Leviatán y La patria en llamas

 

Por Pablo Gamba 

Una intervención visual y sonora. titulada La patria en llamas. se hizo el 16 de febrero en la muestra Leviatán de Andrés Denegri en la Fundación Andreani, en Buenos Aires. Son títulos bombásticos, pero quizás no exagerados con referencia a la situación que atraviesa la Argentina como consecuencia de, ajuste económico de brutalidad sin precedentes que lleva adelante un presidente “anarcocapitalista” que pretende, además, cambiar el régimen democrático. 

Denegri es un artista visual argentino que se distingue por su trabajo con el cine instalado, a contracorriente de la tecnología que da nombre a otro tipo de obras: las videoinstalaciones. El crítico e investigador Jorge La Ferla señala un antecedente clave en el arte de su país por lo que respecta a este y otros aspectos de la obra de Denegri: Oscar Bony, en los años sesenta. 

Ana Claudia García, artista e investigadora, llama al tipo de piezas que instala Denegri “proyescultura” (“mezcla de proyector fílmico y escultura cinética”), en el catálogo de la muestra Aurora (2015). Señala también la importancia de su interacción con el espacio. En Leviatán, por ejemplo, la sombra que proyecta en una pared es parte de una de las obras, así como el ruido del aparato recogido por varios micrófonos dispuestos a su alrededor. 

“Proyescultura” es una expresión que describe con acierto estas piezas, pero hay que destacar también su parecido con las máquinas locas que construyen los personajes de los dibujos animados. En las obras de Leviatán, la película hace recorridos por diversos carretes que expanden absurdamente en el espacio el mecanismo de los proyectores. El artista es continuador en esto de algunas de las “tareas y gestos del cine de vanguardia”, según Nicole Brenez: explorar las propiedades de los aparatos de proyección, modificarlas y crear dispositivos específicos.


Pero también tienen un evidente sentido alegórico con referencia a Argentina estas proyesculturas de Denegri. En Levitán las construyó instalando los proyectores en andamios, lo que las asocia con la construcción y, por tanto, con la arquitectura de los edificios que son sedes de los poderes del Estado nacional. Es el tema de la muestra, que se inauguró en noviembre como parte de la celebración de los 40 años de la vuelta del país a la democracia, después de la última dictadura cívico-militar. 

Otra característica que distingue a Andrés Denegri en el cine experimental argentino actual es que se presenta como una suerte de continuador o heredero de artistas de los sesenta por su inquietud política. En esto también sigue a Bony, quien en 1968 exhibió a una familia obrera en el Instituto di Tella indicando que el pago a los modelos duplicaba al de los trabajadores. Otros cineastas experimentales argentinos de hoy se referencian, en cambio, en el grupo del Instituto Goethe de la década de los setenta, que integraron Claudio Caldini y Narcisa Hirsch, entre otros. 

La pieza central de Leviatán es una animación con tres proyectores de la escultura en bronce que representa a la Justicia en la entrada del Palacio de Tribunales. La obra de Rogelio Yrurtia se distingue porque el personaje alegórico hace ostensible su ceguera al extender los brazos hacia adelante, como si caminara a tientas sin poder ver. Esto le da cierto aspecto inquietante de zombi que Denegri captó y acentuó al dividir el registro en tres imágenes en movimiento, lo que la presenta también como desarticulada. 

El espacio que esta Justicia recorre a ciegas se representa en animaciones cuadro a cuadro de diversas vistas del interior del palacio, expuestas simultáneamente en las respectivas pantallas. En el centro de ellas está una hecha con la identificación de las diversas salas de los tribunales. El edificio adquiere así el aspecto de un laberinto, por lo que al espacio respecta, que se recorre volviendo siempre en todas direcciones al punto de partida por el loop. El tiempo se enrarece por la combinación de la imagen detenida en cada cuadro y su aceleración irónica en la animación, lo que, en el caso de la identificación de los despachos construye un recorrido kafkiano infinito pasando de un juzgado a otro sin solución de continuidad. 


Considerar a la Argentina un Estado presidencialista es un lugar común que Leviatán cuestiona en su representación de la sede del Poder Ejecutivo Nacional, la Casa Rosada. Allí la ironía es casi un chiste por lo que respecta a la pequeña imagen que se proyecta, apenas por encima del piso de la sala. No hay animación en este registro, además. Se trata del edificio real visto desde la Plaza de Mayo en un tiempo también real. Pero la pieza llama la atención es sobre otra imagen y su sonido: el proyector y el mecanismo absurdamente aparatoso arriba mencionado. Más aún sobre la inmensa sombra que proyecta, como se dijo, sobre la pared. 

