Clementina


Por Pablo Gamba 

Clementina llegó a la sección Bright Future del Festival de Rotterdam después de haber ganado la competencia internacional del BAFICI el año pasado. Es la ópera prima en la dirección de cine de la actriz Constanza Feldman y Agustín Mendilaharzu, director de fotografía de La flor (2018), de Mariano Llinás, entre otras películas de El Pampero Cine. Los dos tienen, sobre todo, una carrera en el teatro. 

Esta comedia argentina, que tuvo como antecedente un cortometraje y está dividida en episodios que pudieron ser los capítulos de una serie, es una de las pocas obras del “cine de la pandemia” que trascendió esa coyuntura. Se debe a la manera como trata, en ese marco, la cuestión de la convivencia de una pareja y la incidencia de una crisis social nacional en la no peyorativamente llamada “pequeña burguesía”. 

Clementina, la protagonista, queda “atrapada” por el confinamiento en el departamento que alquila su novio, Guillermo, lo que fuerza a la pareja a la convivencia aún en los comienzos de la relación. Algo que se destaca en la representación de la relación es la falta de expresiones de afecto, lo que parte de la búsqueda de un humor físico, absurdo y seco, que evita presentarse como evasión en situaciones difíciles. 

En la puesta en escena no hay solución de continuidad entre la representación realista y aspectos exagerados del departamento que expresan el estado psicológico de los personajes por medio del espacio y diversos objetos. Pero todos esos son recursos que el cine tiene en común con el teatro, del que se alejaría en el uso de efectos de sonido que recuerdan las películas de Jacques Tati. Lo que resalta aquí entre las posibilidades cinematográficas es la integración de lo documental a la ficción como consecuencia de los problemas de agua y luz del edificio. Clementina se convierte, así, en una película de filtraciones, agua que no sale de las canillas, un sótano que se inunda y los consecuentes cortocircuitos. 

Sin embargo, no es solo otra comedia donde todo se rompe sino también una en la que las cosas se reparan y en la que lo fundamental no es la recomposición de la relación de pareja –el lugar común del “rematrimonio” en la comedia romántica de Hollywood–. La cuestión del reflejo de lo psicológico en el espacio tiene una vuelta de tuerca notable en Clementina, porque el proceso de transformación de la niña-mujer protagonista en una persona madura es también construcción en un sentido literal: aprender a frisar y pintar, por sí misma, una suerte de albañilería del yo. 

Hay algo sintomático también en esta película por lo que respecta a la clase social arriba mencionada y que se relaciona con las numerosas mudanzas que se ven en Buenos Aires al final de la historia, todas ellas contextualizadas en la crisis económica que acompaña a toda epidemia como la del COVID-19. La cuestión inmobiliaria, que comprende reuniones de copropietarios, la terminación inesperada de un contrato de alquiler y firma de otro, no puede dejar de vincularse con la importancia que tiene la vivienda como base de la estabilidad material de los que por esa vía cuentan con una renta que les ayuda a vivir en la edad del retiro, o es una herencia que les da cierta libertad al quitarles una presión económica de encima o, simplemente, ganan lo suficiente para poder vivir alquilados, aunque no alcance para convertirse en propietarios de una casa. 

Este es el principal flanco por el que las crisis económicas les mueven el piso a los que no pasan hambre, y les revela que la distancia social que los separa de los más pobres es infinitamente menor que el abismo entre ellos y los más ricos, aunque parezca que esta última es la vida ideal. Pero, igualmente hay síntomas de una esperanza que esa misma clase necesita en Clementina

La integración de los personajes a la sociedad es un tema característico de la comedia y la protagonista de esta película va encontrando a su alrededor, en el prójimo trabajador, gente que, a contramano de las relaciones de desconfianza y competencia que genera el capitalismo y que reproduce su cine, conforman una red dispuesta a darle apoyo con generosidad. Hay un obrero que comparte su conocimiento del oficio como si fuera un bien común y una familia de inmigrantes rusos entre estos personajes, lo que no pareciera del todo caprichoso relacionar con la esperanza de otro mundo posible que en tiempos lejanos conquistó el proletariado en ese país. 

En detalles como estos Clementina trasciende también su realismo inmobiliario sin solución de continuidad aparente con una fantasía que alza el vuelo desde los materiales de construcción, como con alas manchadas de pintura y húmedas de transpiración. Es la parte de fabulación que la distingue como una película de El Pampero y que tiene, por tanto, entre sus fuentes el fantástico literario del Río de la Plata. A esto se debe, sobre todo, que haya podido convertirse en ganadora de un BAFICI en el que no tuvo grandes competidoras, lo que también hay que atribuir a los estratos en el cine de la pandemia del COVID-19.

Esa nota es una versión diferente de la que se publicó originalmente en Desistfilm.

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