Presente y Las máquinas tristes


Por Pablo Gamba 

Las plataformas de streaming públicas se multiplican y con ellas mejora la frecuencia del acceso libre a películas para las que se abren pocas “ventanas”, como las llaman. Es el caso de varias de las que participaron en la Bienal de la Imagen en Movimiento (BIM), en Buenos Aires, en noviembre, y que volvieron a estar disponibles hasta el 2 de enero en la página web de Lumiton, la sede de los estudios de cine argentinos reconvertida en centro cultural. 

Quisiera detenerme aquí en dos cortometrajes que integraron el programa y que tienen en común que se hicieron con material encontrado Presente (Ecuador, 2021), de Moly Bravo, y Las máquinas tristes (Argentina, 2021), de Paola Michaels. La primera es un trabajo estudiantil; la segunda, obra de la realizadora de varios cortometrajes destacados, que usó found footage en Los propios recuerdos (2015) y compitió en el más reciente BAFICI con Los sensibles (2022). 

Presente es expresión de algo que raramente se manifiesta: una rabia lúcida. Recuerda a cinco personas que murieron en las manifestaciones contra las políticas del gobierno de Lenín Moreno en Ecuador: Daniel Chaluisa, Rodrigo Chaluisa, Silvia Mera, Francisco Quiñónez e Inocencio Tucumbi. Pero lo resaltante es cómo problematiza la representación de los conflictos sociales. 

El cortometraje de Moly Bravo fue hecho con un fragmento encontrado de película no identificada de 35 mm, dispuesta en el plano de una manera que recuerda filmes como Little Dog for Roger (1967), de Malcolm Le Griece, por ejemplo. Pero trasciende el interés que puede despertar la materia físico-química por sí misma o por analogía con la memoria. 

Lo que llama la atención de Bravo es cómo el objeto inanimado que es la película produce imágenes en movimiento que nos engañan. No se trata de la puesta en escena, la composición, el montaje y la subtitulación –a falta de sonido–, materia habitual del análisis del film, sino de explorar las características del soporte en los que las imágenes se fijan como fotogramas, y las perforaciones que permiten que esta corra por el proyector y lo filmado cobre “vida”. 

Hay una ácida ironía en esto, porque lo que se pone al descubierto es el artificio de una representación artificiosamente espectacular. Aparecen en los fotogramas, animados con la técnica del stop motion, un grupo de hombres, vestidos como militares, que se encuentra con grupo armado de hombres y mujeres vestidos de un modo “tradicional”. No se reproduce el sonido del metraje encontrado, pero los subtítulos indican que no está hablado en español. Entre ambos grupos se desencadena un tiroteo. 

El “presente” del título hace referencia a la materia fílmica que esconden las “presencias” fantasmales que produce en la pantalla. Pero, por su referencia a una consigna que es lugar común en toda Latinoamérica, junto con la música añadida, disparó en mí también una asociación con algún tipo de guerrilla andina, aunque el grupo parece, más bien, de contrabandistas. Creo que justo de eso se trata: de llamar la atención sobre cómo se forjan representaciones fantasiosas acerca de las luhas populares, para mal o para bien, en defensa del sistema o con la intención de echarlo abajo. 

Contra esto se levanta aquí un gesto que consiste en tallar una verdad en el soporte de las imágenes falsas, escribir raspando los nombres de los muertos en un conflicto real. También cambia el papel del espectador, al que esta interpelación hace protagonista, responsable de pensar y tomar decisiones. 

Ver después Las máquinas tristes es dar un giro de esta rabia hacia el humor. Lo que Paola Michaels hace con el material que trabaja es un mockumentary, y para ello se apoya irónicamente en las convenciones del documentalismo que suelen seguir los filmes de compilación. 

La película está hecha con material digital proviene de búsquedas en Internet. Esto conlleva una subversión de las normas que protegen la “propiedad intelectual” de aquello a lo que cualquiera tiene acceso libremente y puede descargarlo de plataformas como Youtube. 

El absurdo de las restricciones se percibe agudamente en las prácticas que se han establecido entre los cineastas para “justificar” el uso no autorizado que, desde el punto de vista de los “propietarios” de las imágenes, constituye un robo. La más común es incluir una lista pormenorizada de todas las fuentes de las que se tomó sin permiso el material y alguna nota que apela a un borroso derecho al “buen uso”. Quizás la parte más cómica de películas como esta son los largos textos que se incluyen, en consecuencia, al final. 

Ya sea dentro de la ley o al margen, Las máquinas tristes tiene como protagonistas a diversos prototipos de robots en pruebas que ponen de manifiesto el avance en la empresa de imitar el comportamiento humano. Michaels hace que los aparatos hablen, usado para ello diversas “voces” de programas de lectura de textos, lo que también los dota de una expresión cómicamente mecánica. El montaje imagen-sonido establece “diálogos” entre los “testimonios” de robots representadas en planos diferentes, sin continuidad del espacio. Es un lugar común del documentalismo, pero aquí transmite una impresión de comunicación mental. En otros planos parece que las máquinas conversan del mismo modo aunque están juntas en la escena.
 
Pero los robots no se humanizan aquí solo porque tienen voz sino también porque hablan del fracaso y de los consecuentes traumas psicológicos. Esto tiene como respuesta cómica dos intervenciones del psicoanalista Jacques Lacan, tomadas también de Youtube, que se añaden a la referencia, en el título, a otra figura de prestigio en la Academia: el filósofo Gilles Deleuze. 

Lacan habla de síntomas, y en esta película se desarrolla, hasta sus posibles consecuencias últimas, una variante irónica de un mito de la ciencia ficción sintomático de la alienación. Las máquinas que cobran vida propia se convierten en seres inseguros y angustiados al humanizarse, no en criaturas de la tecnología que se vuelven contra sus creadores, como el monstruo de Frankenstein, o que se apoderan del mundo, como las máquinas en la serie Terminator

Lo que resulta de esto parece ser, esencialmente, un fino divertimiento que se basa una combinación de humor inteligente y cultivado con el sentido del ritmo que exige toda buena comedia. Pero yo relacionaría la burla irreverente del “progreso” con la violación de las restricciones que la “propiedad intelectual” trata de imponer al uso de lo que de facto es de todos por el progreso sin comillas. Percibo en esto un gesto de protesta, como el que hay en Presente.

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