Binnizá, los seres de las nubes

La edición de este año del festival Ambulante (México) culminó con la exhibición del documental Binnizá, los seres de las nubes (México, 2025), de Juan Carlos Rulfo, prolífico cineasta mexicano. En conjunto con el comunicador Carlos Loret de Mola, en 2012 Rulfo captó la atención de no pocos espectadores con ¡De panzazo!: una cinta que indagó sobre las deficiencias del sistema educativo nacional, así como la diferencia de clases subyacente en el acceso a formaciones académicas y la corrupción al interior de la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) encabezado por Elba Esther Gordillo, a la postre encarcelada por lavado de dinero y desvíos de recursos. Ese año, por cierto, es bastante recordado en México, pues Hollywood nos había condenado a ser los precursores del fin del mundo con 2012 (2009), de Roland Emmerich, cinta que condensó la “imaginación del desastre” identificada por Susan Sontag varias décadas antes, pero ahora con miras hacia la migración méxico-estadounidense.
Sin duda el pegadizo título de ese filme funcionó para acercar al público general y especializado al cine documental: “de panzazo” es una expresión coloquial que empleamos en México para indicar que aprobamos apenas en el límite una materia. Lo interesante es que también puede utilizarse en otros contextos diferentes al académico. Por ejemplo, podríamos decir que las remodelaciones que se están haciendo en la Ciudad de México para albergar cinco partidos del Mundial de Fútbol 2026 quedarán listas “de panzazo”. Esto quiere decir que estarán listas justo a tiempo, tal vez.
Más de diez años después, Rulfo presentó Binnizá…, un documental que se distancia en demasía de ¡De panzazo!, puesto que emplea otros métodos fílmicos como imágenes abstractas y un sistema narrativo que se debate entre la poesía y la prosa. Antes de ingresar a estos asuntos formales, quiero comenzar por el mero principio: el título de la película se refiere a la comunidad Binnizá, zapoteco-parlante y ubicada en Juchitán de Zaragoza, en el estado de Oaxaca, un territorio que se vio fuertemente afectado por el terremoto de 2017.
Juchitán es igualmente conocido por ser el lugar de origen del pintor y artista Francisco Toledo. En realidad, como dijo Juan Carlos Rulfo, la primera idea de realizar la película allí consistía en hacer una biopic de Toledo, pero con el tiempo el objetivo cambió y en su lugar creó una obra en la que vemos a los habitantes en sus actividades cotidianas como la cosecha del plátano y algunas celebraciones en el centro del pueblo. No obstante, este documental no se contenta con exponer las formas de vida y arte de los Binnizá, sino que busca generar una tensión entre la tradición y la modernización del territorio. De ahí la oscilación entre la forma prosaica y la poética. Veamos para qué se usa cada género discursivo.
Por una parte, si echamos un vistazo y, más importante aún, abrimos los oídos, nos daremos cuenta de que las lenguas originarias en México son, casi en esencia, poéticas: poseen una musicalidad única de la que las lenguas romances, en especial el español mexicano, tomaron préstamos fonéticos y semánticos. No en vano la literatura prehispánica se denomina como In cuicatl, in xochitl ‒flor y canto‒.
Binnizá... comienza con un encadenamiento de imágenes que corporizan la poesía popolvuhesca “El lagarto de las nubes” (Chupa Ladxidua’ Dos es mi corazón, 2019), de Irma Pineda ‒habitante de Juchitán y figura clave en su historia‒, en la que, fiel a la gran mitología precolombina, se cuenta el origen del mundo y la interdependencia de las especies: el lagarto, la ceiba, la tierra y los seres humanos. Si el lagarto se mueve un centímetro, la tierra se agita, mencionan en algún momento del filme. Como hemos visto en otras obras que ahondan en las complejidades de la construcción identitaria, como ¡Ya México no existirá más! ¡Aoquic iez in Mexico! (2024), de Annalisa Quagliata Blanco, el montaje poético es un instrumento primordial para expresar estas cuestiones, ya que otorga una amplia variedad de categorías relacionales estéticas y políticas.
