Conversación con Irene Gutiérrez


Por Pablo Gamba 

Irene Gutiérrez es una documentalista española nacida en el enclave de Ceuta, en África, pero es parte del cine independiente cubano actual con dos largometrajes: Hotel Nueva Isla (2014) y Entre perro y lobo (2020). También ha sido codirectora en la isla del Máster en Cine Documental de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños. Su interés por los personajes y su relación con el espacio la ha hecho realizadora un cine de profundidad sobre la Cuba actual y los cubanos que resulta excepcional en un contexto plagado de clichés que contaminan estos temas. 

Hotel Nueva Isla, codirigida por Javier Labrador, se estrenó en el Festival de Rotterdam, fue parte de la Documenta Madrid y ganó la competencia iberoamericana de Docs DF. Es una película sobre un hombre maduro, en la fronera ya de la vejez, que es uno de los ocupantes de un viejo hotel abandonado de La Habana donde viven personas sin hogar. Esta película es parte de la selección del Festival de Cine Independiente Cubano online que puede verse gratis en Argentina, Uruguay, Chile y Perú hasta el 6 de abril. 

Entre perro y lobo tiene como personajes a tres excombatientes internacionalistas en la Guerra de Angola. Cuba tuvo una intervención importante en ese conflicto, entre 1975 y 1991. Aportó alrededor de 450 000 soldados, ingenieros, médicos y maestros para ayudar al gobierno del MPLA, que combatía contra dos guerrillas opositoras apoyadas por los Estados Unidos, y también por Zaire y la Sudáfrica del apartheid. La película se estrenó en el Forum del Festival de Berlín, fue la ganadora del Festival Miradas Doc, y ha sido galardonada en el Festival de Gijón y en Black Movie, en Suiza. 

También es relevante Entre perro y lobo porque en ella participaron varias figuras importantes en el cine independiente cubano de la actualidad: Lisandra López Fabé, como coguionista junto con la directora; Rafael Ramírez, en la música, y Alejandro Alonso, como asistente de dirección. Son jóvenes que tienen en común con la directora sus estudios en la EICTV. 

Hay algo que me hizo escoger a estos personajes. Es el hecho de que entregan su vida a un proyecto mayor que ellos mismos. Eso lo vemos escasamente hoy en día


—¿Cómo conociste a los personajes de Hotel Nueva Isla y Entre perro y lobo, y por qué te llamaron la atención? 

—Creo que se trata de un mismo perfil: son personas que ayudaron a construir la Revolución Cubana con sus manos y su esfuerzo, y al final han quedado relegados a los márgenes. Son como los outsiders de la Revolución Cubana. 

—Hay una frase que dice que la revolución devora a sus propios hijos, y en este caso es un poco igual. Unos son los veteranos de una guerra lejana y ajena, que hoy en día no tienen mucho reconocimiento de lo que hicieron. Jorge estuvo tres veces en la zafra [trabajo voluntario en la cosecha de caña de azúcar], fue alfabetizador y vive en esas condiciones. Mi interés, básicamente, era capturar a esas personas que, con fe en ese proceso revolucionario, lo dieron todo y no han obtenido a cambio lo que ellos esperaban. 

—Gran parte de la información acerca de esos antecedentes de los personajes no está en la película. Esto me lleva a preguntarte qué trabajo esperas que haga el espectador no cubano, o que no conoce Cuba ni personajes como esos. 

—Eso fue un aprendizaje. Hay que introducir más background y más contexto porque un espectador que no esté relacionado con el pasado histórico y los pormenores de la Revolución Cubana no tiene por qué saberlo. Una cuestión es cómo introduces la información necesaria, si es por texto, por entrevistas… Es una cuestión, llamémosla así, de narrativa o storytelling que podría ser mejorable, lo reconozco, y un poco más amable para con el espectador 


Hotel Nueva Isla

—Por otro lado, también había una decisión de salto al vacío en la propuesta narrativa y estética, en el sentido de que estés inmerso en el aquí y ahora, y entiendas ese vacío de un presente que no está conectado con nada. Son personas que viven como en un limbo. En ese sentido, no iba a introducir mucha más historia, para que la gente encarne ese mismo limbo en el que ellos viven. Entre una cosa y otra, al final como que me he quedado a la mitad. 

