La historia se escribe de noche

 

Por Pablo Gamba 

Con el estreno de La historia se escribe de noche (Cuba, 2024), Alejandro Alonso volvió a competir en el Festival de Rotterdam por el Premio Tigre de cortometraje que ganó en 2021 por Terranova (Cuba, 2021), codirigida por Alejandro Pérez. El documental de este año es una película en la que profundiza su búsqueda de enrarecer las representaciones más difundidas de Cuba para confrontarlas con otra manera de ver lo real, abriendo las capacidades de percibir y entender atrofiadas por la propaganda. Es una opción que también han explorado otros realizadores cubanos que, igual que Alonso, hacen cine independiente, como Rafael Ramírez (Las campañas de invierno, 2019) o José Luis Aparicio (Tundra, 2021). Entre sus antecedentes está La obra del siglo (2015), de Carlos M. Quintela. 

La ciencia ficción, en la que Alonso encontró una manera crítica de enfocar el fracaso de la utopía como política de Estado y la censura de esa verdad en El proyecto (Cuba, 2017), vuelve en La historia se escribe de noche, que incluye fragmentos del cuento “Anochecer”, de Isaac Asimov. La versión citada de radio en inglés, del programa X Minus One (1955-1958), de la NBC, enturbia la historia por lo que respecta al espacio y el tiempo. El narrador recuerda la Guerra Fría con la voz del enemigo que para el gobierno de Cuba es los Estados Unidos, en lo que la propaganda oficial no solo es motivo de enrarecimiento sino de sutil ironía. Pero los fragmentos de Asimov también ayudan a dar la dimensión cósmica apocalíptica que tiene aquí la noche. 

En este giro de lo político y social a esa otra dimensión podría percibirse la impronta de Béla Tarr en el enfoque de lo real de Alonso. En las películas del realizador húngaro, “lo cósmico […] es un mundo absolutamente realista, absolutamente material, despojado de todo lo que suaviza la sensación pura tal como solo el cine lo puede ofrecer”, escribió Jacques Rancière en Después del final (2011), libro sobre el cine de Tarr. La oscuridad, por tanto, es la materia de la que esta hecha la Cuba que La historia se escribe de noche nos hace percibir a contracorriente de la propaganda. 


Hay planos en los que una torre lejana permanece extrañamente iluminada mientras todas las luces del paisaje se apagan. Reflectores a su alrededor persisten en rasgar el cielo negro como en busca de enemigos, mientras suenan sirenas en respuesta al apagón. Esto añade un toque distópico más cercano a nosotros, como en Blade Runner (Ridley Scott, EUA, Reino Unido, 1982), por ejemplo. Pero el brillo fantástico de la torre en la oscuridad recuerda también la utopía de la Escuela al Campo, devenida en paradójica expresión de la alienación capitalista en el socialismo en El proyecto. Un alienado es un loco, y la noche causa locura en el “Anochecer” de Asimov. 

No es una cuestión principalmente psicológica, sin embargo, sino ontológica. La película comienza con una conversación del cineasta con su madre, en la que ella le dice que ve rostros de desconocidos, la mayoría personas mayores, cuando cierra los ojos. Pero es algo que ocurre de modo análogo en la realidad del apagón. Se vacía de luz, y la oscuridad se llena de ruidos tenebrosos. Los chanchos asustan con sus gruñidos. Cuando las linternas perforan débilmente la materia oscura, vemos que la noche se llena de pequeños monstruos que son los cangrejos. El cineasta ha citado como una de sus referencias la pintura El gran apagón (1994), del artista Pedro Pablo Oliva, que es de la misma ciudad de Alonso: Pinar del Río. Es una obra precursora por lo tocante a la mirada a esa realidad que emerge en las noches sin luz de Cube. 

Técnicamente, la película pareciera un triunfo heroico del cine en las condiciones luminosidad que establecen el umbral de la posibilidad de su imagen. Pero el resultado es de una materialidad titilante en lo oscuro por lo que respecta a algunos personajes tenuemente iluminados en la noche. Otros se presentan parcialmente disueltos en la oscuridad, como la madre de Alonso, de cuyo rostro las sombras solo nos permiten ver la mitad. Está entre la luz y el magma de la noche y el sueño, del que también se asoman aparecidos y fantasmas reales en lo que cuenta. 

Pero la noche referida a Cuba es también símbolo en los versos de José Martí: “Dos patrias tengo yo, Cuba y la noche. ¿O son una las dos?”. Esto lleva a una comparación con otra película de Alonso: Abisal (Cuba, 2021). El desguazadero de barcos de ese corto es una experiencia sensorial, como La historia se escribe de noche, pero también abre la posibilidad de una interpretación como alegoría infernal de Cuba. Esta manera de poner en tensa relación la “sensación pura” con el sentido hace parte ambas películas de la tradición de un cine latinoamericano que se realizó bajo otras dictaduras, en las que la razón crítica se enfrentó con otras realidades que oponían resistencia a sus luces. A esta tradición podría pertenecer igualmente Una pelea cubana contra los demonios, de Tomás Gutiérrez Alea (Cuba, 1971), que se perfila así, para mí, como otra posible referencia clave de este cortometraje de Alonso.


Con relación a la materialidad de estas imágenes, siempre en tensión con la posible interpretación alegórica, tenemos que ver, entonces, los pocos planos que parecieran transmitir una débil esperanza. El frasco de luciérnagas del comienzo, por ejemplo, aunque el sonido amplificado de los insectos crea una atmósfera terrorífica en su entorno, pero sobre todo la multitudinaria marcha de antorchas que aparece en la parte final del corto. 

En el contexto de las noticias que llegan de Cuba, podría entenderse que es una protesta por los apagones, de algún modo relacionada con el estallido del 11 de julio de 2021, el llamado “11J”. Pero podría ser también un registro de vigilias martianas, manifestaciones oficialistas en las que se marcha con antorchas en homenaje al poeta y héroe nacional. Hay una ambigüedad inherente a lo real que el cine puede captar, según André Bazin, y que puede darse incluso en imágenes políticas como estas. Lo que hace Alonso, que ha puesto el cuerpo en otras protestas, es registrarlas en su materialidad, omitiendo el sonido revelador de su sentido partidario para proponer otra mirada que homologa ambas posibilidades como síntomas de la misma realidad. 

Pero no se trata de postular una cómoda igualación sino de plantear preguntas al respecto. La historia se escribe de noche sigue en esto la tradición provocadora del cine cubano. Yo agregaría el nuevo cine latinoamericano y Glauber Rocha en particular. En Estética del sueño (1971), el cineasta brasileño escribió: “Una obra de arte no solo debería actuar de un modo inmediatamente político sino también promover la especulación filosófica, creando una estética del eterno movimiento humano hacia su integración cósmica”. De eso se trata la relación luz-oscuridad, si entendemos la materialidad que las produce como social y cultural también. Es algo que puede llevar la discusión hacia una dimensión profunda que no alcanza el debate político superficial.

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