible. No llega al punto de que no se abran en él puertas para la comunicación con el público, análogas, quizás, a las que le Nilza imagina en su cuerpo plastinado. Es algo que también destaca a esta película en el documental contemporáneo. 


Pelo Lindo es un retrafo ramiliar de Josefa Andrade, quien cumple noventa años. Es madre de una víctima de secuestro y asesinato a los 23 años de edad por ser dirigente estudiantil universitario, vinculado con la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA). Esto ocurrió bajo la dictadura de Óscar Mejía Víctores en Guatemala, en la década de los años ochenta. 

Algo resaltante de la película, en el contexto del cine testimonial latinoamericano sobre esta temática, es el reiterado uso de planos cenitales que me hacen pensar en los filmes de Wes Anderson por su composición. También la sutil deformación óptica de la imagen en los planos generales, por el empleo de lentes anamórficos; las constantes variaciones del aspect ratio o ventanilla y un uso radiante del color. A esto se añade la belleza neobarroca de la pequeña iglesia que la familia consiguió que se construyera para pedir a Dios el retorno con vida del joven y el extraño “Cristo del secuestro” que hay allí. 

Junto con la celebración del cumpleaños de Josefa y el tono de las escenas familiares, esto pone de relieve, por una parte, la resiliencia, la capacidad de la vida de recuperar su continuidad a contracorriente del dolor por la muerte del hijo, el relato que se hace de su “desaparición”, y el recorrido que incluye por una de las cárceles y centros de tortura del régimen, que hoy es un museo en un parque de Quetzaltenango. Sin embargo, las decisiones estilísticas no dejan de introducir una desfamiliarización del argumento. Nos hacen sentir que hay algo que no está bien en la normalidad que parece haber triunfado sobre el pasado siniestro de una dictadura genocida. 

Pelo Lindo no es una gran película. Pero creo que este recurso es un hallazgo, en particular frente a opción de La Llorona (Guatemala-Francia, 2019), de Jayro Bustamante, que al recurrir terror para tratar el tema de los desaparecidos hace lo contrario, normalizarlo con su narrativa genérica.

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