Blanca Putica: A Girl in Love y Fernando21

 

Por Pablo Gamba 

Blanca Putica: A Girl in Love (Estados Unidos, 1973) y Poor Cinderella, Still Ironing Her Husband’s Shirt (Estados Unidos, 1978), de Miñuca Villaverde, y Fernando21 (Estados Unidos, 1974), de Fernando Villaverde, son los cortos eróticos rodados por la pareja de realizadores cubanos en Nueva York que integran la parte de su obra que restauró la Filmoteca de Cataluña en 2024. Los dos primeros serán parte de Más Allá del Olvido (MADO), la Semana del Cine Recuperado de Buenos Aires, y Blanca Putica de un programa de cine feminista que presentará el Festival de Rotterdam en homenaje a la National Organization for Women (NOW) estadounidense por su 50.° aniversario. 

Sobre Poor Cinderella y otros cortos de Miñuca Villaverde que se exhibirán también en MADO ya escribí en una nota que se publicó en Los Experimentos. Me concentraré aquí, entonces, en Blanca Putica y Fernando21

La pareja participó en el cine de la Revolución Cubana, en el instituto que creó en 1959, poco después de llegar el poder. Fernando Villaverde fue el realizador de uno de los cortos del despegue del ICAIC que hoy más se valoran, El parque (1963), cuyos personajes melancólicos de una plaza chocan con el entusiasmo que los cuadros políticos aspiraban a que difundiera el cine. La situación se hizo más difícil para el cineasta por causas análogas cuando terminó Elena (1965), su contribución al frustrado largometraje colectivo Un poco más de azul. El aborto de su primer largo como único director, El mar, terminó de impulsarlo en 1965 el exilio junto con su esposa, que también trabajaba en el ICAIC como guionista y como actriz, por ejemplo en Elena. Primero intentaron instalarse en París, pero lograron hacerlo en Nueva York. 

Su condición de emigrados no los hizo renunciar a su pasión por el cine. Por el contrario, la retomaron siguiendo el camino de la producción doméstica del underground estadounidense, con una cámara Bolex de 16 mm. Esta nueva manera de hacer películas conllevó para ellos una igualación en los roles cinematográficos de la pareja que fue evolucionando hacia la mayor relevancia que hoy se le reconoce a Miñuca Villaverde como realizadora. Diría que, si en Cuba no se identificaron con el rumbo que tomó el proceso de transformación socialista de la sociedad, en la práctica del cine encontraron un modo de cambiar la vida, las relaciones personales, íntimas y artísticas. 

Si bien películas como Fuses (1964), de Carolee Schneeman, son referencias obvias de los cortos eróticas en las que actuaron y se filmaron los Villaverde, Blanca Putica es más narrativa que lírica, en el sentido que le da a ese término el crítico P. Adams Sitney. En el juego con el espacio y el tiempo, y lo simbólico percibo también la influencia de Maya Deren. No hay que olvidar tampoco que, a pesar de los años que han pasado fuera de su país natal, ellos son y han sido siempre cubanos. Hay que poner atención, por tanto, en lo cultural, en una forma de hacer el amor liberada, pero originaria de Cuba, y por extensión caribeña, latinoamericana, que se expresaría en este film. 

Blanca Putica: A Girl in Love se presenta como una pieza sobre el deseo femenino frente al orden patriarcal y capitalista que lo somete a la explotación y a la violencia, hasta la muerte, inclusive. Es una revelación en el argumento que pone en tensión el goce de las escenas eróticas, tanto solitariamente en la primera parte, en un edén de departamento, como en la segunda, cuando la mujer toma la iniciativa en los encuentros con el varón y filmándolo también. La historia de amor erótico doméstico tiene como correlato una foto, al comienzo del film, que refiere al estereotipo del título, a la mujer “puta” por deseosa, y que le da un rostro, un cuerpo y hasta una personalidad al personaje. Hay una información de prensa, en francés traducido al inglés, sobre un crimen de la lejana Francia: el estrangulamiento de una prostituta yugoslava identificada como Blanca Putica, cuyo cuerpo desnudo encontraron en el río Sena. La película está dedicada al escritor y disc jockey cubano Guillermo “Guy” Cuevas, que se fue del país a Francia antes que los Villaverde. En la dedicatoria afirma que conoció a Blanca Putica, o debió conocerla seguramente, por ser él un personaje notorio de las noches parisinas. 

