Del clásico edulcorado a una sombría interpretación

Por Thalia Guerra Carmenate 

Las aventuras de Pinocho (1883), de Carlo Collodi es una obra literaria que ha contado con numerosas adaptaciones al comic, al teatro y al cine. La más reciente es Guillermo del Toro’s Pinocchio que, si bien puede no ser considerada una producción latinoamericana, su aclamado director es de los más galardonados y reconocidos de la región durante las últimas décadas, de ahí que el filme devenga tema de interés para cualquier cinéfilo, ya sea detractor o defensor del prestigio –ya decadente, y esta es una opinión cada vez más extendida‒ de la Academia. 

Del Toro ha logrado disímiles nominaciones en los certámenes cinematográficos más importantes de la industria en los últimos años. Cronos (1993), El laberinto del fauno (2006) y The Shape of Water (2017) son algunos de sus largometrajes más exitosos, siendo este último el que lo galardonaría como Mejor director en los Óscar. 

Luego de un recorrido de cuantiosos honores y reconocimientos por su carrera, el 15 de octubre de 2022, en el Festival de Cine de Londres, se lanza con una propuesta producida por Netflix que resulta osada en numerosos sentidos. Lo primero es que de la historia de Collodi ya existía la adaptación de 1940 de Disney, animación en 2D con la que varias generaciones hemos crecido. La imagen por antonomasia que muchos conservamos en la memoria es justo la de ese Pinocho, una imagen prefijada desde la niñez que a estas alturas resulta difícil suplantar. 

También hay otra particularidad: el año 2022 fue además escenario de estreno para otra versión de la historia del niño de madera, se trata de un live action en el que se unieron, una vez más, Robert Zemeckis y Tom Hanks (anteriormente habían trabajado juntos en Forrest Gump (1994) y en Cast Away (2000)). La buena reputación de la dupla no fue suficiente para salvar el proyecto de ser un fiasco ni para impedir que, poco después de su estreno quedara relegado. Quizá seguir hostigando al mismo personaje en este panorama resultara temerario, pero ya Del Toro y un equipo numeroso llevaban alrededor de una década trabajando en la cinta debido a la exigente labor artesanal, y a pesar de todas las dificultades que se presentaron con el financiamiento la empresa pudo llevarse a cabo. 

La estética del filme es acorde a creaciones anteriores de su director. El estilo de animación en stop motion y la paleta de colores con tendencia sombría establecen una distancia enorme con la visualidad de su antecesora. Se puede decir que se va alejando de lo que suele entenderse como un largometraje infantil convencional. El propio director asegura que no fue pensada como una película para niños, pero sí para que estos la pudieran ver. El tratamiento de la muerte es de los principales factores que contribuyen a acrecentar estas diferencias. 

Es bien conocido el hecho de que el director es mexicano y para nadie es un secreto que la concepción tradicional que los mexicanos tienen de la muerte es bien distinta a la que existe en otros lugares. En su imaginario está construida no como el fin absoluto y definitivo del individuo sino como una posibilidad de continuación que poco tiene que ver con la materialidad corpórea de la vida. Un ejemplo del cine de animación reciente que aborda esta temática centrándose en las festividades del Día de Muertos es Coco (2017), aunque lo hace de forma más sutil y asimilable para los niños. 

En Guillermo del Toro’s Pinocchio la narración comienza in media res y desde el inicio se presenta a Sebastian J. Cricket (Ewan McGregor) como personaje narrador de la historia, dentro de la cual funcionará como alivio cómico en más de una ocasión. La muerte es un espectro que recorre la cinta de principio a fin. El preludio antes de la aparición de Pinocho (Gregory Mann) es la muerte de Carlo (Gregory Mann) y un acercamiento a la relación paterno-filial con Geppetto (David Bradley) que se ve afectada por el contexto histórico-político en el que se ambienta la trama. 

Del Toro escoge nada más y nada menos que uno de los episodios más lamentables de la historia de la humanidad como escenario para su ficción, el mismo marco histórico en el que Disney lanzó su ya referida segunda producción animada (después de Blancanieves y los siete enanitos (1937)), la Segunda Guerra Mundial. El relato se desarrolla específicamente en un pueblito de Italia para, de paso (y no lo digo porque lo haga de manera superficial, sino porque no es el eje temático del filme), rozar el fascismo de Mussollini como elemento externo que influye y condiciona la vida de los personajes. 

El fallecimiento de Carlo se da como un evento fortuito: los aviones no tenían el pueblo como blanco de ataque, lanzaron las bombas para aligerar peso de regreso a la base. A partir de ahí la vida de Geppetto se sumerge en un estado de depresión, este es otro de los elementos que considero curioso dentro de una película –aparentemente– para niños. No se enfoca la pérdida solo como algo triste, se enfoca como el evento desgarrador que representa para un padre el fallecimiento de su hijo casi delante de sus ojos. La cámara, sin tapujos, se regodea en mostrar a un padre que ha abandonado su vida y se ha sumido en el alcohol. 

