Mamá

Por Claudia Arteaga

Mamá es el primer largometraje de Xun Sero, cineasta del pueblo Tsotsil de la comunidad de Oxinam, en los Altos de Chiapas, México. Estrenada en el Festival del Hot Docs hace un año, la película continúa su recorrido y acaba de ganar el premio del público en el festival Cinélatino de Toulouse, Francia. 

Si el título de por sí anuncia un documental de corte íntimo, el resultado es una pieza basada en el acompañamiento recíproco, y no solamente la relación, entre Hilda, la “mamá”, y Xun, su hijo y director de la película. Un acompañamiento que, cabe decir, tampoco se cierra en sí mismo. De ahí que Mamá sea un documental sobre las fracturas personales, familiares, colectivas, pero también sobre las causas de esas fracturas y su posibilidad de sanarlas en conjunto. Todo un abordaje que tiene el trasfondo desgarrador de un pasado de violencia machista, el de Hilda, que la película en sí misma, como proyecto estético y ético, se resiste a perpetuar. 

La primera escena remite a las conversaciones alrededor del fogón que surgen en las familias tsotsiles, como en otros pueblos y comunidades campesinas, mientras se cocina. La fotografía de José A. Jiménez y del mismo Sero, centrada en el fogón en esa escena, retardan la aparición del rostro de Hilda. De ella tenemos algunos movimientos, pero sobre todo su voz dirigiéndose a su hijo para educarlo y educarnos ‒hombres y mujeres tsotsiles y no‒ sobre lo aprendido en carne propia. Mientras la voz de Hilda es serena, su relato sobre la violencia feminicida sufrida es aterrador. Las frases iniciales de Hilda nos hincan, pero sin fracturarnos. Después de todo, son palabras para el hijo quien, luego sabremos, busca como gesto retribuidor de amor y cuidado ser fuertemente autoreflexivo, para no darle crianza al niño que alguna vez quiso ser, y que fue hasta cierto punto, como los agresores adultos de su madre. 

Tal gesto reparador de parte de Sero hacia Hilda apunta a la vez a su película en forma de pregunta: ¿cómo hacerle justicia con mi arte a mi mamá, mi hermana o mi amiga, a alguna mujer a fin de cuentas, sin que eso resulte en otra película más de un hombre sobre las mujeres? Si esa escena nos invita a recibir, como Xun, las lecciones de Hilda y sumergirnos así en una película que contiene el relato de su vida, su rostro fuera de campo en este inicio encarna esa pregunta que involucra al documental como un todo, como quehacer estético y ético en sí mismo. 


La siguiente escena es potente en confirmarlo, cuando la calabaza que Hilda parte con un machete sobre la mesa de cocina es motivo para una interacción en off entre la tía y Sero, en donde esta hace que el director pierda el control de su escena. El cuerpo de Hilda desenfocado y luego ya no, aparece progresivamente en toda su integridad, riendo por la comicidad de la escena, como metáfora complementaria de la propuesta del documental. Mamá no es solo película sobre violencia machista sino sobre el cuidado y el coraje que son necesarios para salir adelante, para despatriarcalizarnos y también posar esa inevitable tarea en la realización documental. 

Estas escenas que son previas a la aparición del título funcionan como síntesis de lo que vendrá visual y sonoramente. Por momentos, la película es contemplativa con respecto a la naturaleza del campo, en donde el trabajo comunal y el acompañamiento entre mujeres, como en el ámbito doméstico, toman cuerpo. Las tomas de mujeres, madres y trabajadoras en las calles y plazas, ya en la ciudad, conservan el mismo tono, pero con el efecto de pluralizar el relato de violencia de género en Mamá sin quitarle del todo especificidad. Porque las disparidades sociales de género, raza y clase, del mundo no-indígena ante el tsotsil, no sirven del todo para dar cuenta de la violencia que tsotsiles, hombres y mujeres, recrean entre ellos.

