Tocant la llum, y Mirar y aprovechar

 

Por Pablo Gamba 

En la sección Sinais, de películas de Galicia, España y Portugal, de la Muestra de Cine Periférico de La Coruña (S8) se presentan Tocant la llum (Tocar la luz, España 2026), de la venezolana Valentina Alvarado Matos, y Mirar y aprovechar (España, 2026), de la cubana Orisel Castro y York Neudel. Son filmes que tienen en común la perspectiva de cineastas migrantes, pero también un arraigo e involucramiento en problemas sociales locales. Es un cine experimental que no siempre encuentra cabida en el lujo de los festivales. 

El film de Alvarado se enmarca es el resultado institucional de un trabajo con una comunidad de origen foráneo en Vic, una pequeña ciudad de Cataluña, de 50 000 habitantes, de los que eran 30 % extranjeros en 2025. Se inscribe, además, en el proyecto de un museo local sobre las diversas comunidades religiosas que existen en consecuencia, cómo se relacionan con lo trascendente y cuál puede ser el lugar del arte contemporáneo frente a eso. 

La cineasta filma a los sijs, pueblo originario del Punyab, en el subcontinente de la India, que se reúnen en el Gurdwara Guru Teg Bahadur de Vic, lugar religioso que también es un centro de vida comunitaria, dirigiendo su atención en particular a los niños y niñas. Lo hace en dos espacios, el templo y el exterior, en un parque, donde los registra de una manera cercana a sus juegos. 

La película se inicia cuando la ceremonia religiosa termina. Desvía su atención así del espectáculo que puede ser la observación etnográfica del ritual hacia las personas. A la pregunta acerca de qué puede hacer el cine ante lo trascendente, responde con un compromiso de este mundo: darnos una imagen contraria al exotismo y el miedo a los de otro color de piel, que llevan turbante, visten diferente y tienen creencias que la mayoría no comparte. 

Hay una suerte de intermedio en Tocat la llum en el que Alvarado filma fragmentos de testimonios de la xenofobia escritos por los migrantes, pero de una manera fugaz en el montaje, y con movimientos de cámara y una escasa iluminación que solo permiten hacernos una idea de eso sin centrar nuestra atención. El corto atenúa cuidadosamente ese discurso de ONG, que puede sostenerse con ideas “humanitarias” no menos fantasiosas sobre los migrantes. 

El plano inicial, que comienza enmarcando el altar, se abre después en un zoom back que muestra a los feligreses, organizados en dos grupos, mujeres y varones separados. Los adultos, aún sentados, están a punto de ponerse de pie y marcharse del templo, acercándose así a la cámara para que los podamos ver mejor. Pero los pequeños, a los que vemos echados boca a bajo en el centro o de pie, caminando, en el plano general, han roto ese orden por adelantado. 

El corto, cuya fotografía en 16 mm en color es un acertado correlato de la ambientación del templo y la vestimenta de los sijs, lo es también para filmar a los niños y niñas en su relación con lo que los rodea. Es como un mundo luminoso que se abre no solo para la divinidad sino para ellos, para que salten, rueden sobre el piso alfombrado o jueguen con carritos. La ceremonia termina como si nade de eso se percibiese como un desorden, como si no hubiese sido ni sea ningún escándalo molesto, como si no fuesen interrupción del culto. 

Aunque el plano general con el que el zoom out termina transmite una sensación de transparencia correlativa a la representación de los personajes en su ambiente, la opacidad de lo diferente no deja de percibirse. Lo incomprensible del lenguaje la hace patente, sobre todo. Un montaje de planos de cámara móvil quiebra la estabilidad del encuadre y parece franquear esa distancia con la familiaridad que podríamos encontrar en los pequeños a los que sigue. 

Pero su registro es fragmentario, en planos sin continuidad de acción. Hace patente así también que a esos niños y niñas, que nos pueden parecer diáfanos, los construimos imaginariamente a partir de lo que vemos como si con la mirada pensásemos, a la manera de Jean-Jacques Rousseau, que los seres humanos nacen iguales y que las culturas los hacen diferentes. En el contexto religioso del proyecto diríase que todos somos hijos de Dios. 