—Pienso que en el caso de Jorge sí está más cerrado eso, por los detalles, por su grado militar, pero en futuras películas voy a intentar ser un poco más amable con el espectador. El equilibrio entre el ambiente, la atmósfera y la información necesaria es muy frágil. Tampoco quiero trabajarlo didácticamente, pero a veces siento que un par de paletadas en el lienzo podrían haber ayudado al espectador a sentirse más cercano a esas personas y a entender sus sentires, en tanto saben más de lo que hicieron en el pasado; incorporar un poco más de información de base para entender la particularidad de esa generación de revolucionarios y cuál fue específicamente su contribución, qué es lo que hicieron, en qué actividades estuvieron involucrados, y todo eso. Hay algo que prender ahí de mi parte. 

—A mí me parece que esa falta de background es buena para el espectador que se acerca a una película sobre Cuba con toda la carga de lo que muchos creen saber de la isla. Hay que tener en cuenta que hay gente que trata incluso de explicarles Cuba a los propios cubanos, y eso puede descolocarlos. 

 —En el caso de Entre perro y lobo, hay que gente que ha escrito críticas en Letterboxd o me han dicho después, en el Q&A: “Tú asumes que nosotros sabemos en qué consistió la intervención cubana en Angola”. Si bien es cierto que no hace falta contar la historia, porque ahí está Wikipedia, a lo mejor algún testimonio más hubiera sido importante. De hecho, había un testimonio más, pero era durísimo. Tampoco quise caer en pintarlos como mercenarios o gente que había matado. Ahí creo que me censuré yo un poco más que ellos. 


Entre perro y lobo

—Es un equilibrio muy frágil entre el texto y el contexto, y cada película requiere un aprendizaje. En el caso de la intervención cubana en Angola, es cierto que es un conflicto muy poco conocido y que hubieran venido bien algunas pinceladas sutiles más. Nada Wikipedia, nada didáctico o pedagógico, pero sí, quizás, algún testimonio más de ellos o algún tipo de conversación en el fuego en la que hicieran referencia a aquellos años en los que no podían dormir por la metralla nocturna, por el asedio del ejército sudafricano contra ellos para su inestabilidad mental. Ellos me decían eso por fuera. Les costaba decirlo cuando estábamos grabando. Las entrevistas personales eran muy ricas pero, al prender la cámara, eran más escuetos. 

—Los personajes de las dos películas tienen un misterio, que para mí es la fuerza interior que los impulsa a seguir siempre hacia adelante. Quisiera que me hablaras un poco de eso que hace que Jorge no se derrumbe y que los excombatientes de Angola continúen en esa guerra, que al final se vuelve como algo místico. 

—Más allá de la crítica que se puede hacer de personas que ha quedado marginadas del proceso revolucionario que construyeron, como te decía al principio, hay algo que también me hizo escoger a estos personajes. Es el hecho de que entregan su vida a un proyecto mayor que ellos mismos. Eso lo vemos escasamente hoy en día. Quizás esté en los movimientos indigenistas, los movimientos de medioambiente, los de los migrantes, pero hay pocos activismos con el sentido de concebir la vida dentro de un proyecto mayor y darse a ello. Quitémosle la denominación “Revolución Cubana”. Es algo tan hermoso, y de cierta manera está en vías de extinción esta forma de entender el proyecto vital de uno, la vida, a lo que se entrega. Me pareció que esa es la fuerza que los motiva. 