Una referencia plástica es Olympia (1863), la pintura que Edouard Manet hizo de una prostituta de París que mira desafiantemente al espectador como Blanca Putica al comienzo del film. Fue un cuadro al que acusaron de pornográfico, crítica que podría hacerse extensiva a la película. 


Es significativo, en la primera parte, el simbolismo, y la construcción del espacio y el tiempo con relación a la fantasía erótica. Es evidente que el edén de plantas que rodea el cuerpo desnudo de la protagonista se instaló sobre un sofá y hasta se ven algunas macetas. Pero la otra referencia que hay al interior del departamento es un plano de una ventana que abre ese espacio a un exterior ostensiblemente diurno, y los planos de la luna en el cielo nocturno, sin otras referencias espaciales, además de evocar la feminidad, completan la representación de un espacio-tiempo que tensiona la cotidianidad doméstica. Pero la interacción de la mujer con las plantas, que come, y juego con ellas, un velo y con su cuerpo, socava el sentido simbólico. Tensa la Eva que es su referencia mítica con su presencia en el plano como cuerpo dispuesto al goce. 

Es significativo en la transición a lo siguiente que la mujer se cubra con el velo y se exhiba eróticamente ante ella. Comienza allí el juego con el otro, el disfrute de mostrarse eróticamente ante quien la mira, lo que tiene continuidad con la aparición del varón echado sobre un sofá-cama con decoración navideña dormido. Cuando despierta con el miembro erecto, el espectador o espectadora podría preguntarse: ¿es Blanca Putica una fantasía del varón? 

Pero allí entran en juego los dispositivos igualadores de los personajes. El acercamiento cámara en mano al durmiente restaura el protagonismo de la mujer que salió en su busca, lo encontró y se le acerca, mirándolo. Es una representación activa de ella y de él pasiva, que invierte así roles tradicionales con otra representación del tiempo y el espacio que la desliza hacia lo simbólico, esta vez lo que describiría como el encuentro de dos deseos. A partir de entonces se desarrolla la relación sexual en una cama que sí tiene contexto en el departamento, en el lecho de amor de la pareja, en su hogar, pero que también tiene otro tiempo, el de un deseo incesante y cambiante, y en el epílogo se confronta con la otra historia de Blanca Putica, que fue femicidio. 

Al menos yo, con mi sensibilidad de varón heterosexual, encuentro hermosa esta manera de construir un relato de amor y fantasía erótica que iguala a la pareja en el disfrute, y en el rechazo de la violencia machista, además. Pero es por eso que, frente a Blanca Putica, Fernando21 se presenta como una pieza menor en la filmografía de los Villaverde, en general, y en el subconjunto de sus piezas eróticas, en particular. El exterior al que se abre ambiguamente la ventana del otro corto es convocado aquí por la superposición de la mujer en planos del Metro de Nueva York, de los grafitis que llenaban paredes y trenes. 


Hay en la expresión gráfica que documenta esta película un gesto de apropiación del espacio que se hace extensivo a la mujer, al final, lo que es un aspecto problemático de Fernando21. Pero hay que recalcar que, si bien se leen las palabras “sexo” y “tabú”, no es eso ni obscenidad lo dominante en la exploración que la película hace del grafiti sino la sensualidad de la escritura veloz y prohibida, que parece hacerse así extesiva a un “rayado” de la película, como si hubiera influencia lejana del letrismo. Es lo que cuenta en el contrapunto con las imágenes de la mujer, que también muestra un cuerpo pintado y usa una máscara erótica. La posesión cobra, además, el aspecto de un juego sutil con esposas y correas, lo que abre en el argumento espacio al disfrute de la mujer que corresponde al mostrarse a la cámara y someterse, al goce de las prendas y el comer. 

Destacaría también de Fernando21 el virtuosismo musical en el manejo de las repeticiones y las sobreimpresiones, que van resaltando alternativamente al Metro y a la mujer como los instrumentos que cobran relieve en la pista de jazz rock a la que las imágenes acompañan y que le da su duración a la pieza. Creo que debería exhibirse más reiteradamente también, junto con Apollo, Man to the Moon (Estados Unidos, 1970), otro corto de Fernando Villaverde.

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