Llamadas desde Moscú

 

Por Pablo Gamba 

Llamadas desde Moscú (Cuba-Alemania-Noruega, 2023), que es parte de la Competencia Internacional del Festival de Cine Documental de Buenos Aires (FIDBA), se estrenó en la sección Forum del Festival de Berlín, y estuvo en la Quincena de Documentales del MoMA y en Hot Docs, en Canadá. Es el primer largometraje documental de Luis Alejandro Yero, realizador cubano de varios cortos entre los que se destacan El cementerio se alumbra (Cuba, 2018), que ganó la Competencia Latinoamericana de Mar del Plata, y Los viejos heraldos (Cuba, 2018). 

Los personajes de la película de Yero son inmigrantes cubanos en la capital de Rusia, en un tiempo que va entre el final de la pandemia del covid-19 y la invasión de ese país a Ucrania. Es uno de los largometrajes importantes que se han hecho recientemente acerca de la diáspora de la isla. Otros son A media voz (Cuba-España-Francia-Suiza, 2019), que se desarrolla como un intercambio de videocartas entre las realizadoras, Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández, y La opción cero (Cuba-Brasil-Colombia, 2020), de Marcel Beltrán, que se basa en registros hechos con teléfonos celulares por los que tratan de llegar por tierra a los Estados Unidos, en un tortuoso viaje en el que tienen que cruzar el Tapón del Darién, la peligrosa selva que ninguna carretera puede atravesar entre el norte de Colombia y el sur de Panamá. 

Los teléfonos móviles también son claves en Llamadas desde Moscú, pero la mirada de Yero se distingue en particular de la de Beltrán y se aparta de la representación de los migrantes centroamericanos, cubanos y venezolanos como personajes que viajan subidos a trenes de carga o caminan por donde hay rutas o no, en una desesperada búsqueda de una vida vivible. Los relatos de este tipo, sin embargo, son casi inevitables, y uno tragicómico se escucha aquí una de las conversaciones telefónicas. Es de un migrante de la isla que termina siendo parte de un grupo que incluye afganos y tratan de llegar a Grecia, a los que encarcelan en Macedonia del Norte, envían después a Serbia, que los devuelve, y terminan expulsando a Kosovo.


Los personajes de Llamadas desde Moscú tienen capacidad de comprar un pasaje de avión de Cuba a Rusia. Para otros este es solo el punto de partida de un viaje cuyo destino final es la Unión Europea, pero ellos se han quedado allí, bien sea porque consiguieron algún trabajo, aun no teniendo visa, o varados por la pandemia o el comienzo de una guerra lejana. Del conflicto no se percibe indicio alguno en la ciudad sino solo en el relato que uno de los personajes hace de las protestas, y de cómo fueron disueltas inmediatamente a palos y metiendo presos a los manifestantes. Otra ironía trágica es la referencia a una experiencia similar en Cuba: las manifestaciones del 11 de julio de 2021, y cómo fueron sofocadas con represión y cárcel. 

El foco se desplaza así del tránsito transfronterizo al encierro en departamentos, con personajes inmóviles de pie o en la cama o un sofá, del drama espectacular de los migrantes a la dimensión más profunda, existencial, del problema, que es la sensación de pérdida de lugar en el mundo, algo que rebasa la cuestión del “hogar” a la que hacen referencia los personajes. Otro aspecto implícito de la cuestión es la identidad sexual puesto que los personajes son gays, lo que conlleva no tener cabida ni en Cuba ni en Rusia. Llamadas desde Moscú se centra en esta experiencia de desarraigo, en particular por lo que respecta a la vivencia del tiempo y el espacio en un lugar distante y extraño en el que su vida parece haberse detenido, lejos de los problemas del pasado pero sin futuro. Esto la ubica en una vertiente del cine latinoamericano actual que hemos tratado de perfilar en Los Experimentos con referencia a cortos de venezolanos. 

Por lo que al tiempo respecta, la película comienza con una conversación para arreglar la entrega a su dueño de un departamento alquilado que se va a desocupar. Pero lo que sigue rompe las conexiones causa-consecuencia: no es lo que vendría después en la historia que parece iniciarse sino una serie de escenas de intimidad solitaria, cuya conexión se debe a la participación de los mismos personajes y la débil trama de relaciones que se teje con las llamadas, cuyo indicio visible es un abrigo rojo que cómicamente pasa de uno de ellos a otro. Yero tiene el buen tino de poner al descubierto desde el comienzo que los personajes se interpretan a sí mismos ante la cámara de una chica siempre fuera de cuadro. Es algo que advierte al espectador que su mirada no puede alcanzar la intimidad de personajes como los de la película en esos lugares y situaciones, salvo por medio de una representación. Si esto no se hiciera explícito, lo documental sería un engaño. 

Volviendo al tiempo, tampoco hay continuidad entre una y otra escena, lo que se hace evidente por el contraste de las estaciones en lo que puede verse de la ciudad, tanto desde las ventanas como en planos generales de lugares no reconocibles con referencia a una Moscú fotografiada para las noticias, el turismo o la ficción. Es una manera de transmitir una sensación de tiempo que no transcurre correlativa al estancamiento de los inmigrantes. Más sutil es el acercamiento de Yero a la pérdida de noción de la hora que puede darse entre quienes hoy se mantienen en constante comunicación a pesar de la distancia: se escucha a alguien decir por teléfono que debe ser de madrugada en Moscú, mientras lo que vemos es a plena luz del día.


Los teléfonos también abren ventanas a Cuba en los departamentos de Rusia, en primer lugar, por lo que respecta al seguimiento que los personajes hacen de lo que pasa en su país natal, incluido un video grabado por un opositor radical que ofrece una versión extravagante de la situación política. Esa sensación que los celulares pueden dar, de estar en un país y otro a la vez, de haberse ido sin que el lugar de origen deje de perseguirlo a uno, es característica de los migrantes de hoy y hemos escrito sobre ella aquí. Tiene como correlato aquello que se mira desde las ventanas de los departamentos. Se presenta como una Moscú que esta allí, pero lejos. 

Siguiendo con el espacio, la lúcida mirada de esta película añade la observación en largos planos fijos de los departamentos de muebles puestos por otros allí, de paredes desnudas y de los cuerpos de los inmigrantes que pasan largo tiempo echados. Agotada la que pudo ser la experiencia inicial análoga al turismo, y sin empleo o teletrabajando en casa para terceros países o con trabajos precarios, los personajes también están en Rusia, pero a la vez no; no digamos al margen sino en un espacio íntimo ajeno a la sociedad en la que viven. Pero de lo que dicen en las conversaciones se desprende claramente que la situación en Cuba era para ellos peor, lo que incluye el aislamiento en su país. 

A la proyección del FIDBA a la que asistí fueron pocas personas. Muchas habían ido a ver el corto que acompañaba a Llamadas desde Moscú, dirigido por un argentino, y se marcharon en cuanto terminó. Otras fueron saliendo después, en especial en la parte del video del opositor cubano o cuando los personajes comenzaron a hablar de la isla. En América Latina, lamentablemente, hay espectadores progresistas que preferirían que el documental haga como el periódico en Liberty Valance (Estados Unidos, 1962), el clásico dirigido por John Ford: que les muestre la Cuba y la Venezuela de la leyenda, no la realidad de los que huyen de esos lugares.

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