Tótem (Unidad de Montaje Dialéctico)


Por Pablo Gamba 

Tótem (México-Chile, 2022) es el primer largometraje de la Unidad de Montaje Dialéctico, un colectivo cuyos o cuyas integrantes han decidido permanecer en el anonimato. Fue la mejor película iberoamericana para la crítica en la Muestra Internacional Documental de Bogotá y fue seleccionada para Punto de Vista. Su cortometraje Bodegón (México, 2022), que es parte de una videoinstalación según la página web de la UMD, estuvo en una muestra paralela del Ficvaldivia. 

Hay un texto que puede ser leído como un manifiesto de la Unidad de Montaje Dialéctico. Se titula A las cuevas volveremos (2021), y son 21 tesis acerca del “cine de las cavernas” que proponen como respuesta a las películas hegemónicas y a la estandarización que han impulsado las plataformas de streaming desde el auge que tuvieron con las medidas de confinamiento por la pandemia del Covid-19. 

Frente a esto, el colectivo plantea un cine que busca “puntos de intersección entre militancia y experimentación”, y que recurre a la historia y la utopía para intervenir en el presente, como lo hacen algunos otros cineastas disidentes de la actualidad. Opta, además, por la realización colectiva y un modo de producción “mutualista”, contrario a la especialización en funciones que le critican al “fordismo” del cine hegemónico, pero que se deslinda también del “cine de autor”. Esto se acompaña, lógicamente, de una opción por trabajar con equipos y recursos mínimos, lo que incluye una reivindicación del trabajo creativo con materiales de archivo.


Tótem es un ensayo fílmico sobre las “desapariciones” en México que, en consonancia con lo dicho acerca del grupo y su manera de entender la práctica del cine, se ubica en las antípodas de lo político-espectacular de Ruido (México-Argentina, 2022), de Natalia Beristáin, por poner un ejemplo reciente y conocido. La premisa de la imposibilidad de dar una imagen de los “desaparecidos” confronta a Tótem con las películas que, al hacerlo de un modo u otro, producen respuestas imaginarias para la demanda social de verdad, aun con las mejores intenciones. 

La cuestión dialéctica del montaje, de la que el grupo toma su nombre, se evidencia claramente en la relación imagen-sonido y, de un modo más sutil, en la alternancia de las partes. En lo primero pudiera encontrarse un parecido con Tempestad (2016), de Tatiana Huezo, pero una diferencia trascendental es que Tótem se aparta también del cine testimonial en su opción por el ensayo y el trabajo con la imagen de archivo. 

La ausencia de testimonios no deja de ser una decisión controversial en esta película. Se debe a que, en cambio, hay un discurso sobre las “desapariciones” que tiene un registro de ensayo académico y se expresa con la cuestionada “voz de Dios” del documental expositivo. Es problemático también por su aspiración a abarcar el tema en toda su dimensión social, lo que es imposible y lleva a inconsistencias como recurrir al lugar común del “contrato social” en un contexto que se supone crítico. 

Pero la dialéctica opera sobre este discurso desde antes de que comience. La relación imagen-sonido no respalda las aspiraciones de autoridad de la narradora ilustrando lo que dice, como es lo convencional. Los planos de un incendio, a los que siguen imágenes de un accidente en una instalación petrolera, y después otras que traen a colación un “desarrollo” destructor, conforman un discurso visual diferente. Es como si exposición verbal sobre los “desaparecidos” encontrara un contrapunto que señala, irónicamente, la incompletud de lo totalizador. 

El uso del negativo en una serie de imágenes de las piezas arqueológicas que se exhiben o se guardan en un museo y, sobre todo, un plano en contrapicado de la bandera nacional bajo un sol que se ve como un agujero negro, hacen obvio el propósito de dar, no una una contraimagen de México sino el negativo de sus imágenes, su negación. El vacío de las “desapariciones” y la destrucción que es el “progreso” se confrontan así tanto con la construcción de una identidad “milenaria” de la nación mexicana, basada en objetos “representativos” de su origen indígena, y con las representaciones oficiales del modelo de “desarrollo” del capitalismo. 


Pero en Tótem entra en juego también otro dispositivo clave. Es la alternancia en el montaje del ensayo sobre los “desaparecidos” con otro ensayo en el que narra otra voz, las dos femeninas. Las reflexiones se desarrollan allí en torno a la historia de una operación de rescate de una cabeza gigante olmeca ordenada por el presidente con la intención de instaurarla como nuevo tótem nacional. Vendría a llenar el vacío de representación creado por la “guerra contra el narcotráfico”. 

Otra diferencia importante es que la narradora se presenta allí como protagonista de la historia, aunque la voz sea extradiegética. En las imágenes la vemos acompañada de otra mujer, joven como ella, lo que lleva a pensar que pueden ser las narradoras y coautoras de la película. El anonimato de la Unidad de Montaje Dialéctico se desmentiría con esta presencia. Sin embargo, muchos detalles ponen en duda que lo que se ve allí pueda ser el registro de una expedición oficial. Sería contradictorio, además, la participación en ella de las realizadoras de una película como Tótem

Esto siembra una sospecha que debería ser clave para el espectador. Creo que el verdadero valor de Tótem está en la revitalización de la dialéctica, originaria del cine soviético de las primeras décadas del siglo XX y devenida dogmática en el nuevo cine latinoamericano de los años sesenta, mediante este choque con un espíritu de duda crítica, en la actualidad reivindicable también como respuesta al mórbido escepticismo posmoderno. Digo esto porque en la película se estimula así al espectador a que actúe en contra de lo que ella misma propone y su pensamiento, incluso. La actividad del espectador debería proseguir más allá y hasta en contra de la “negación de la negación” de la dialéctica. 

Quizás en esto podría estar el punto de intersección de experimentación y militancia hacia el que se propone “empujar” la Unidad de Montaje Dialéctico en su manifiesto. Pero para llegar a ese lugar también habría que empujar al grupo más allá del punto en el que rebotan contradictoriamente de la política a la imaginación ‒es decir, a la invención de imágenes‒, al final de Tótem, con la contramitología de la tierra que proponen, y con el “regreso a las cavernas” que plantean como un retorno a los orígenes en el manifiesto. El tiempo de la utopía es el futuro.

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