La escena de la creación de Pinocho es de las más aterradoras y oscuras, tanto porque el carpintero se propone “hacer a Carlo de nuevo” como por la violencia y brusquedad de sus gestos, la ira en sus facciones, la ambientación de la escena con lluvia y relámpagos, los planos en contrapicado, los hachazos que no se muestran y solo se refieren a través de las sombras. Un momento simbólico –y es que los instantes así son abundantes‒ es cuando, una vez terminado el cuerpo de madera, Geppetto lo coloca en la mesa de modo que coincide con la foto de Carlo encima, como si fuera su cabeza. 

Es probable que Geppetto sea el personaje más complejo de todos los que se presentan, y esta complejidad creo que viene directamente de su construcción realista. En lo físico, fue difícil de concebir (tuvieron que hacer varias figuras) puesto al envejecimiento progresivo que se percibe gracias al cuidadoso tratamiento de los detalles. En lo interno, a nivel de desarrollo, como ya se explicó, es un sujeto conflictuado que responde como tal ante la situación en que se encuentra. 

La llegada de Pinocho, que en realidad podría tomarse como la reencarnación de Carlo, tiene la función de salvar a Geppetto. La mayor diferencia entre esta obra y la de 1940 es que en esta, Pinocho nunca se convierte en un niño de verdad, él no debe cambiar para merecer la aceptación y el cariño de su padre, por el contrario, es este quien debe aprender a amarlo tal y como es, lo cual se configura como uno de los mensajes más hermosos del filme. 

La relación de Pinocho con la muerte no es solo en lo referente a su suerte de inmortalidad. Al final de las casi dos horas de metraje se muestra que es él quien tiene que lidiar, por un lado, con la muerte del padre, y por el otro, con las de Sebastian y Spazzatura (Cate Blanchet), quienes se habían convertido en su familia. La visión final es la de un personaje que acepta la pérdida y toma ese punto de inflexión para comenzar una nueva vida. En este sentido hay un contraste claro con la actitud del padre: ambos tienen modos distintos de afrontar la pérdida. 

La educación católica que recibió Del Toro influyó sobremanera en la elaboración del guion a la hora de abordar la analogía entre Pinocho y Jesucristo. En la ficción ambos están hechos de madera, fueron construidos por la misma persona y en momentos diferentes pierden el brazo izquierdo. Por otro lado, en la religión, la resurrección es un tema inherente a la figura de Jesús; y Pinocho, por su parte, renuncia a la inmortalidad y resucita definitivamente en su última oportunidad de vivir, no para ascender a los cielos como su homólogo, pero sí para salvar a sus seres queridos. 

El propio Pinocho se compara con la escultura de la iglesia cuando ayuda a repararla: “Todo el mundo lo quiere. Todos le estaban cantando y está hecho de madera también. ¿Por qué a él lo quieren y a mí no?” Esta inquietud se escuda detrás de la inocencia: Pinocho, como niño al fin y al cabo hace preguntas que en boca de otros pudieran resultar incómodas, y en este caso se trata de una interrogante válida. 

A pesar de que el cineasta hace uso de una mezcla que se ha convertido en uno de los sellos característicos de Disney, animación y musical, la distancia entre una y otra, como se ha ido viendo, son más que notables. Muchos se atreven a afirmar que la producción de Del Toro es más fiel a la ficción literaria que la creada por la afamada compañía en cuanto al modo un tanto descarnado de exponer los hechos, y lo destacan como una de las mayores fortalezas que posee. No obstante, esta cuestión no puede ser más insignificante. ¿Acaso la calidad de una adaptación se halla en su fidelidad con respecto a la obra fuente? El crítico norteamericano Robert Stam teoriza sobre el tema y explica: 

“Con mucha frecuencia, el discurso sobre la adaptación reinscribe sutilmente la superioridad axiomática de la literatura sobre el cine. Se puede decir que gran parte de este discurso se ha enfocado en el muy subjetivo asunto de la calidad de las adaptaciones, en lugar de enfocarse en asuntos más interesantes, como por ejemplo: (1) el estatus teórico de la adaptación y (2) el interés analítico de las adaptaciones”.1 

Es decir, se debe tomar la adaptación no como una obra dependiente sino como una nueva y autosuficiente.2 La genialidad de este nuevo Pinocho no debe asentarse sobre argumentos de esta clase. Estamos en presencia de una creación cinematográfica que se sustenta por sí sola y funciona perfectamente como obra autónoma. Cuenta con numerosas cualidades estéticas y argumentales que la hicieron merecedora del Globo de Oro el pasado 11 de enero y que, además de ello, la convierten en una fuerte candidata para optar por el Óscar a Mejor película animada el próximo 12 de marzo.   

Notas 

1.  Stam, Robert: Teoría y práctica de la adaptación, 2004. (Edición digital) 

2. Exceptuando el caso de las adaptaciones críticas

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