—Más allá de que ellos sepan que todo está perdido o que ya esa era ha muerto, también ellos siguen porque están programados y no pueden dejar de hacerlo. En cierto modo no pueden desprogramarse de todo aquello que en su vida supuso la misión. Llega un momento en que, aunque te quieres desprogramar y quieres basar tu vida en tu propio anhelo particular, personal, como individuo, ya no puedes, porque le has dado cincuenta años de tu vida al proyecto del nuevo hombre latinoamericano, el ser como el Che. Pero esa fuerza que los ha llevado a donde están, despojada de cualquier tipo de ideología, resulta casi un misterio, como dices. ¿Cómo un sujeto puede moverse con esa premisa altruista, si se la quiere llamar así? Eso me parece valorable y me parece hermoso. 


—Estas son películas en las que los personajes se interpretan a sí mismos. ¿Cómo trabajaste con ellos, como actores, esa fuerza interior? 

—Para mí, lo más interesante y más valioso ha sido abrir los procesos creativos hacia las personas que se está representando a sí mismas, de hacerlas partícipes y darles el rol de colaborar, de decidir cómo quieren ser representados. La estructura de la película de Jorge es muy simple: un hombre vive en un hotel, todo el mundo se va y él se queda solo. En el caso de Entre perro y lobo, es un viaje a ninguna parte, al interior de ellos mismos, a sus recuerdos de guerra. Una vez que están las premisas establecidas, que cuesta trabajo, porque es ir al hueso del proyecto, empiezan a surgir las improvisaciones en el set. A veces incluso contradicen lo que estuvo en el guion primeramente, y es cuando el proyecto crece y también se hace de ellos. Ellos se entienden a sí mismos como parte activa y creativa. 

—Es cierto que esto es un riesgo, en el sentido de que puede llevar la película a una deriva, porque el guion se está reconstruyendo en el rodaje, se está grabando en contra del guion escrito, pero ahí aparecen las epifanías maravillosas que tú nunca podías haber imaginado delante de la computadora ni delante del cuaderno. 

—La película es, justamente, una excusa para que ellos revivan esos momentos, se consideren a sí mismos y reflexionen sobre el propio rol de su vida. Sería maravilloso que, por ejemplo, te diga a ti: “Pablo, ahora haces de ti mismo”. De repente empiezas a repensar tu vida, a repensarte como individuo y como parte de una estructura social y política. Debe ser maravilloso ser partícipe de esa epifanía común y poder reescribirte. 


—Hay una secuencia en cada película que yo digo que es la de la autoconciencia: ellos son autoconscientes de lo que son, y de lo que fueron, y de lo que quisieran haber sido y no son. Pueden ser películas con un storytelling menos cerrado, en el sentido aristotélico, mucho más experimentales, más generosas para entrar y para salir para el espectador, pero, por otro lado, tienen esa riqueza de que los protagonistas están reinventando la película en cada momento. 

—En Entre perrro y lobo, por las mañanas salíamos y decíamos: “A ver, ¿cómo están los ánimos hoy? ¿Qué es lo que vamos a hacer? ¿Cómo es el entrenamiento?” Y ellos me decían: “Vamos a hacer ataque aéreo” o “Hoy vamos a hacer samurái”, y empezaban a pelear. La pelea que hay es una pelea real, comenzaron a calentarse los ánimos. Yo era testigo de aquel ritual que los llevaba realmente al pasado, a revivir aquellos años tan duros. Como directora, fue un aprendizaje hermosísimo. 

—Te pregunté por la relación de los personajes con su fuerza interior y ahora te pregunto por la otra parte, la relación de los personajes con el espacio. 

—Para mí, rostro y paisaje son lo mismo, difícilmente son extraíbles. El texto es el contexto y el fondo hace la figura. Jorge y el hotel son lo mismo. No puedes concebir un Jorge fuera de ese hotel, igual que no puedes concebir la Revolución Cubana con otro tipo de arquitectura que no sea esa, más allá de los hoteles de Varadero. 