El sentido crítico de esta pieza parece muy obvio, incluida la referencia erudita al mito de la caverna de Platón para aquellos que puedan captarla. Pero es revelador el recurso que Denegri toma del cine estructural al llamar la atención sobre el proyector más que sobre lo que proyecta. Más importante que la metáfora a primera vista de un poder que opera tras bambalinas, en las sombras, es la sinécdoque de la estructura que produjo ese poder, en tanto lo mecánico es inherente a una sociedad industrial o que quiso tener un desarrollo de ese tipo, como la argentina. 

Esto puede ser también una crítica de ese proyecto industrialista, pero a la vez un gesto de resistencia a la decadencia y abandono de la promesa de ese progreso por la mayoría que coronó electoralmente a un aspirante a tirano digital, que se creció con una campaña en redes sociales. 

No es dogmático, sin embargo, el artista por lo tocante a los soportes. También usa el video digital en la muestra por razones que pueden ser incluso prácticas: de espacio, dificultad para reunir la cantidad necesaria de proyectores fílmicos… Es lo que ocurre en la pieza sobre el Poder Legislativo, que se basa en un registro en Super 8 de la fachada del Palacio del Congreso digitalizado para su proyección y para la exhibición ampliada de trozos de film que la acompaña. 

Denegri también recurrió aquí a la técnica experimental de la animación cuadro a cuadro. La película está hecha con una extensa serie de “fotos” en Super 8 de la fachada del edificio, que producen una imagen cuya fragmentación intensa puede ser percibida tanto en el tiempo, en la proyección digital en loop, y en el espacio, en los rompecabezas armados que parece su reproducción en los paneles dispuestos en la sala. 

La pieza sobre el Parlamento también llama a pensar la institución central de la democracia representativa descubriendo en ella una analogía con el cine. Se supone ‒desde el colegio nos dicen que debemos suponer‒ que la Cámara de Diputados representa a la sociedad en un cuerpo integrado por personas elegidas, de manera proporcional, como delegados de la población de cada distrito y de las diversas tendencias políticas que se expresan en ellos. La Nación, por tanto, no puede representarse en el Parlamento sino como de manera análoga a la imagen en movimiento compuesta por una sucesión de fotogramas diferentes del cine, lo que pone en duda aquí la impresión de realidad que puede transmitir ese “cuerpo” por medio de la impresionante arquitectura de su sede, costosísima en su tiempo. Otra referencia obvia, aunque erudita, es el Leviatán del título, en la ilustración de la primera edición del libro de Thomas Hobbes. 


El título de la intervención del viernes 16 viene podría tener como correlato, por lo tocante a las llamas, la práctica recurrente de Denegri de fundir fotogramas exponiéndolos más tiempo que el que resisten el calor que genera la luz del proyector. El cineasta se ha hecho conocido por emplear esta técnica para “quemar” el pabellón nacional en su “remake“ de la que pudo ser la primera película filmada en el país y que se ha perdido: La bandera argentina (1897), de Eugenio Py. Técnicamente es lo que hace que no sea delito en Argentina, porque el Código Penal establece penas de uno a cuatro años por ultraje a los símbolos patrios. Sin embargo, aunque recuerde los sesenta que inspiran a Denegri ‒las protestas contra la Guerra de Vietnam‒, no se trata de quemar la bandera sino de mostrar que se funde. 

Lo que aportó La patria en llamas a Leviatán es la dimensión histórica. El artista desplegó allí material de fotos y películas de archivo referentes a la tradición argentina de luchas populares, desde comienzos el siglo XX hasta la actualidad, y cómo ha enfrentado la represión. La justicia zombi de la estatua animada de Yrurtia, dispuesta en el centro de múltiples proyecciones simultáneas, es confrontada así por estas imágenes que vuelven del pasado para interpelarnos con el derecho que tienen sobre nosotros a llamarnos a proseguir con nuestras fuerzas la lucha por aquello que no se pudo lograr entonces, aunque costó tanto sufrimiento y muerte. 

La cuestión mesiánica se hace evidente en la disposición de las proyecciones para formar una cruz, con la Justicia en el lugar del Cristo a redimir. Pero en ella también está la bandera, que al correr la película con los fotogramas quemados adquiere un aspecto en cierto modo quebrado, como la representación de la “dama ciega” cortada en tres en la muestra. 

Esto es clave, entonces, para entender de qué redención se trata, así como la inclusión de los arrendatarios agrícolas de la rebelión del Grito de Alcorta (1912) en la historia de las luchas populares. Se trata de un pueblo que comprende una diversidad de sectores sociales, que es patria, como lo dice el título, y no clase. Define así una toma de posición del artista en el campo nacional-popular, es decir, en el peronismo, y plantea otras preguntas acerca del mesianismo de la performance y la vigencia que podría tener. Sin embargo, las críticas de Leviatán al Estado argentino, que se pensaron en el marco del gobierno que terminaba cuando se inauguró, son indicativas de que, si hay una resistencia planteada, no sería de ese régimen ni de ese peronismo.

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