Frente a lo visual destacan los diálogos en off y voice over, que siguen en la línea de desarrollar este aspecto. Ese relato sonoro, carente de música incidental, contiene las voces de varios, además de las de Hilda y Xun, de otras salidas de la cotidianidad familiar que construye la película. Desde ahí se activan conversaciones entre mujeres sobre la maternidad y la crianza, revelando en ocasiones una mentalidad machista interiorizada, la que Hilda desafía e impulsa a desafiar en intervenciones que sí son fuera y dentro de campo. Resalta una cuando señala que tener hijos en lugar de ser una bendición, como dicen las mujeres en la escena, puede significar dar a luz a un “provocador de sufrimientos”, refiriéndose a Xun. 

Igual de intensa, aunque más explícita, es la intervención del tío del director que en off reflexiona sobre la lógica masculina que afecta a los hombres y de la que busca distanciarse, consciente como Sero del dolor provocado. De nuevo, entre tsotsiles, nos dice la película, las disparidades que son el trasfondo de la violencia no son como en las ciudades, por eso la autoreflexión importa para las mujeres, que en la vida de Hilda no siempre fueron solidarias, y para los hombres, en quienes recae la misma tarea pero con mayor urgencia. De ellos, nos dice que los hombres agreden a las mujeres desde las lógicas patriarcales que, si bien son comunes a un mundo no-indígena, se insertan en formas de prácticas y masculinidades específicas que ya no pueden continuar.  

Mamá no descarta el dramatismo de las fracturas internas, pero no se regodea en el sufrimiento de Hilda ni apuesta por un miserabilismo “étnico” al que las audiencias metropolitanas europeas y latinoamericanas están tan acostumbradas. Otra vez, la propuesta de Mamá es denunciar la violencia, pero también apostar por la sanación de la víctima. En ese sentido, retomando el aspecto sonoro, para conmoverse basta escuchar el relato honesto de una mujer que es sobreviviente y sabia, quien, coherente con su coraje, persiste en la tarea de sobrevivir a su pasado de violencias. Basta, asimismo, escuchar el relato del hijo, construido de preguntas y respuestas de una también sutil y lograda profundidad, por momentos poética cuando son soliloquios. 

Así, Mamá es película que plantea sus premisas y las logra desde una propuesta basada en el despliegue y repliegue de momentos dramáticos; no obstante, como efecto de lo anterior, no parece construir un vuelo estético como pudo haber sucedido. Esto considerando, además, la aparición reciente de notables películas de directoras de pueblos originarios que sí satisfacen esta expectativa, a partir de vuelos estéticos arraigados en formas de ver y habitar el mundo que salen de sus cosmovisiones. Allí están Nudo mixteco, de Ángeles Cruz; Tote, de María Sojob; Tío Yim, de Luna Marán, para mencionar solo algunas grabadas en territorios indígenas de México.  

Como Mamá, todas son reflexiones sobre la ternura, las relaciones familiares, que involucran, como el documental de Sero, al cine como herramienta movilizadora de denuncia, afectos y cuidado. La diferencia es que la especificidad de ese mundo totsil se presenta en esa lógica de despliegue y repliegue que mencionábamos arriba: Sero, sin renunciar a elementos propios de ese mundo (después de todo la película es también para tsotsiles), se dirige a una audiencia no-indígena que podrá vincularse con lo contado sin que necesite captar del todo los significados sociales, culturales, en torno a esos elementos. Vínculo que es necesario establecer porque la violencia contra las mujeres está en todos lados. A eso hay que sumarle que a estas películas Mamá incorpora al cine indígena una reflexión cruda sobre la masculinidad (como lo hace el director kichwa Joshi Espinosa en Huahua por mencionar otro caso). Y lo hace con un cuidado estético sutil en lo que importa también el cuidado de las personas. Por esa forma y fluidez, y por sus reflexiones iluminadoras, Xun Sero nos regala una notable ópera prima.

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