Yana-Wara

Por Claudia Arteaga 

Yana-Wara es el tercer largometraje de Óscar y Tito Catacora. Como ya es característico de su cine, los Catacora nos sitúan en un universo forjado en aymara y ubicado en el sur andino peruano. Esta región ha sido escenario de muchas películas peruanas en los últimos años, entre las cuales, sin duda, resaltan las realizadas por estos cineastas de la región Puno, sobrino y tío, quienes continúan dándonos nuevas entregas después del fallecimiento del primero en 2021. Óscar fallece justamente durante el rodaje de Yana-Wara, tras lo cual Tito toma la dirección para finalizarla. La película se estrenó este año en el Festival Internacional de Cine de Lima, en donde ganó una mención honrosa a mejor película peruana. 

Luego del éxito de Pakucha, uno de los documentales peruanos más destacados de los últimos años, los Catacora regresan a la ficción, con una propuesta que continúa el corte autoral de los anteriores títulos, pero que adopta también rasgos de cine de género, el de terror. Yana-Wara es la historia de una niña del mismo nombre que, luego de quedarse huérfana, vive con su abuelo Evaristo en una comunidad de las alturas. Su vida se encuentra afectada por la maldición que cayó sobre ella en forma de rayo cuando era muy pequeña, hecho que la vuelve blanco de una serie de penurias, que incluyen el acoso de un espíritu, el supay, así como su propia muerte. El abuelo –padre y madre de Yana-Wara– es acusado por la comunidad de asesinarla. En el contexto de un juicio comunal, relata cómo se desencadenaron los hechos. La película, hasta poco antes del final, se presenta como la recreación de ese relato.

 

El relato empieza con ese juicio porque, como lo desarrolla el argumento, lo sucedido a la protagonista también le compete a la comunidad entera. No sólo porque la comunidad, a través de su consejo de sabios y autoridades, es la llamada a impartir justicia y castigar al culpable. También, la suerte de la protagonista se lee como un desorden mayor, casi cósmico, anunciado por la Madre Tierra que sufre y que le pasa ese sufrimiento a Yana-Wara, su hija, a modo de condena. Como destino prefijado, este sufrimiento sobrepasa las acciones humanas, pero a la vez se presenta como su consecuencia irremediable. En ese esquema de tragedia griega, el asesinato de Yana-Wara es destino, a la vez que resultado de una caída moral en las acciones de ciertos individuos que terminan retando la capacidad de la comunidad para vivir sin violencia.

Ahora, el hecho de que la víctima sea una niña, muda y, encima, huérfana, no es un dato menor. A partir de ahí, la película desafía una posible lectura que valore el universalismo que otorga adoptar estructuras y motivos de la tragedia griega por encima de un tema más provocador y específico: la violencia de género. En esa línea, lo que nos plantea no es que el sufrimiento sea algo propio del ser humano, sino que éste sale de un contexto social e histórico que afecta a quienes tienen la desdicha, como insidiosamente nos señala, de “nacer mujer”. 

Al hacerlo, la trama va señalando responsables que vienen tanto de fuera, en la figura del profesor que violenta a la niña, como de adentro de la comunidad, en la figura de la autoridad-hombre que la revictimiza. Muy ágilmente, la trama hila violencias nacionales y locales, violencias estructurales y comunitarias, sin perder la óptica comunal. 

También, construye conexiones entre un mundo originario, que para el ojo occidentalizado suele sentirse radicalmente diferente, y sociedades supuestamente más “modernas” que, si bien no comparten la historia ni los códigos culturales del mundo Aymara retratado, no son ajenas a un patriarcalismo sistémico.  

La película calibra esta aproximación entre culturas a medida que avanza y va acentuando un mundo en desequilibro, el cual se debe reparar. Entre la familiaridad, lo chocante y la extrañeza, Yana-Wara reta a un público (sobre todo el urbano y ajeno a las realidades del campo), que se volverá consciente más de una vez de su capacidad o incapacidad para derribar sus barreras cognitivas, y entender el mundo que tiene en pantalla.  

