La caja negra

 Por Thalia Guerra Carmenate

La caja negra (2019), del realizador cubano Kiki Álvarez, con un guion elaborado junto a su colaboradora habitual Liana Domínguez Rivero, es un material que se encuentra a medio camino entre el documental y la ficción, construido como una confluencia de géneros. No es inusual encontrar en la filmografía de este director preocupación sobre el pasado, la memoria y la nostalgia, pero esta vez no se satisface solo con el mero acto de reflexionar, sino que hace una vuelta a ese pasado –que es ya tenido como histórico– para descubrir de forma objetiva una aparente o sobreentendida verdad que expone solo una de las tantas versiones posibles. 

La película comienza con la joven Elsita quien acaba de perder a su abuela y debe enfrentar una casa vacía que se le hace cada vez más grande por la inmensidad de recuerdos. La reciente pérdida la lleva, más que a curiosear, a buscar consuelo en un gran baúl devenido caja negra o cápsula del tiempo que contiene libros viejos, periódicos antiguos con rostros conocidos y deteriorados por el infranqueable paso del tiempo, y un vestido rosa de flores blancas, todas pertenencias de la abuela. Entre tantos objetos convertidos en herencia por la inevitabilidad de la muerte, se topa con un diario, dentro hay una nota que reza: “Estos son mis diarios. Escribirlos me ayudó a vivir, pero hubo días en que quise quemarlos… hasta que tú aprendiste a leer. Entonces supe que los había escrito para ti”.

El período de tiempo que abarca el cuaderno es desde el 1.° de enero de 1959 hasta el 4 marzo de 1960, es decir, desde el triunfo de la Revolución Cubana hasta la explosión del vapor La Coubre en el puerto de La Habana, un buque de origen francés que transportaba armamento militar. Aunque no hubo información suficiente para aclarar el incidente, fue entendido y divulgado por las autoridades cubanas como un acto terrorista provocado por la CIA, lo cual tuvo como consecuencia que se enturbiaran aún más las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. 

No obstante, junto a los hechos ocurridos en una Cuba convulsa se va narrando casi paralelamente el amor entre Elsa y Saúl. La protagonista se pierde entre las páginas y se recluye en el hogar en una especie de luto o manera de conectar con una parte de su abuela que no conoció, y que por su cercanía etaria tiene más que ver consigo misma. Quizás debido a esto la línea temporal de Elsita se siente dispersa y poco trabajada. No se revela mucho de la vida del personaje más allá de una breve conversación telefónica con el padre que permite advertir la relación parental quebrantada tal vez por la distancia u otro motivo que no sale a relucir. Sin embargo, probablemente se deba a que Elsita es el medio para conectar con el presente y el espectador contemporáneo, no para conducir en sí el relato fílmico.

El reparto reducido está integrado por Anel Perdomo interpretando a Elsita, y por Omar Franco como un viejo amigo de Elsa, que se convierte en confidente y apoyo para la muchacha. Las escasas locaciones, consecuencia de la realización durante la pandemia, no suponen deficiencias, sino que están justificadas por el argumento.

La fotografía estuvo a cargo del colombiano Nicolás Ordóñez y contó con aciertos como el de la superposición de varias de esas imágenes y videos de archivo en espacios de la vivienda de Elsa como paredes, ventanas o el propio baúl del inicio; recurso que logra que la Elsita del presente y la Elsa del pasado, se fundan y sean vistas como una sola. Son frecuentes, además, planos del interior de la casa en los que ni siquiera aparece Elsita, solo las habitaciones con ornamentos parcos y vetustos y, de vez en cuando, un gato deambulando, acentuando de ese modo la sensación de soledad.

Resulta destacable la labor de búsqueda y digitalización de archivos. Dichos materiales se obtuvieron gracias al Patrimonio Fílmico del ICAIC y a los Fondos de la Biblioteca Nacional de Cuba. Los titulares y fragmentos de la prensa fueron extraídos de los periódicos Revolución, Hoy, Combate, Diario de la Marina y la revista Bohemia. La disposición cronológica de toda esa información constituye no solo una parte significativa en la visualidad de la película, sino la de mayor peso.