Esta forma poética se extiende durante todo el documental por medio de la lengua zapoteca que se usa para reflexionar sobre su propio origen. En Binnizá… seguimos el proceso de construcción de la identidad de una civilización milenaria acallada por los relatos hegemónicos que identifican, por mucho, cinco o seis comunidades originarias. Es este un espacio de comunión entre los Binnizá y el espectador: el encuentro para el (auto)conocimiento. El zapoteco salta de la forma literaria tradicional a un nuevo formato musical: el rap. Amílcar Meneses y Rosty Bazendu ‒este último asesinado‒. Poco a poco en México las lenguas originarias se han abierto paso en este género que es, por definición, de protesta. Con voces como Juan Sant (totonaco) y Pat Boy (maya), estos idiomas, por fin, son dignificados.
La modalidad poética no se circunscribe solamente a los auditivo/lingüístico. Por el contrario, halla en las artes plásticas otro espacio para enunciarse: una escuela de grabado, la escultura callejera realizada por Pánfilo Martínez quien plasma en las paredes la historia de su pueblo. También se expresa a través del maquillaje de Didxazá García, la danza performática de Lukas Avendaño, e incluso, como no podía ser de otro modo, la comida típica de la región. Todas estas maneras artísticas ‒minipoemas si se quiere‒ estructuran un montaje hacia el final del documental que da cuenta de la riqueza cultural de Juchitán, cuyo territorio es vital para la construcción de su identidad, según aluden sus moradores
Lejos del montaje poético y la dimensión sonora descritas antes, lo prosaico de estas imágenes se expresa mediante el uso de drones. Se trata, de nuevo, de planos deshumanizados que denuncian la contaminación del territorio y, por ende, la vulneración de las subjetividades. Por eso es que a lo largo de la obra se enfatiza el temor a la muerte de la lengua zapoteca (lengua=identidad). Al mismo tiempo, el formato de la prosa resalta la distancia histórica que separa incluso a los Binnizá de sus propias raíces: por momentos, el documental está encuadrado por un narrador extradiegético dubitativo ‒más que una duda, se sostiene las inestabilidad del proceso de (auto)descubrimiento‒: es la autora de “El lagarto de las nubes”, Irma Pineda, quien hacia el final de la cinta dice: “Hasta ahí voy. No sé en qué va a terminar”. La prosa como vía de búsqueda del mito fundacional. Prosaico, porque es la herencia discursiva española; es nuestra manera de ordenar los pensamientos.
De tal suerte que Binnizá… se singulariza por ser de una naturaleza compleja: o prosa poética, o poética prosaica. Depende de quién lo diga. Sin embargo, la denominación que elijamos dice mucho sobre nuestra construcción identitaria al respecto. Que cada quien decida según su historia de vida.
No quiero terminar este breve texto sin traer a cuento una situación que surgió durante la sesión de preguntas y respuestas con el director, luego de la exhibición, y sobre algo que durante la proyección no dejó de llamar mi atención: ¿y la violencia? ¿Y el crimen organizado? ¿Qué pasa con el actual dominio del país por parte del narco? Juchitán y sus parajes desolados parecen los escenarios predilectos para sus crímenes. Empero, en Binnizá… nunca se hace una mención al respecto.
Obviamente esto no sólo despertó mi interés, sino el del resto de los asistentes. De hecho, uno de ellos hizo una pregunta más o menos explícita acerca de este rasgo del filme: ¿qué hace el arte en los contextos de muerte como el presente en México, más allá de enunciarla? La respuesta de Rulfo fue, por lo menos, problemática: aludió a que en un momento en que el espectro visual ‒régimen escópico‒ está marcado por imágenes violentas ‒¿vacías de significado?, lo dudo bastante‒ es tarea de los artistas buscar otras expresiones del duelo, unas que rompan la parálisis provocada por el miedo. A continuación nos explicó una secuencia abstracta performática dentro de su documental que da cuenta de un crimen acaecido en la región.
No es noticia para nadie que cuando un artista tiene que explicar su propia obra al público algo extraño sucede; el mensaje no logra comunicarse del todo por medio del objeto artístico. Si bien estoy de acuerdo con Rulfo sobre la necesidad de buscar otros modos de expresión de la violencia, sobre todo unos que rompan/complejicen su espectacularización, no estoy seguro de que la abstracción sin contexto sea la vía para hacerlo. En fin, es nuestra labor como críticos y artistas seguir en el camino de descubrir estéticas alternas.
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