Camisea

 

Por Salvador Savarese

Una de las grandes oportunidades que generan movidas como la muestra de películas recuperadas Más Allá del Olvido, de Buenos Aires, es la posibilidad de poner en crisis algunos de sus presupuestos. Siempre se las asocia a la puesta en valor de películas antiguas, pero lo viejo puede ser mucho más nuevo de lo que uno piensa. Ese es el caso de Camisea (Enrique Bellande, 2005) y todo lo que vamos a narrar parece de otro tiempo.

A fines de la década de 1940 la empresa Standard Oil contrató al documentalista Robert Flaherty para realizar un documental sobre la extracción de petróleo en la zona del sur de los Estados Unidos. Desde ya el motivo no era meramente altruista y artístico. La idea era limpiar a la empresa de las acusaciones sobre depredación ambiental mostrando cómo una vez que se hace la perforación, el ambiente queda como estaba antes de la acción humana. El encargo, y los recursos que le otorgaba, le dio a Flaherty la posibilidad de hacer una película con un presupuesto que le permitió, a través de muchos meses de trabajo en el lugar, tomar las suficientes imágenes para imaginar un argumento donde la circularidad de la exploración petrolera fuera una metáfora circularidad de los ciclos naturales, donde toda destrucción era la antesala de una regeneración. Entre la simpleza del argumento, la naturalidad de los actores no profesionales (todo es visto a través de los ojos de un chico del lugar) y habitantes de esos parajes y las excelentes fotografía y, especialmente, música compuesta por el autor Virgil Thompson, Louisiana Story (1948) es una obra maestra del documental híbrido años antes que se lo llamará con ese horrible nombre.

Quizás haya sido esa posibilidad de greenwashing la que hizo que la fundación Proa, el organismo encargado del programa de cultura de la organización Techint a nivel global, comisionara al realizador Enrique Bellande, a comienzos de la década de los 2000, la documentación de unos de los emprendimientos más ambiciosos de la época del cual fue protagonista esta empresa: la extracción y transporte de gas en Perú desde el Amazonas (más precisamente desde la cuenca del rio Camisea, que da nombre al film) hasta Lima en la costa del país.

Fue así como Bellande contó con medios y recursos inusuales para un documental: registro íntegro en fílmico (16 mm), equipo técnico chico pero superprofesional (director de fotografía Guillermo Nieto, sonidista Federico Esquerro), tomas aéreas realizadas mediante helicóptero y soporte especial adecuado e incluso acceso privilegiado a todas las instancias del proyecto. Entre los recursos y el acceso, Bellande consigue mostrar todo. Y ese todo es imponente: los operarios, disminuidos entre la inmensidad de los paisajes y las tareas, rompiendo la selva para instalar los pesados caños; la logística de las explosiones submarinas en lecho de los ríos, y los camiones desplazándose en las cimas de las sierras y montañas impresionan. Hay una mirada conscientemente herzogiana que atraviesa la película: esa de ser un observador que se siente extraño y mira todo con una mezcla de ironía y fascinación. Un epígrafe de la película podría ser aquel que refiere Borges citando ‒presumiblemente‒ a Carlyle: “Toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es”. 

Entre todo ese despliegue Bellande se muestra como un realizador sensible e inteligente y consigue que su registro exceda la mera apología de empresas y gobiernos. Son los obreros los que se llevan los elogios de la imagen: ingenieros que tienen que estar día y noche liderando sus equipos, choferes que cruzan con sus enormes camiones los andes peruanos, aborígenes que deben negociar con las empresas el acceso a sus tierras. Todos ellos tienen más tiempo de cámara, más atención, más cariño, que empresarios y políticos. La base, ante todo.

La pregunta surge sola, en este caso, ¿Qué es lo que hace a Camisea pertinente en la programación de una muestra de películas recuperadas?. La respuesta es que Bellande hizo, 20 años más tarde, una reactualización técnica del film: se escanearon los negativos ahora en alta definición, se rearmó la mezcla de sonido para hacerla específicamente para salas de cine y se generó un máster de exhibición en HD. Veinte años después, Camisea se ve y se escucha como nunca antes se pudo.

Lo sorprendente de esta película más allá de cómo fue hecha es que es un documento único sobre un momento del cine que iba pronto a desaparecer: el cine filmado en fílmico. Ya en ese momento se grababan películas en video, pero todavía se las transfería a fílmico para su proyección ya que la proyección en video aún era deficiente: en el caso de esta película sólo pudo ser proyectada en el formato Betacam Digital que si bien era el de mayor calidad de la época, sólo contaba con 720 líneas de definición. 

El pasaje de la película al universo digital hace visible la multiplicidad de procesos que involucran el fílmico aún en sus repliegues más mínimos: equipamiento más aparatoso, infraestructura específica, mayores dificultades logísticas. Todo eso se fue achicando con el digital y los equipos de calidad realmente se hicieron minúsculos: las cámaras de fotos han reemplazado a los grandes artefactos y los drones han desplazado a los helicópteros. Ahora sería mucho menos laborioso ir a la selva para grabar (ya no filmar) con una calidad similar, como en el caso del extraordinario documental brasilero A invenção do outro (2022) de Bruno Jorge. Pero todo tiene un precio y en este caso es la difuminación de la imagen. Es como si la imagen actual, digital, perdiera solidez, fuerza, en fin, perdiera autoridad. A veinte años de su estreno, Camisea recupera esa pesadez de la imagen, esa solidez, y el resultado es la recuperación, como nunca antes se había visto y escuchado, de una película tallada en piedra.

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