—En el caso de la Sierra Maestra de Entre perro y lobo, era muy claro que yo quería trabajar allí, para empezar, porque quería romper con todo lo que había hecho en Hotel Nueva Isla: exteriores, más de un protagonista, cámara en mano, etc. Pero, aparte, quería concebir la Sierra Maestra como el kilómetro cero de la Revolución Cubana, el lugar donde también José Martí luchó contra la Corona española y el lugar de las rebeliones contra los imperios. En ese sentido, los personajes son hijos de ese contexto, de ese paisaje. Esos hombres y la sierra son lo mismo. Me parece que el paisaje es un protagonista más de las películas. Eso lo teníamos claro Javier Labrador y yo. 

—Siempre está presente la tensión y el riesgo de perderte en la belleza de la ruina o en la belleza de la naturaleza. Puedes fascinarte y la fotografía puede derivar. Pero nosotros siempre tuvimos muy claro, tanto con Javier Labrador como con José Alayón [directores de fotografía], que el paisaje no tiene más importancia que el rostro de los protagonistas. Hay lugares para el paisaje, pero nosotros no podíamos perder los rostros nunca, porque son el centro de la historia.


 Entre perro y lobo

—Me llama la atención en Entre perro y lobo la referencia al western, porque los personajes son de un universo ideológico completamente diferente. 

—En un momento pensé en un western tropical. Es un género discutido hoy en día, es un género colonial, y me apetecía darle la vuelta, trabajar para decolonizarlo por izquierda. El imaginario lo tenía claro desde el primer momento, y luego vi esos cuerpos de machos alfa, tan bien adiestrados. No lo pensé tan racionalmente en un primer momento, pero los veía como en un film de John Ford, en mitad de una Angola desconocida, tan ajenos por los discursos que me comentaban y las aventuras que tuvieron cuando me hablaban de las armas, los tanques que manejaron, las minas... 

—Santana me dijo: “A mí me dicen de ir a Angola, y yo voy. Tardo dos minutos en hacer la mochila porque me enseñaron a hacerla en dos minutos”. Eso es fantástico, es cinematográfico al cien por cien. En el caso de Jorge, igual. Ves que está flaco, pero está arrancando una lámpara, está fuerte. Están esos cuerpos se resisten a envejecer, como está el mito político que se resiste a morir con todas sus contradicciones. Por ahí me parecía cinematográfico, cinemático, pero también cargado políticamente con un subtexto que, el que lo pueda leer, bien, y el que no, no pasa nada. 

 —Hablas de colonialismo, y naciste en Ceuta. Es una parte muy particular de España. Quería preguntarte por tu vínculo con Cuba como española porque, viniendo de afuera, y de un lugar como ese, has tenido una gran capacidad de compenetrarte. 

—Yo estudié en Cuba del 2002 al 2004; luego, me quedé el 2005. Regresé a la escuela como docente. He estado, en total, como ocho años allí. 

—Mi padre tiene una ideología de izquierda y, cuando yo vi todo el discurso del cine político que se podía hacer allí, contestando al Imperio, me pareció muy interesante, porque vengo de un lugar cuyas dinámicas sociales son colonialistas. Es la mentalidad de unos colonos blancos en el norte de África. Para mí, era un espejo de mi propia relación controvertida con mi espacio de nacimiento y crianza, e intentaba afiliarme a una izquierda que contestaba todo eso. 

—¿Qué ocurrió? Que me di cuenta de que la izquierda es igualmente totalitaria. Por otro lado, el relevo generacional no se ha producido, y es el mayor error de la Revolución Cubana. Entonces, claro, empiezas a pensar que las estructuras de poder son las mismas, las mires del lado por donde las mires, a la derecha o a la izquierda. Es una cuestión de afiliación al poder. 

—Básicamente, me sumergí en Cuba. Tuve la suerte de tener muy buenos compañeros en la escuela, muy buen equipo de trabajo, unos protagonistas generosos. Al final, es escuchar y ser testigo testigo silencioso y humilde de todo lo que pasaba a tu alrededor, deconstruir tus propios mitos y trabajarlos junto con estas personas que, en cierta manera, querían contar su historia, querían dejar su legado. Decir: “Esto así no lo contaron, pero así es como ha sido, y esta es la historia de mi vida”. Creo que cualquier persona podría hacerlo. Simplemente es una cuestión de oídos y de estar atento, dispuesto a tener un buen equipo humano alrededor, y poco más.

