Cinema para os mortos

 

Por Pablo Gamba 

En el Festival de Ann Arbor, el más importante entre los que se dedican al cine experimental en los Estados Unidos, compitió Cinema para os mortos (Brasil, 2023), que se estrenó en Ecrã, en Río de Janeiro, y estuvo también en Cineautopsia, el festival de cine experimental de Bogotá. Renato Sircilli y Bruno Moreno, los codirectores, son también los realizadores del largometraje Fôlego (Aliento, Brasil, 2018). Moreno actuó en Os animais mais fofos e engraçados do mundo (Los animales más tiernos y graciosos del mundo, Brasil, 2023), de Sircilli, que estuvo en 2023 fuera de competencia en el BAFICI, en Buenos Aires. 

Cinema para os mortos es una película que ubicaría en una de las vetas que más fructíferamente exploran el documentalismo y el arte actual: la etnografía experimental. Dirige la mirada hacia personas que están en los márgenes de la sociedad, como es también el caso de Os animais mais fofos e engraçados do mundo por lo que respecta al protagonista, un hombre mayor que se mantiene sexualmente activo. Aquí se trata de una comunidad en Barra Grande, zona turística playera de Piauí. Hay que agregar, en este sentido, que el cortometraje es una producción de la región, realizado en una plataforma de arte e investigación en ese estado del nordeste de Brasil. 

Lo experimental consiste aquí en una crítica de la mirada etnográfica y en el interés de ir más allá de ella, hacia un compromiso con los marginados. Ejemplo de lo primero es que nunca vemos en el corto a nadie de la comunidad, aunque sí el cementerio frente al mar y fantasmas de la que pudo haber sido su vida allí. Es una ausencia que lleva a plantearse inquietantes preguntas sin respuesta que cuestionan el interés turístico predominante por el lugar. Se dirigen, en cambio, hacia las causas de la desaparición implícita de los que tienen su pasado enterrado en esa playa.


Pero lo más interesante del corto no es eso sino aquello a lo que los realizadores recurren para sugerir la que pudo ser la vida de los constructores del cementerio, sin la certidumbre propia de lo que habitualmente se entiende por testimonio. Se trata de una larga secuencia inicial de planos de animales de cría. La progresión expansiva de su diversidad, que va desde cabras, chanchos y burros hasta vacas y caballos, connota vagamente un progreso agrícola y, por ende, de la vida social fuera de campo, inquietantemente interrumpido. 

El blanco y negro y el aspect ratio del formato clásico sitúan, por convención, la ganadería en un pasado sin conexión explícita con el presente. Ese corte en el tiempo tiene correlatos en los que el encuadre hace en el cuerpo de los animales. Al comienzo, además, centra la mirada en las patas en la arena, y es lo que vincula la presencia del ganado en esta parte de la película con la playa, junto con el ruido que se escucha en off

Otras partes de los cuerpos cobran a la vista el aspecto de materia viviente seccionada por el encuadre. Me transmite también una impresión de continuidad violentamente interrumpida de la vida con todo lo que queda fuera de campo, incluida la comunidad ausente. Hay otros cortes en los cuerpos de los animales ‒los que se hacen en las orejas para identificarlos como propiedad privada‒, que de alguna manera se presentan en vaga relación con los cortes de la vida. 

Es un lugar común comparar las imágenes proyectadas en una pantalla con espectros, y Cinema para os mortos se vale de eso para mostrar el cine dentro del cine. Aparecen los fantasmas de la actividad que pudo ser sostén de vida de los habitantes del lugar en planos que contrastan con los anteriores por su color y su aspect ratio, y refieren a la actualidad. Pero en el contexto de esta película son “fantasmas materiales” no solo en el sentido que tiene la expresión en el libro de Gilberto Pérez sobre el cine, sino por lo que respecta a la materialidad de la vida humana. 

También es actual este cortometraje por lo tocante al miedo que se asocia con los fantasmas. Las inquietantes preguntas acerca de las causas de la desaparición llevan a interrogarse sobre el porqué de la decisión de no apuntar hacia ellas, hacia la transformación de las playas en lugares turísticos, por ejemplo. La costa del estado de Piauí no es una excepción. No señalar de alguna manera problemas como este puede ser síntoma de terror a las fuerzas causantes de la destrucción y muerte implícitas, y vivir con miedo es otra manera en que la gente se vuelve fantasma. Quizás por eso el corto termina cuando un nuevo día va disipando los espectros proyectados en el cementerio, como la luz las imágenes que solo pueden aparecer en la oscuridad del cine. Percibo en eso una esperanza, pero me parece sintomáticamente mágica.

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