Isabel

 

Por Daniel Bula 

En la sección Pasiones de la edición 27 del BAFICI, como premiere americana, se proyectó Isabel (Brasil-Francia,2026) del director Gabe Klinger, luego de su estreno mundial, en febrero, en la sección Panorama del 76º Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale). 

Filmado en 16 mm, el segundo largometraje de ficción de Klinger abre con planos detalle fijos de botellas de vino, para luego pasar a otros de pies pisando uvas, todo en formato 4:3, aludiendo a grabaciones caseras familiares como en Super 8 y reafirmando la forma artesanal en la producción vinícola. Esta secuencia nos adentra en el mundo de Isabel, una sommelier de vinos naturales, mientras comparte momentos de cata y escucha de vinilos junto a su pareja, Fred, un DJ de origen francés con quien convive. 

Ya en formato panorámico, y a través de los 85 minutos del film, acompañaremos a Isabel quien ronda los 50 años, en una búsqueda de algo nuevo para sí misma. El personaje, interpretado por Marina Person, trabaja en un exitoso restaurante con estrellas Michelin del centro de São Paulo, cuyo dueño rechaza los vinos que ella propone y en los que trabaja en sus horas libres. Impulsada por la necesidad de una transformación personal, la protagonista piensa en abrir su propio bar de vinos, donde pueda servir sus creaciones. 

El trayecto para conseguirlo es incierto ya que depende de un inversor. La película transita por varias escenas con conversaciones sobre esta idea, compartiendo copas de vino y pensamientos junto a su joven compañero de trabajo Nico, interpretado por Caio Horowicz. A él le encantaría irse a trabajar con ella y apoyar su emprendimiento. También discute posibles nombres para su bar junto con una nueva amiga y vecina oriunda de Seattle, recién llegada a la ciudad, quien hace poco abrió un local de venta de objetos para el hogar. 


Las extensas conversaciones entre copas con diferentes personajes recorren la película, que por momentos trae una cierta reminiscencia de la filmografía de Eric Rohmer. En El rayo verde (Francia, 1986), la protagonista, Delphine, transcurre sus días a la deriva, anhelando un cambio de rumbo. Tanto Delphine como Isabel atraviesan su proceso con cierto pesar. Mientras que en la primera los cambios de ánimo, que incluyen llantos, se vuelven explícitos, en Isabel observamos su preocupación de forma más sutil, sobre todo en sus trayectos en el Metro de São Paulo, un espacio muy concurrido que ayuda a acentuar su malestar contenido, sumergida en sus pensamientos. 

Klinger evita el dramatismo en el proceso de Isabel. La película acompaña su búsqueda atenuando el conflicto, y se centra en el transcurrir de la experiencia. De hecho, incluye momentos de comicidad. Cuando Isabel visita un local en alquiler, una vecina se le acerca y, al enterarse que quiere abrir un bar, se queja: “Va a haber mucho ruido”. Isabel le responde: “¿Y qué quería, una farmacia? La gente quiere ser feliz”. Así como también al contarle a su madre su idea, esta le dice: “¿Vas a abrir un bar donde no se sirve caipirinha ni cerveza?”.  

Isabel, frente a la desaprobación de su madre, quien le insiste en que siga trabajando en el restaurante donde ya tiene su lugar asegurado, le contesta: “Yo no estoy construyendo mi propia vida”, reforzando su descontento. El padre se muestra más comprensivo y le comparte que él hubiese querido ser novelista. 

La relación de Isabel con su pareja, Fred, parece ser de baja intensidad. Conviven sí, pero ni bien recibe un llamado de su madre desde París, él le informa que debe viajar por tiempo indeterminado por un asunto familiar. Ella acepta sin sobresaltos, tienen una buena relación, sin espacio para discordias. Tal vez esta decisión desde el guion esté pensada para acentuar el momento interior que atraviesa el personaje en su decisión de dejar un trabajo y construir el propio, lo que tampoco comunica del todo a Fred. 


La relación entre la bebida y la música es interesante, ya que en una de las escenas, al tener que recomendar un vino al azar a pedido de uno de los comensales del restaurante donde ella trabaja, Isabel termina basando su elección en la música que él escucha. El comensal le dice “me gusta el punk rock”, y ella va directamente a buscar una botella en particular, de una de sus creaciones. Termina visiblemente acertando. 

El azar atraviesa por completo el presente de Isabel. Se lanza, sí, pero sin planear lo suficiente. Omite información a sus allegados y toma sus decisiones de forma errática. En este punto, la relación con el alcohol, es pertinente y termina de cerrar la idea central del film. La protagonista muestra momentos de un accionar audaz, con una confianza que le permite llevar a cabo su idea, pero no significa que no pueda equivocarse. Actúa como quién toma de más una noche, con una desinhibición que facilita momentáneamente ideas grandilocuentes que, al día siguiente a la luz del día, ya no funcionan. 

Respecto de esto, la puesta de cámara es más bien moderada, con planos mayormente fijos, que van desde medios hasta generales en altura normal, pero con algunos primeros planos puntuales. Lejos de imitar las emociones arbitrarias de Isabel como podría, la cámara adopta una posición de observación, manteniendo al espectador en un registro activo de construcción de sentido y permitiendo sentir el tiempo tal como lo atraviesa la protagonista. Los mínimos gestos de los personajes, en acompañamiento con diálogos intimistas, generan una sensación de total autenticidad. 


La elección de rodar la película en fílmico, en 16mm, con una textura de grano visible, acompaña a la idea de los vinos naturales creados por Isabel, llenos de texturas, sabores, aromas, como también la propia vida de la protagonista, la cual no es perfecta, tiene sus variaciones, sus azares, sus aleatoriedades, con sus cambios a través del tiempo. 

En contraste con ello, São Paulo está retratada en la película a través de fragmentos de puentes, plazoletas, viajes en Metro, y trayectos a pie por lugares que se perciben elegidos no para dar una visión típica de esa inmensa ciudad, sino una mirada particular, sobria, de espacios que se nota que el director conoce bien. Esto se demuestra sobre todo en una escena donde la protagonista traslada a pie una heladera en un largo recorrido. 

Isabel es una película sostenida en cada una de sus decisiones, con excelentes actuaciones y reconocibles influencias de su director que van desde Eric Rohmer a Richard Linklater, viva y situada en la actualidad creativa de un Brasil cuyo cine atraviesa un gran momento.

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