Si bien se intenta reconstruir el relato histórico habitual desde una alternancia en el enfoque, puede que el hecho de que el narrador sea una muchacha de clase –presumiblemente–  media estandariza la postura y las reacciones. Sí, hay temor e incertidumbre ante la avalancha social y política, como es de esperar, pero la crítica y el desacuerdo con la versión oficial quedan difusos, exceptuando algún que otro momento. En cualquier caso, se trata de otra historia o, mejor, de otra manera de contarla, pese a ser ya tantas veces repetida y esquematizada hasta la saciedad. En varias ocasiones el amor de los jóvenes eclipsa y opaca todo el trasfondo político y social que, en primera instancia, resulta más atractivo.

Kiki Álvarez también es conocido por su vuelta reiterada (¿homenaje?) al hito del cine cubano Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968), apreciable en su corto La persistencia de la memoria (2004) que él mismo en una entrevista definió como “un montaje con reflexiones en off del personaje de Sergio deambulando por los mismos lugares por los que él deambulaba en La Habana”. En su última producción, Bajo un sol poderoso (2022) se percibe la presencia de Sergio Carmona, protagonista de Memorias… en el propio Kiki Álvarez-personaje, sobre todo en la soledad y en la mirada crítica.

En la idea básica y primaria de La caja negra se advierten las huellas de este clásico del cine cubano en el sentido de que ambas muestran cómo un personaje determinado observa e intenta comprender las modificaciones políticas y sociales unidas a un mismo hecho: el triunfo de la Revolución Cubana, punto de inflexión que para varias generaciones se convirtió en trauma colectivo y, aun a día de hoy, muchos arrastramos. 

En Memorias del subdesarrollo Sergio es un intelectual no comprometido con el proceso revolucionario, pero a pesar de ello no quiere irse, aunque eso signifique quedarse solo en un país que ya no siente suyo. La caja negra se propone explorar otro punto de vista: una joven que aún no tiene su ideología o personalidad bien definidas ve su vida interrumpida por el triunfo de la Revolución. Sin apenas salir de la casa a pocos días del 1.° de enero de 1959, es su novio Saúl, fiel seguidor de los barbudos (denominación para referirse a los revolucionarios que derrocaron al dictador Fulgencio Batista) y del proceso, quien le sirve de informante y a la vez traductor de la realidad exterior que no alcanza a entender. 

A medida que Elsita avanza en la lectura se percata de la influencia del muchacho en la asimilación de los acontecimientos por parte de la abuela. Lo curioso del filme es que los cuestionamientos de la nieta no van mucho más allá de aspectos de la vida de Elsa y su relación con Saúl: todo un diario relatando el primer año de la Revolución Cubana y la protagonista apenas repara en ese asunto.

Con un guion escrito en la actualidad, luego de ver qué ha sido de aquella promisoria Revolución del 59, la historia contada no resulta tan novedosa ni tan alejada del discurso gubernamental, como a lo mejor se proponía el realizador, sino que termina siendo la que ya se conoce, afortunadamente no atiborrada por la épica triunfalista –ya más bien fatídica a estas alturas– con que se suele abordar. No es hasta el final que se vislumbra acaso el momento más punzante de la película. Aparece la voz en off de Elsa (Corina Mestre) leyendo una nota donde se puede reparar en cierto pesimismo inicial por haber pasado la vida “esperando por un sueño roto”, como diría Carlos Varela, pero esta imagen se completa con un tono esperanzador, por la confianza en Elsita que, a su vez, funciona como la representación de las nuevas generaciones.

“Elsita, mi niña, mi tiempo se acaba y no pude ver la igualdad, la plenitud por la que ha muerto tanta gente. Toda la vida anhelando y luchando por un futuro al que no hemos sabido llegar, pero tú eres mi esperanza, por eso no dejes nunca de leer… y escribe. Los sueños de igualdad se tienen que seguir escribiendo”.

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