Seeds, Sensemayá y otros cortos de Los Ingrávidos en Rotterdam

 

Por Pablo Gamba 

El Festival de Rotterdam dedica este año un foco a Los Ingrávidos, colectivo mexicano de cine experimental cuyas películas se han venido presentando recientemente en prestigiosos festivales e instituciones de todo el mundo. Incluye tres estrenos: Seeds, en el programa “Tierra y resistencia”, y Colmillos y Ritual, en “Encantamientos e invocaciones”. También se presenta Sensemayá (2023), y otras piezas sobre las que ya escribimos en Los Experimentos, como Tierra en trance (2022) y Notes for a déja vu (2021). 

Seeds es, como el título lo indica, una pieza sobre las semillas, que son motivo hoy de disputas en la economía geopolítica mundial. Está en juego en esto la alimentación y, por ende, la supervivencia material, pero también la espiritualidad que da sentido a la vida de pueblos como los originarios. Quizás incluso la muerte en vida a la que es análoga la resistencia en el capitalismo de los mundos ancestrales que destruyó la colonización, según Bolívar Echeverría. 

Lo que da trascendencia a esta y otras obras de Los Ingrávidos que tratan de la resistencia al capitalismo y la relación del ser humano con la tierra, y no con el mercado, es la opción de desbordar los discursos de la denuncia. Tratan de seguir en esto la lógica de la resistencia, más allá de la racionalidad política envuelta en las disputas en torno al poder del Estado. 

La alternativa es una crítica que aspira a ser más radical, la de “poner todo en trance”, como Gilles Deleuze escribió con referencia a Glauber Rocha, y “referir el mito arcaico al estado de las pulsaciones en una sociedad perfectamente actual”, como el hambre. Películas de Los Ingrávidos como Seeds actualizan el programa de la estética del hambre del cineasta brasileño. 

Otro concepto clave de los textos del colectivo mexicano que hay que traer a colación es “materialismo chamánico”, que viene de la poética de otro cineasta latinoamericano: Raúl Ruiz. Como dice el título en inglés, Seeds es una película en la que las semillas filmadas ocupan siempre el centro del plano. La animación que el colectivo crea con ellas hace visible que son seres vivientes, aunque parezcan cosas inanimadas y, por tanto, objetos de lícito comercio o para la ciencia que modifica su genética o de “propiedad intelectual”, inclusive. Combate así la mirada del sentido común hegemónico, es decir, la de la modernidad eurocéntrica y capitalista. 

La de la película es otra visión, mágica, y en este sentido chamánica. En torno a la materia vegetal crea una nueva versión microcósmica del mito del maíz, con recursos como la fotografía microscópica usada por Stan Brakhage y otros cineastas experimentales, y la alquimia de la materia fílmica que es parte de la misma tradición cinematográfica. La percepción puede abrirse así a la continuidad de la vida humana por milenios que ha hecho posible el cultivo de la tierra. La resistencia a su explotación se transmite como un mito no oral sino audiovisual. 


El tejido en tensión de lo ancestral y lo moderno, el pasado y el presente, incluye la pista musical, en particular por la manera como suena una vieja cinta electromagnética. La música electrónica, en la que en el pasado cristalizaba la búsqueda de algo nuevo en el arte, vuelve así también como ruina de un futuro mejor que pudo ser, pero no fue. El film lo recupera, y hace que entretejan la resistencia y la utopía en una enriquecedora tensión. 

Por todas estas razones, Seeds se presenta como otra de las obras mayores de Los Ingrávidos, lo que también es el caso de Sensemayá en los programas de Rotterdam. Pero en la abundante producción del colectivo también hay piezas menores que orbitan en torno a esas otras. No es metáfora esto en el caso de Ritual, otro de los cortometrajes del colectivo en el que el chamanismo hace danzar a los astros en un cielo mágico, lo que a la vez refiere a los mitos y a la tradición del cine experimental. 

Colmillos tiene en común con Seeds que anima objetos pequeños filmados en el centro del plano, en este caso los dientes del título, de animales de diversas especies. Admito que no soy capaz de identificar entre ellos los que pudieran ser colmillos humanos, pero son dientes que nos recuerdan que también somos animales. Por esta razón es que se los llama “caninos”. 

La alternancia de las imágenes positivas y negativas, junto con la música minimalista, crean en esta pieza un efecto hipnótico, estado mental que modifica la percepción de los dientes. Al animarlos de un modo mágico les devuelve la vida ‒o su alternancia con la muerte, la muerte en vida del ethos de resistencia que Echeverría llama “barroco”‒. Criaturas muertas de los que no tenemos memoria por experiencia directa comienzan a moverse así como en sinécdoque, partes de los cuerpos ausentes que casi inevitablemente imaginamos al ver cada diente y que se transforman sin cesar frente a nuestros ojos. Allí está lo chamánico, en este caso vinculado con la resistencia no de pueblos sino de la naturaleza, la humana incluida.


En Senesmayá pasamos a otro orden de cuestiones que se refieren, en la filmografía de Los Ingrávidos, al combate contra las imágenes hegemónicas que instaura la propaganda no percibida como tal de los medios de comunicación y la cultura oficialista. Es una lucha que han dirigido explícitamente contra la representación de México en el cine clásico mexicano y en la televisión, y que comprende aquí otras imágenes. 

El título del corto es el mismo de la pieza musical sinfónica que se reproduce en la banda sonora. Sensemayá es una obra de 1937 del compositor rebelde mexicano Silvestre Revueltas, inspirada en el texto homónimo de 1934 del poeta afrodescendiente cubano Nicolás Guillén. 

La serpiente, que es un motivo presente en Seeds y que invoca allí al mundo mítico de los pueblos originarios, es el personaje principal del poema de Guillén, que se subtitula Canto para matar una culebra. Refiere a las religiones de los africanos esclavizados en América. 

Los Ingrávidos se inspiran en el poema para imaginar la mirada de ojos de vidrio del animal venenoso. Deforman imágenes de metraje encontrado de películas familiares, como explica la programadora Cristina Kolozsváry-Kiss en la página web del festival. Les dan así una muerte ritual, simbólica, como la sacrificio de la culebra en el texto de Guillén, de una manera que visualmente puede ser parecida, incluso, al corte por la mitad con el hacha. La música rítmica de Revueltas es otro elemento vital del trance mágico, como también lo es el ritmo del poema.


Es un ritual revelador y, en este sentido, purificador. Con él pierde su encanto engañoso la mirada con la que esos camarógrafos o camarógrafas se propusieron registrar momentos de una felicidad familiar vinculada con la sociedad de consumo que hizo llegar a sus manos las cámaras con ese fin, actuando como el reptil que se esconde para hacerse imperceptible y propinar mejor su mordida venenosa. La crítica de Los Ingrávidos a la imagen oficial se hace extensiva así al cine doméstico del que se apropian tantos cineastas sin hacerse preguntas como estas.

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