Ouço uma cidade, Mi mamita todavía mantiene el cuarto de mi tío y Guarita

 

Por Pablo Gamba 

En Onion City se estrenó Ouço uma cidade (Brasil, 2026), de Ciro Araujo, y se presentaron Mi mamita todavía mantiene el cuarto de mi tío (Guatemala-Estados Unidos, 2026), de Alex Guerra, y Guarita (Brasil, 2025), de Lua Borges. Son tres cortos experimentales que comparten el interés contemporáneo por la memoria, y por los archivos, el testimonio y las ruinas, en particular, pero que también son el tipo de películas que demuestran la importancia de festivales como el de Chicago, donde encuentran cabida. 

Araujo trabajó principalmente con archivos. Recurrió a fotos fijas en 35 mm y materiales digitalizados de la prensa del estado de Minas Gerais, en Brasil, para relatar en Ouço uma cidade el regreso de un personaje a las ruinas de una localidad imaginaria. Trata así el tema del impacto de la modernización, cómo ha construido, pero también destruido, ciudadades en todo el mundo. 

La ciencia ficción, recurso que se reitera en el documentalismo contemporáneo, se introduce aqui con imágenes abstractas. Es algo que se también ha vuelto característico en el cine experimental actual y enrarece la cuestión de la modernización. Desestabiliza el tiempo, como el uso de las imágenes fijas del pasado para relatar un viaje del futuro, y el regreso del color y la imagen en movimiento en el relato. Las sombras traen a colación otra referencia frecuente en el cine de hoy, lo espectral de Jacques Derrida. 

Asocio el título ‒que sería “escucho una ciudad” en español‒ con el recurso de las voces en over del personaje que narra y otro, el viajero del futuro. Articulan los materiales reunidos como ilustración del relato. Lo más valioso del corto es en la construcción literaria de estas voces, cómo dan cuenta de la imposibilidad de la ciudad que describen de un modo que también refiere a lo espectral. “No es una construcción sólida, pero es la posible”, dice el narrador. 

Otro aspecto destacable es la importancia que aquí la historia de un lugar imaginario que podría estar en cualquier parte del mundo, pero que también es una localidad ubicable en una región específica del Brasil. A la tensión que la ciencia ficción crea en el tiempo con el pasado se añade esta otra, en el espacio, la crítica decolonial local del proceso global de la modernización. 


Mi mamita todavía mantiene el cuarto de mi tío es, como el film de Ciro Araujo, el resultado del encuentro de imágenes fragmentarias con un sonido que las articula, en este caso una entrevista telefónica del cineasta a un tío que entró ilegalmente en los Estados Unidos. El testimonio tiene también algo literario en la motivación, el hallazgo de una billetera por parte del sobrino. Alex Guerra trata así uno de los temas clave de la agenda progresista contemporánea en su cortometraje, la migración. La película se inscribe asimismo en el rescate de la memoria, otro tópico del cine de la actualidad. 

La conversación pone en tensión los recuerdos del viaje clandestino con los de la casa familiar que el tío dejó atrás en su país de origen, Guatemala. Está en contrapunto con fotos a las que sombras les dan un aspecto fantasmal, las espectralizan, pero también con una filmación hecha con cámara en movimiento y montaje plástico que recuerda a Stan Brakhage y Jonas Mekas. 

Encontramos así en esta película el lugar común que asocia el registro fílmico a la nostalgia, además de la memoria, por su condición de tecnología “anacrónica”, que refiere al pasado. Pero por otra parte hay una recuperación de la fuerte sensación de presente que transmiten los diarios fílmicos de Mekas y lo que él decía de las imágenes del cine, que son reales y permanecen en el tiempo con una estabilidad que no tienen los recuerdos. 

Hay otras imágenes de los Estados Unidos que ilustran el relato, fotos de centros de detención para migrantes “ilegales”. Lo mismo ocurre con diversos materiales que tomó el cineasta para la banda sonora. Pero la imagen fílmica se presenta como investida del poder de un llamado del lugar de origen, como el cuarto que la mamita del título cuida esperando el retorno. 

Es una forma sencilla, pero a la vez potente, de expresar la experiencia de los que han emigrado de vivir entre dos territorios. Se le añaden detalles por sí mismos reveladores del testimonio. Uno es que el miedo a los viajes aumenta, en vez de disminuir, a medida que se repiten. De la segunda vez en adelante, hay consciencia de los verdaderos peligros del cruce clandestino de fronteras. 


En Guarita pasamos a otra experiencia del territorio, de otra clase social, de propietarios que permanecen instalados en su país: los habitantes de un sector de clase media acomodada de São Paulo y una medida que se generalizaba hasta hace poco por razones de seguridad. Se trata de la instalación de garitas de vigilancia privada. Es un detalle quizás inadvertido por la mirada al paisaje urbano que se ha habituado a su presencia, pero que aquí vuelve a hacerse visible por su reiteración, desde diversos ángulos, en el centro de los planos. 

El registro en 16 mm es significativo por la misma capacidad del soporte fílmico de evocar el pasado que señalé con referencia al corto de Alex Guerra. Es algo que percibimos también en el deterioro o abandono de algunas garitas, sustituidas quizás por cámaras que permiten prescindir de “gastos de personal”. La película es reveladora, así, de otro aspecto de la mentalidad propietaria, además de la paranoia respecto a los robos. 

Una analogía más podría establecerse entre la obsolescencia de esa forma de protección y la que se atribuye a las tecnologías fílmicas. Estas también necesitan un soporte material, como las garitas son objetos de los que llamanos “físicos”, a diferencia de la imagen de vigilancia digital. 

Pero el montaje, y su relación con el jazz rock, construyen lo más importante: un ritmo que subraya la desfamiliarización de la representación del barrio. No es solo la propiedad, y lo necesario para protegerla, lo que es el centro de la pieza, y no la vida cotidiana de ese lugar, sino que las garitas, en su desfile, parecen adquirir una vida propia, como si este fuera un film de animación. 

Encuentro así en Guarita otra expresión sutil de lo espectral. Es lo que parece ocurrir con las mercancías en el capitalismo, movidas por fantasmas como la “mano invisible” del mercado. Aunque las garitas de vigilancia están fijas por razones de su función de proteger la propiedad inmobiliaria, la danza de la que la animación las hace partícipes en el corto recuerda la naturaleza mercantil que tanto ellas como las casas comparten. Las que parecen paredes y techos sólidos, seguros, se muestran parte de un mundo sin estabilidad posible. El barrio puede verse moderno, pero las garitas revelan su condición de ruina.

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