Cuando pasamos al exterior, todo cambia. Hay una mayor continuidad en los planos que nos permite identificar los juegos aunque sean puro movimiento. La cámara se mueve también, y la imagen de los niños y el espacio que los rodea se hace borrosa en sus desplazamientos. En la ronda de las niñas, tomadas fuertemente de la mano, sentimos así su seguridad como continuidad de los cuerpos en el vértigo. Perseguida o no intencionalmente, me parece una linda metáfora de la de unión de una comunidad migrante en un país extraño. 

Pero los planos de la ronda también confrontan al que es natural de un lugar con la imagen confusa de los desconocidos que llegan y con la falsa apariencia de familiaridad que transmite el juego infantil. Lo que se mueve necesita detenerse para hacerse diáfano, y es lo que sucede con los migrantes, a los que solo se puede conocer cuando se han asentado y se han hecho parte de un lugar. Antes son figuras borrosas que suelen dar miedo, como los fantasmas. 

Esa apariencia, sin embargo, la de los extraños recién llegados, es la que presentan mayormente los que migran en estos tiempos de poblaciones que se desplazan por el mundo. Lo que nos hace ver esta película no solo no resuelve este problema sino que plantea preguntas acerca del lugar común de las respuestas biempensantes o piadosas que se le dan. Si el cine muestra un poder trascendente aquí, es el de plantear la responsabilidad de decidir frente a los que son opacos y borrosos, guiándose por la incierta intuición afectiva de nuestra común humanidad, o la ayuda de Dios, si es el caso del creyente. 


Mirar y aprovechar podría describirse como un documental sobre el Rastro de Valencia, mercado de antigüedades y artículos de segunda mano de la ciudad. Pero los reiterados planos de espejos desestabilizan la mirada etnográfica o turística, sugiriendo que la actividad que allí se despliega es otro reflejo de lo que ocurre en su entorno. También las voces en over, de diálogos que giran en torno al precio que se le da, en dinero, a lo que llegó allí con el valor que pudo tener para los que hicieron de esos objetos parte de sus sentimientos y su vida. 

Se sienten más agudamente estas tensiones en torno a las fotos que igualmente se venden en el mercado. La memoria que liga a las familias con sus antepasados se hace motivo de circulación comercial allí con precio en euros, con lo que la curiosidad se desplaza de los que venden a los que las compran. ¿Para qué querrían adquirir tales documentos de un pasado que les es ajeno? 

En el contrapunto que se desarrolla después del mercado con su entorno urbano podría haber una respuesta. Esa parte de Valencia, como de tantas otras en diversas ciudades del mundo, parece atravesada por un proceso de “gentrificación”, eufemismo que refiere al desplazamiento de la población tradicionalmente instalada allí por quienes se apropian de sus viviendas dándoles, con la especulación, precios de mercado sin proporción histórica. Quizás el que compra fotos trata de llenar el vacío de pasado que eso deja. 

Otra hipótesis incómoda que la película plantea es en torno a la relación entre la transformación de la ciudad y el montaje del cine. La falta de relación del plano inicial con el argumento, y su deslizamiento en reversa, hacen que desecharlo parezca la decisión natural porque no tiene lugar en la imagen del mercado que se intenta construir. Pero no deja de haber en eso una paradójica analogía con el otro descarte que es el arrase que practica la reurbanización. 

También hallamos aquí lo contrario, sin embargo, un intento de restitución con el poder poético del cine. Filmar una foto sostenida en la mano con el espacio urbano de fondo, colocarla en las ruinas, es un intento de hacer frente simbólicamente al arrase de las vidas de los que se arraigaron en esos lugares. 

Una vez más se encuentra detrás de esto la lucidez de la mirada de la migrante, en particular de los que han dejado tras de sí una patria en ruinas. Los que nos hemos ido de nuestro país, sabiendo que muy difícilmente podremos volver, hemos tenido que deshacernos de la vida que construimos allí como lo hacen los que venden hasta las fotos por dinero para instalarse en otro lugar. Una canción, de uno de tantos náufragos de la isla que andan por el mundo, trae a colación la patria de la cineasta y la infinita nostalgia cubana.

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