Aribada


Foto de Camo Delgado

Por Pablo Gamba 

Aribada (Colombia-Alemania, 2022) ganó el Premio Talento Emergente en el Festival de Oberhausen el año pasado. El cortometraje codirigido por Simon(e) Jaikiriuma Paetau y Natalia Escobar se estrenó en el Festival de Cartagena y estuvo en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes, y también en los festivales de Londres, Nueva York y Guanajuato, México. 

El interés de Paetau como artista se centra en la descolonización desde una perspectiva queer. Esto significa enfocarse en la sexualidad, en el enfrentamiento con la hegemonía de lo cisgénero y lo heterosexual, además de rechazar la “traducción cultural” de la antropología. El dúo codirector trabaja aquí con un colectivo del pueblo embera de Colombia, Las Traviesas, integrado por mujeres trans que los criollos y los indígenas rechazan por su sexualidad, y que viven en un país de violenta transfobia. La temática se traslada así de su contexto de representación habitual, que es urbano, blanco, europeo y moderno, a un mundo rural, indígena y tradicional. 

Aribada es también una película “trans” por sus deslizamientos de la ficción al documental, y de lo narrativo a lo onírico y lo ritual. Es algo que la diferencia, por ejemplo, del largometraje documental Señorita María, la falda de la montaña (2017), de Rubén Mendoza. 

Pero no hay que confundir esto con lo “híbrido”, ese lugar común, desafortunado por su vaguedad, que hoy se usa tanto para describir, como si alguna ve hubiera sido una rareza, la conjunción del documental con la ficción. Aquí se trata, sobre todo, de una estrategia para dar cuenta de la resistencia que lo real ofrece a toda mirada que actúa como colonizadora en tanto pretende documentarlo. 

El comienzo puede dar la falsa impresión de ser claro, didáctico incluso, aunque exige al espectador una intensa actividad para entender conectando los fragmentos. Los movimientos de las copas de los árboles, en un gran plano general, transmiten la idea de que se va a contar una historia que se oculta. La manera como un personaje masculino ve a una mujer trans que pasa frente a él, camino a una casa, trae a colación el rechazo social. La inserción de un plano de otro hombre, con el rostro cubierto con un pañuelo y un machete desenvainado, representa simbólicamente una violencia escamoteada en lo narrado, con un fondo sonoro de perros que pelean. 

La mujer, acostada, tiene raros sueños cuando duerme en una habitación llena de imágenes católicas vistas al revés desde su perspectiva, lo que vincula la religión de los colonizadores con el miedo y la violencia. Después viene un “diálogo” que es claramente un modo de insertar testimonios sobre la cuestión trans. Pero toda esta aparente claridad se rompe, como una imagen religiosa que cae al piso sin causa visible, con la irrupción del imaginario onírico y de la cultura embera, enigmático para los no indígenas. 

Las Traviesas también son representadas de una manera fragmentaria, en las diversas facetas de su realidad como agricultoras o de la vida posible que imaginan. Se las ve en viajes de ida y vuelta en jeep a los cafetales, trabajando en la recolección de café o desgranando maíz, como vendedoras de artesanías que ellas mismas hacen y también trabajando de noche, en una cantina. 

Todo eso entra dentro de la manera de entender la identidad personal como polifacética y cambiante, según los diversos contextos en los que se desenvuelve un yo que trata de integrarse a la sociedad, a pesar de la discriminación, y conjugando lo tradicional con lo moderno, las circunstancias reales con las aspiraciones. En el marco del cine indigenista actual, es algo que se enfrenta con los intentos de asignar a estas personas una identidad auténtica que se pierde cuando la contamina aquello que no se considera propio de su cultura, lo que no es sino otra expresión del encubrimiento que en realidad es el “descubrimiento” y que ha acompañado siempre a la colonización. 

Pero esta no es una película de personajes que afrontan como personas individuales la transfobia, además de otros problemas que acarrea su identidad étnica. El yo del individuo se trasciende en el nosotras del colectivo, que en sus rituales se apropia de una tradición ancestral pero que no está en la pureza de un pasado al cual se retorna continuamente en la concepción cíclica del tiempo que también se les asigna a estos pueblos. Por el contrario, Las Traviesas renuevan su cultura emberá con el giro trans y moderno que se proponen darle, y la proyectan hacia un futuro posible. 

Hay que preguntarse, sin embargo, si las rupturas que marcan lo onírico y lo ritual con respecto a las convenciones del documentalismo y la “traducción antropológica” no plantean aquí un problema. Cabe la duda de si podría tratarse o no de una película que llamó la atención en Cannes y Oberhausen por exótica, cuya estética “queer” ha sido “exportada” a Latinoamérica. 

La respuesta a esta pregunta y duda legítimas está en los detalles enigmáticos que problematizan la representación, como ocurre con los sueños. También en la escenificación de los rituales, aunque un personaje explica en una performance lo que es el monstruo de la Aribada. No hay que olvidar que la película pone al espectador a trabajar intensamente con la información que le da, y no siempre es posible encontrar respuestas. Plantea de este modo las interrogantes que Bill Nichols considera propias de la “modalidad performativa” de representación de lo real: ...“¿qué es conocimiento? ¿Qué es lo que se considera entender o comprender?” 

De allí la importancia de lo queer en este cortometraje. Lo “extraño”, como se traduciría literalmente esta palabra inglesa, se constituye aquí, paradójicamente, en lo humanamente común, el puente que los espectadores urbanos, blancos, de cultura europea y modernos pueden tender hacia los personajes indígenas rurales de Aribada, reconociendo en sí mismos una opresión similar por lo que al patriarcado respecta. También lo iluminador de desplaza al lugar de los que suelen ser representados como iluminados por la cultura colonizadora, puesto que son ellos los que encuentran aquí la capacidad de imaginar un futuro distinto, de hallar lo utópico en sus tradiciones, y de mostrarnos cómo es posible hacer eso, aunque nos cueste creerlo.

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