Breve espacio de un tiempo

 

Por Mariana Martínez Bonilla

Este año, el festival de cine experimental Ann Arbor presenta en competencia el segundo film de Fernando Saldivia, titulado Breve espacio de un tiempo (Chile, 2023). En largometraje no ficcional del director chileno se estrenó el año pasado, como parte de la Competencia de Cine Chileno, en la decimonovena edición del Santiago Festival Internacional de Cine (Sanfic). En él, Saldivia observa cuidadosamente la vida de Mireya Quillaleo y Emardo Antilef, una pareja mapuche que vive en Wallmapu.

Dicho territorio, nombrado con un término cuyo origen histórico se disputa entre la modernidad de los grupos indigenistas y la ancestralidad de la tradición oral, está compuesto por las regiones de Gulumapu y Puelmapu, ubicadas entre el oeste de Chile y el este de la cordillera de los Andes, en Argentina. Fue invadido hace más de 140 años por los estados argentino y chileno, y las consecuencias de la brutalidad impuesta son palpables actualmente. Ejemplo de ello es la controversia desatada hace un par de años después de que Izkia Siches, ministra del Interior de Chile, reconociera al nombrarla la existencia de la región, cuyo nombre alude a una nación independiente, lo que provocó el descontento de los sectores opositores, para quienes la zona debería ser llamada “Araucanía” o bien declarar su inexistencia y, con ello, invisibilizar el intento de exterminio de la población mapuche.

El matrimonio al que F. Saldivia retrata en Breve espacio de un tiempo está afincado en un sector poblacional cerca de Traiguén, en la Región de la Araucanía, razón por la cual no se encuentran exentos de las problemáticas socio-políticas que actualmente condicionan la vulnerabilidad de los indígenas mapuches. A lo largo de los 90 minutos que dura el film, el acercamiento poético de Saldivia a la vida de quienes también son sus familiares, específicamente sus tíos, adquiere un tono político, mas no panfletario ni militante, al visibilizar las contradicciones sobre las cuales el Estado-nación chileno ha producido una narrativa oficial que busca desplazar a los indígenas criminalizándolos y violentándolos mediante el uso de los medios de comunicación como armas ideológicas.


Según el director, Breve espacio de un tiempo explora la relación entre su comunidad y los problemas contemporáneos. Su interés radica principalmente en “crear un retrato que sea fiel a lo pacífico y poético de sus ritmos y formas de vida, explorando la política de lo cotidiano”, como afirma en su sitio web. De tal manera, su film crea una narrativa alterna a la instrumentalización de los pobladores mapuches llevada a cabo por los medios masivos con el único fin de perpetuar las narrativas coloniales, violentas y exotizantes sobre las cuales se anuda el discurso neoliberal que justifica toda clase de violencia en contra de las comunidades originarias, no solo en Chile y Argentina, sino en todo el Sur global.

En una plena demostración de esa política de lo cotidiano, a la que también deberíamos llamar poética-ética, desde el inicio la película la cámara de Saldivia nos advierte que ha decidido alejarse conscientemente de las convenciones formales que tradicionalmente suelen relacionarse con la idea del cine de carácter observacional para centrar el despliegue de sus formas y contenidos en una trama que no es más que el tiempo presente. Se compone de puros instantes, momentos y espacios cotidianos. El tiempo de cada plano en la pantalla da cuenta de ello. Los encuadres estáticos implican una elongación temporal que solo la imagen en movimiento es capaz de ofrecer.

Lo anterior se hace evidente en el momento en el que la figura del director se desdibuja para reaparecer como un personaje más que interactúa con Mireya y Emardo, quienes comparten la mesa y sus alimentos con él. Precisamente en ese momento su film comienza a tomar un matiz explícitamente político. Visualmente se enuncia con una pantalla en negro que intercambia su lugar con un encuadre fijo de una cascada. 

Las voces de Emardo y Mireya, en off, cuentan la historia de su familia y su relación con el territorio. Para ellos, la tierra que habitan no es un bien de consumo. La narrativa oficial del Estado chileno históricamente los etiquetó como “flojos” y “borrachos” y, actualmente, de “terroristas” y “narcotraficantes”, como afirma la voz de Emardo que se impone como totémica sobre la ausencia de representación en la pantalla. “Hemos subido de estatus”, bromea. Mireya ríe.


El tiempo de cada acción es presentado íntegramente. Como ejemplo podemos citar una de las primeras secuencias. Una mujer habla por teléfono y pregunta por el estado de salud de su tío. Algo lo aqueja, y ella quiere saber si ha intentado usar algún remedio tradicional. La conversación toma como referente sus dolencias y malestares, pero en todo momento la respuesta del interlocutor permanece inaudible para el espectador, de manera que la voz no lleva a imaginar un personaje en un espacio distinto del visible. La cámara muestra unas empanadas en el interior de un horno. Poco después, una estufa sobre la que algo hierve en una cacerola. El plano se mantiene fijo durante un poco menos de ocho minutos. En un par de ocasiones, la mujer, cuyo rostro no podemos ver, entra y sale del cuadro. La película captura así la vida rural en su más pura cotidianeidad.

Sin embargo, a lo largo del film, salvo contadas excepciones las voces que escuchamos están fuera de campo. Así, el testimonio es reemplazado por una relación entre lo visible como prueba material de la existencia y lo invisible, o la voz, como su reiteración temporal. 

Un momento ejemplar de este trastocamiento de la primacía de lo verbal sobre lo visual tiene lugar cuando los tíos del director, en el interior de su casa, ven televisión. La cámara encuadra a ambos personajes de espaldas. El televisor ocupa el centro del plano y las imágenes que transmite cambian constantemente porque Mireya está haciendo zapping con el control remoto del aparato. 

De repente, su esposo se aleja y la mujer continúa explorando la programación televisiva. A lo lejos, la voz del hombre se deja escuchar. Es imposible entender lo que dice, pues el plano sonoro se presenta como lejano. Me parece que las múltiples disociaciones entre banda sonora y banda visual tienen que tienen lugar en este film colocan a la voz en un plano lejano y, por momentos, ininteligible. Lo que interesa, entonces, es pensar la relación del matrimonio en sus prácticas cotidianas: ¿cómo se acompañan?, ¿qué momentos comparten? Súbitamente el montaje nos muestra un par de figuras que cuelgan en una pared. Se trata de un par de bustos, hechos con algún tipo de arcilla o cerámica. Ambos presentan rasgos mapuches. Asumamos, entonces, que se trata de imágenes que representan a Mireya y Emardo.


La austeridad de recursos de Breve espacio de un tiempo no hace otra cosa más que potenciar la cualidad narrativa de las imágenes que parecen inscribirse en la corriente cinematográfica del slow cinema o cine contemplativo. Al frenesí de lo contemporáneo, el director oriundo de Puerto Williams, Chile, opone el tiempo del respiro, de la quietud. Propone un estilo visual y narrativo que se aparta de los cánones hegemónicos de la creación de sentido que operan en el cine comercial para mostrar con toda calma su cercanía con los sujetos que habitan esas imágenes. 

El gran acierto de este film es que en todo momento se aleja de la pretensión de analizar las conductas de los mapuches o de su familia, como lo haría un documental clásico de carácter etnográfico. Tampoco precipita la acción como el cinéma vérité de Jean Rouch. Solamente delimita un espacio-tiempo de su habitar el mundo que los compromete como sujetos políticos, pero también afectivos.

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