Esta amalgama cultural también adopta elementos del cine clásico japonés, cuyo universo es menos conflictivo que perspectivas más occidentalizadas, sea nacionales o internacionales, ya existentes en el cine sobre los pueblos originarios. La potencia de esta mixtura estética, de elementos aymaras y de ese país oriental, se mostró en Wiñaypacha. En Yana-Wara, las referencias al cine de Mizoguchi, con La vida de Oharu, y Kaneto Shindo, con Onibaba, son innegables. De ellas, la fotografía de los Catacora y Julio González saca el dramatismo de los encuadres, el uso expresionista del blanco y negro, el movimiento en planos detenidos. 

Junto a una visualidad lograda, el sonido no se queda atrás. Sin música incidental, el paisaje natural opera como fuente sonora. Incluso los sonidos “no-humanos”, pero humanizados en su artificio (como el parlamento del supay), comunican una idea de que el paisaje no es fondo sino agente. No es “naturaleza”, lo que se presenta por dentro y fuera del plano, sino cosmos. 

Esta inventiva se extraña, sin embargo, narrativamente, en el destino de la protagonista. Un destino que es también de las mujeres víctimas de violencias feminicidas o patriarcales. Es cierto que el enfoque de la película no es tanto sobre Yana-Wara, sino en lo que le pasa. No es su individualidad sino su muerte, elevada a condición de fractura social, lo que deberá reparar una justicia comunal. Al ponerlo así, sin embargo, no desafía la expectativa construida por una sociedad y la espectacularización de imágenes mediáticas que han normalizado las violencias contra las mujeres. 

Por eso, hizo falta –al menos para esta espectadora– un momento emancipatorio que redima a Yana-Wara, que imagine su libertad más allá de la muerte. Pese a lo anterior, sería equivocado ver en el retrato de los Catacora un mundo en donde el patriarcalismo ha triunfado, porque ahí tenemos a mamá T’alla, que es la autoridad-mujer de la película, que impulsa la trama y la cierra, siendo sus intervenciones claves para reordenar la comunidad. 

Un cine de arte, un cine de autor, un cine hablado en aymara y con la centralidad de un mundo imbricado y comunal. En síntesis, eso ha sido la propuesta de los Catacora, que con Yana-Wara se muestra más atrevida, madura y novedosa. Fuera de las etiquetas, su cine continúa desafiando miradas que menosprecian las perspectivas de los pueblos originarios y, por extensión, de un cine que sale de estas. O que ve sus mundos como homogéneos, estáticos,  miserables, fracturados o casi desaparecidos. En cambio, este cine muestra un mundo autónomo, que aplica la justicia y puede, por eso, mirar a un futuro repuesto de la violencia. 


Estas miradas ahora más que nunca se tornan peligrosas en un contexto autoritario como el que vive el Perú. A través de un proyecto de ley, conocido como “La ley Tudela”, políticos de derecha, con ninguna apreciación por una diversidad en el cine y sólo por co-producciones para la promoción turística, quieren anular los pocos fondos que otorga el estado a los cineastas nacionales. De esa manera, estos políticos negarían el derecho a crear, participar, tener acceso a la cultura que les corresponde a todos los peruanos. 

En este punto, cabe decir que Yana-Wara se hizo con fondos enteramente del estado, como fue el caso de Kinra, de Marco Panatonic, que acaba de ganar el Premio Astor Piazzolla en el Festival del Mar del Plata. Nos queda muy corta la reseña para continuar con la lista de películas peruanas premiadas en los últimos años. Pero de ellas, son las películas no comerciales hechas fuera de Lima –del centro y sur andino peruano— las que mayores logros han conseguido y los que mayores riesgos están tomando, tanto en sus propuestas y en la manera de enfrentar a distintas audiencias con ellas. 

En ese sentido, la virtud de Yana-Wara no es solo que sigue rompiendo narrativas y preconcepciones sobre el mundo originario Aymara, sino que lo hace planteando en sus propios términos una experiencia de sentir y conocer lo representado en pantalla. Y eso que es un reto es la mayor virtud de su cine.

Equipo de rodaje de Yana-Wara (Foto: Diego Julca)

Queda la expectativa sobre la siguiente entrega, en lo que parece ser –ahora sí— la última de los Catacora como colaboradores. Con Los invencibles esperamos con ansias ver con qué nuevas vueltas de tuercas buscan sorprendernos, con qué relatos, con qué mirada arriesgada sobre el mundo propio y el ajeno. Mientras tanto, seguimos esperando que un cine forjado por mujeres originarias del Perú salte a la palestra, como ya ha sucedido en varios otros países del Abiayala.

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