El cine independiente cubano es el cine más vivo hoy y es el que está viajando a festivales. Es de un talento libre, desprendido, crítico y, sobre todo, de un gran amor a la patria, Cuba, que no es la bandera del Partido Comunista

—Hablando de equipo, en Entre perro y lobo estuviste rodeada por las que hoy son figuras que se destacan en el cine independiente cubano: Alejandro Alonso, Rafael Ramírez, Lisandra López Fabé… ¿Cómo ves este movimiento y su relación con la EICTV? 

—Todos venimos de la EICTV. Creo que es un espacio santuario dentro de Cuba, donde al día de hoy todavía se pueden contar historias críticas, incluso de la propia Revolución. 

—De esas tres personas, quitando a Lisandra, las otras dos están fuera de Cuba. La juventud cubana está exiliada. Hay un desencanto. Ellos están formados, tienen el talento, son los herederos de esas premisas, pero, al querer reinventarlas, está una generación de ancianos que no deja el poder. Ni siquiera se lo dejan a sus hijos, ¿se lo van a dejar a sus nietos? La generación de Entre perro y lobo, de esos hombres de 55 años, hubiera sido la siguiente generación, y no lo ha sido. Tampoco sus hijos. Entonces, ¿hasta cuándo? 

—A mí me parece que el cine independiente cubano es el cine más vivo hoy, a nivel creativo, y es el que está viajando a festivales. Es de un talento libre, desprendido, crítico y, sobre todo, de un gran amor a la patria, Cuba, que no es la bandera del Partido Comunista. El gran problema del Partido Comunista es que ha confundido bandera con patria. Estos cineastas están desarticulando esa... no sé si sería metonimia... esa vinculación tan absoluta. 

—Rafa, Alejandro y Lisandra son directores, guionistas, creadores que están dando obras de las que hablar y que acaban de empezar. Hay que estar muy atentos a lo que hacen, porque tienen un gran talento y una mirada muy particular, muy personal. Fueron de un gran valor para Entre perro y lobo. Animo a todo el mundo a que estén atentos a sus nuevos trabajos. 

—Alejandro tiene dos largos en la manga y ha ganado varios premios con sus dos últimos cortos. Rafa Ramírez está en Grecia y está desarrollando un proyecto. Está trabajando también con cuestiones de exploración sonora. El cine independiente cubano, podemos decir, es el cine cubano hoy en día y, desgraciadamente, básicamente es un cine en el exilio. 


Hotel Nueva Isla

—Tengo una última pregunta, tratando de rescatar a una gran figura de generaciones anteriores que fue fundadora de la EICTV: ¿habrá algo de la herencia de Fernando Birri en todo esto? 

—Siempre. Ahí están todos. Nosotros nos formamos con Tire dié (1960) y para nosotros son los maestros del cine social. Hablamos de Solanas y del documental político, activista. 

—Hay una cuestión interesantísima: ha habido una generación de cineastas, en la que yo me puedo introducir, que en un momento dejamos de hacer entrevistas. “Las entrevistas no son cinemáticas, estéticamente son de un documental social viejo y no las vamos a hacer”, decíamos. Ahora empiezo a pensar qué tan necesario es hacer cine político y recurrir de nuevo a esos paradigmas para reinventarlos sin olvidarnos de todo lo bueno que ellos tenían, que era estar ahí y ahora, y recoger el testimonio visual y verbal. 

—Creo que la fuerza de ese cine de los sesenta, de un Solanas, de un Glauber Rocha, de un Birri, de un Julio García Espinosa, en sus primeros momentos, y, por supuesto, de un Titón [Tomás Gutiérrez Alea], es indiscutiblemente valiosísima y nos ha arropado a todos. Nosotros, todos, hemos bebido de ese cine, de esas fuentes, y los reconocemos como maestros.

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