Desaparecer, y Cerca y alrededor


Por Ofelia Ladrón de Guevara

En el Ulises, de James Joyce, Stephen Dedalus habla de la presencia de lo invisible cuando apunta: “Si se pueden meter los cinco dedos a través de ella, es una verja; si no, una puerta. Cierra los ojos y ve”. Años más tarde, Georges Didi-Huberman retoma este fragmento para hablar de lo no visible de una imagen pero que, sin embargo, está ahí, en el fuera de campo. En la playa de Sandymount, entre el crujido de conchas, en el desplazamiento de un paso y otro hacia adelante, que Stephen Dedalus concibe como de la sucesión, del nacheinander, surge un hueco a través del cual mirar lo no sucesivo; a partir del crush, crack, crick, crick de sus pies sobre las conchas surge una percepción nueva, de la que él apunta: “¿Estoy marchando hacia la eternidad a lo largo de la playa de Sandymount?” 

Este fragmento, tal y como Didi-Huberman propone, sirve para pensar las imágenes, lo que no está en ellas pero que, aun así, se logra expresar. En el caso de las imágenes en movimiento, del cine, los pasos de Dedalus son también un símil, pues ese nacheinander al que una película se entrega a través del montaje, entreabre a su vez, mediante la sucesión, una entrelínea para que de la relación establecida entre varias imágenes sea posible mostrar una percepción del mundo. 

En Desaparecer (México, 2017), Manuel Trujillo y Elena Pardo ‒a través de montañas, carreteras y arboledas, de imágenes en blanco y negro‒ ponen en juego la presencia y la ausencia. ¿De qué materia están hechas? ¿Qué hace que la presencia se vuelva ausencia y viceversa? La falta de color en el cortometraje es ya en sí un desdoblamiento de estos opuestos, de ponerlos en marcha para mirar sus fronteras, pero también de observar aquellos puntos en los que el encuentro ocurre porque la ausencia es presencia y la presencia ausencia. 

Un paisaje. Una montaña, la neblina que desciende sigilosa pero que termina por cubrirlo todo. El relieve escarpado capturado por la cámara en un negro espeso termina por desaparecer. Ya sólo hay blanco. Detrás de ese lienzo, la montaña está como agazapada, oculta. En espera de aquello que pueda volver a revelar su fisonomía. Pero pese a que el horizonte se ha cubierto de blanco, la montaña está ahí, se sabe (el espectador que mira el cortometraje es consciente de ello). 

Tampoco se trata de montañas o de árboles. En Desaparecer las imágenes terminan por sobreponerse, por repetirse y, al hacerlo, anulan su primer significado en pantalla para construir uno nuevo. Imágenes que se repiten para decirse de otras formas posibles gracias al montaje. Es así como la montaña termina por mostrar de cerca su fisonomía, vemos los surcos que rasgan la roca, que la componen. Después la tierra y sobre ella hojas secas. Una mano que escarba, buscando, como queriendo disolver o entender o acomodar certeramente dónde está la presencia y dónde la ausencia. Y, sin embargo, la mano mueve las hojas, la tierra, y el negro y el blanco de la imagen luchan entre sí para ver cuál de ellos quedará sobre la pantalla. 

De esta forma, gracias al montaje, Desaparecer termina hablando de algo que no es ni las hojas secas, ni la montaña ni los árboles. Se trata de ese vacío, de los desaparecidos en México, de ese dejar de ser presencia, de ser borrado como la montaña ante la neblina. En los últimos minutos, entre las imágenes en blanco y negro aparece un color, un rojo que aparece y desaparece, que se borra para después cubrirlo todo, como invitándonos a mirar hacia el fuera del campo, a la ausencia desde la presencia de una imagen.


En Cerca y alrededor (México, 2023), Andrés Pulido filma las jacarandas de Chapultepec. A modo de una bitácora, lo visto se ordena, casi como una lista para, desde ahí, entreabrirse a la memoria y, en última instancia, a la mirada. “23 de marzo de 2019, encontró similitudes entre los nombres de las flores. Imaginó algo cercano a un toro”, se escucha a la voz en off del cortometraje. Semejante a Desaparecer, el montaje en Cerca y alrededor hace surgir de una sucesión de imágenes algo intermedio. En otras palabras: de la unión de dos imágenes, una tercera. O en otras, y retomando la voz en off: de dos nombres de flores surge la imagen de un toro. 

En el recuento de los hechos, esa lista-bitácora termina por entreabrirse. El cortometraje avanza, como Stephen Dedalus en la playa de Sandymount, en un nacheinander. Se escucha a la voz en off: “13 de abril de 2022. Recordaron algunas palabras alrededor de pétalo, óvulo, sépalo, polen, tallo, pero, al reunirlas, no sumaban la palabra flor”. A través de esto, el cortometraje se pregunta sobre qué hace a la presencia o qué se necesita para que de una imagen en movimiento surja la mirada y su memoria. En este sentido, Cerca y alrededor intenta decir la memoria al mismo tiempo que se pregunta qué hace que una imagen logre enunciar lo ausente. 

Sin duda, ambos cortometrajes, nos hacen preguntarnos sobre las imágenes en movimiento, qué hace que de ellas podamos mirar aquello que se encuentra fuera de campo. Por fortuna, y gracias al Festival de Oberhausen, es posible míralas dialogar entre sí.

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